Estrategia ante la amenaza del CoVID-19

“Cuando un Estado quiere definir una estrategia para la prevención o neutralización de una amenaza, con el propósito de defender sus intereses, utiliza su servicio de Inteligencia, que se encarga de proveerle de conocimiento para que pueda entender la amenaza y decidir su actuación.”

Pues haga usted lo mismo, use su inteligencia para neutralizar la amenaza

Quizá en estos días se ha preguntado, con el ánimo encogido, si el próximo verano estará vivo o no. Años atrás, por estas fechas, o incluso hace unas semanas, y salvo que tenga usted una enfermedad o lesión importante, es poco probable que usted se hiciera ese tipo de pregunta ¿verdad?. Su percepción de seguridad ha cambiado. Pero recuerde que la seguridad no es más que una sensación, que fluctúa según la información que manejemos.

Nada peor cuando uno está bajo una amenaza de la que ignora absolutamente todo, que el que te inunden de “información” al tiempo que ves que sigues sin saber realmente nada de esa amenaza. El desconcierto está asegurado. Y de esta pandemia parece claro que la información es hoy casi inexistente.

En esta pandemia que sufrimos, antes que dejarse llevar por el miedo o quizá el pánico, conviene que racionalice algunos aspectos. Por ejemplo, no todas las noticias que le llegan son información; ni siquiera los datos oficiales relativos a contagios, porcentajes, evolución, etc. porque no pueden serlo. Distintas formas de recoger los datos, de clasificarlos o simplemente de contabilizarlos alteran la realidad. El razonamiento matemático demuestra que muy probablemente el número real de contagios es bastante superior al que se cree, y debido a ello, la tasa de letalidad es mucho más baja de lo que se dice ahora.

Sin duda habrá escuchado decir que la seguridad 100% no existe en ningún ámbito, y es cierto, usted puede sentirse más o menos seguro en función de como perciba las amenazas de las que tenga conocimiento. Hasta ahora usted se sentía confortable con las amenazas de las que tenía noticia, debido a que las percibía de baja intensidad y además de corta o muy corta duración, lo que facilitaba que fueran almacenadas en el desván de la subconsciencia. El nivel de su percepción de seguridad era aceptable. Uno tiende a sentirse cómodo cuando se siente seguro, sin caer en la cuenta de que ambas sensaciones juntas son la antesala de la vulnerabilidad.

Si usted vive en España, posiblemente haya olvidado totalmente que va ya para ¡cinco años! que está viviendo una “alerta antiterrorista” de nivel 4. Es poco probable que cuando sale de casa, usted esté alerta porque le preocupe su salud o por el riesgo de sufrir un accidente o asalto. A la amenaza de un accidente de tráfico, un infarto, un terremoto, un navajero ocioso, un maltratador, un psicópata con tintes yihadistas o sin ellos, una simple maceta que se cae de un balcón, un error sanitario, una comida en mal estado, o la clásica muerte súbita, ahora se le ha añadido otra más. Es decir, que en cuanto a la existencia de amenazas, poco ha cambiado dado que el número de amenazas a nuestra vida es prácticamente infinito. Entonces ¿qué tiene esta amenaza de distinto? pues que le resulta imposible encajarla como las otras, en la rutina de lo que usted concibe como seguridad.

¿Cuál es la diferencia entre este mes de marzo y el de 2019? Pues son varias, aunque no tantas. Una de ellas que entonces nadie le contaba a diario el número de enfermos y de muertos. Entonces no le llegaba a usted ese tipo de “información”. Por esas fechas usted “ignoraba” que por ejemplo, hablando de muerte, en la Comunidad de Madrid o en la de Cataluña morían en ese mes 1375 y 1848 personas, respectivamente por todas las causas y rango de edades y sexo.

Para quienes vivimos en España, la sensación por la pandemia es de irrealidad; nuestra mente se niega a aceptar que esté sucediendo, en lo que parece ser una reacción institntiva de defensa. Existen centenares de miles de personas para las que ser diezmadas a diario por enfermedades contagiosas es algo natural desde que nacieron. Pero para nuestra percepción forman parte del mundo que “no existe”.

Ante la evidencia de una amenaza, procure utilizar únicamente información, y en su defecto racionalice, no especule ni se deje especular, y elija bien: comodidad y seguridad están enfrentadas. Si elige seguridad debe aplicar un método eficaz de protección y, sobre todo, aquel que ya se sepa efectivo. Para ello, y a fin de conseguir algo más de conocimiento, y por tanto, información para que usted pueda valorar el riesgo, le dejo este enlace que el Washington Post ha puesto a disposición del mundo en el que explica de forma clara, para que los legos podamos entenderlo, el efecto de algunas medidas de protección que se muestran eficaces.

Recuerde: en situación de riesgo, deje su comodidad a un lado.

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Plan Europeo de Recuperación

¿Estamos ante un Plan Europeo de Recuperación versión 2.0?

El título de esta entrada seguramente no le suene a casi nadie, ni escrito en el inglés original como European Revovery Plan. Como se hizo popular en Europa fue con el apellido del entonces Secretario de Estado de EE.UU, Georges Marshall, de quien procede la iniciativa de dicho plan.

El plan del famoso general, que fue avalado por el Congreso y el Senado de los EE.UU., pretendía alcanzar dos objetivos principales, embebidos el uno dentro del otro: la recuperación de la producción y la recuperación de la asolada economía de Europa, tras la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial y como segundo objetivo frenar la expansión del comunismo.

El Plan se puso en marcha después de intensos debates, no solo entre los partidos demócrata y republicano, sino entre los distintos gobiernos europeos. Finalmente estuvo activo entre 1948 y 1951, y la recuperación europea fue sensacional: en dos décadas, el crecimiento de la producción agrícola e industrial no tuvo precedentes, y el hambre y la pobreza en que la crisis había sumido a la población, dieron paso a un mayor nivel de vida. En cuanto al comunismo en Europa, todos sabemos como quedó.

Tanto la ayuda como el retorno de la inversión (las contraprestaciones) fueron desiguales, como también fueron desiguales las colaboraciones europeas que utilizó EE.UU. para actuar contra el comunismo alrededor del mundo. Lo cierto es que Europa se reconstruyó, se creó una unión económica que empezó a exportar su producción a EE.UU. de la que se hacía cargo la Administración para la Cooperación Económica , administradora del Plan. La ayuda no solo fue económica, sino también con intercambio de ingenieros y consejeros tecnológicos.

72 años después, EE.UU. da la espalda a Europa (ya sin Reino Unido) al tiempo que China llega a Europa dispuesta a ayudar, a través de los países más afectados por ahora  (Italia y España), lo que inevitablemente recuerda al Plan Marshall. Ambas situaciones tienen un mismo escenario: incertidumbre y el evidente riesgo de muerte.

Al darnos cuenta de nuestra vulnerabilidad, descubrimos a la par nuestra letal ignorancia sobre la  amenaza que nos acecha, y de ahí al pánico hay un paso. Si hablásemos en términos bíblicos, de los famosos cuatro jinetes, la guerra (con un enemigo invisible y desconocido)  y la muerte, ya están en la calle. El hambre espera paciente su turno, con el paro que seguirá al paso de la pandemia y la conquista solo es cuestión de tiempo. Por tanto, esta situación de naufragio con escasez de salvavidas, es idónea para ofrecer ayuda.

Obviamente las diferencias de una y otra ayuda son muchas, aunque alguna coincidencia también existe. En ambos casos, lo que el pueblo percibe es la ayuda, que siempre es de agradecer. Lo que nos quedará por conocer serán las contraprestaciones.

 

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Politicoenteritis

Llevamos décadas sentando en el Congreso y el Senado a seres que en el común de los casos no son más que residuos biológicos excretados con más fortuna de aquellos que se marcharon por la cloaca

 

Enfermedad caracterizada por la inflamación del tracto cerebral compuesto por la vista y el oído y su unión con el cerebro delgado, debido a la ingesta de demagogia orientada a niños pequeños.

Los españoles no podemos afirmar que seamos precisamente unos consumidores exigentes. A la hora de consumir somos proclives a anteponer aquello que sea tendencia social antes que preocuparnos de la calidad de lo que vamos a consumir, con independencia que se trate de un producto electrónico, ropa, calzado, vehículo, bebida, comida,  información, audiovisuales, opinión, ocio o relaciones sociales.

Cuando suministramos a nuestro organismo una comida o una bebida o un medicamento en mal estado, nuestro organismo lo rechaza de forma automática; sin embargo somos capaces de consumir políticos low cost sin que nuestro organismo manifieste ni un simple escalofrío.

Si hablamos del consumo de redes sociales, no podemos vivir sin el cachivache electrónico de turno, aunque ocupamos la primera posición en Europa de inocencia y credulidad con cualquier fake new que nos larguen.

Si hablamos de consumir alcohol, miraremos más que se corresponda con lo que esté de moda que con la calidad.

Sobre los sujetos que elegimos para que nos gobiernen y nos representen, nada hay que explicar: ahí estan. Es la evidencia más espantosa de lo que consideramos un líder. Llevamos décadas sentando en el Congreso y el Senado a seres que en el común de los casos no son más que residuos biológicos excretados con más fortuna de aquellos que se marcharon por la cloaca, son huecos, faltos de realidad, arrogantes, presuntuosos, que precisan esconder su mediocridad tras suntuosos palacios, criados y carrozas (algún que otro Falcon si se tercia), sueldos de faraones, carentes de inteligencia en la expresión oral que suelen reemplazar con infantil verborrea demagógica, confiando en la sumisión del ciudadano.

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Aldeas infantiles 4.0

Cuando un gobierno tras otro no muestra recato alguno en tratar a los ciudadanos como niños de 4 años, es que hemos debido darles motivo para ello.

Para que vean como está el patio, y al socaire de la socorrida yihad, nos hemos montado un chiringuito de Seguridad Nacional (en realidad lo llaman Departamento), hemos creado cinco niveles de alerta, y para que se vea que la cosa va en serio, han dicho muy serios que estamos en el nivel 4. Ahí es ná. Sepan ustedes que ese nivel de alerta permite por ejemplo que, en medio de una multitud un paisano se acerque al Presidente del Gobierno y le arree un sopapo con regodeo, o que en lugar de poner a nuestra sofisticada Guardia Civil a proteger lugares tan estratégicos (y desde el punto de vista yihadista tan comerciales) como los aeropuertos, colocan a empresas de seguridad privada, acompañada de mariachis sindicaleros para utilizar conjuntamente a personas con contratos que sonrojarían a un esclavista y con más voluntad que formación y capacidad, para proteger lugares tan estratégicos.

Ese chiringuito de “Seguridad Nacional” se encarga de que primen los asuntos laborales por encima de la seguridad, y los deseables derechos de unos pocos esclavizados, por encima de la seguridad de todos, de modo que a cada verano, o congreso MWC o similar, los sindicalistas hagan ver como que se preocupan por los trabajadores, agitan un poquito el ambiente y se vuelven gozosos a seguir degustando su marisco.

Y llevan años así. Ya hasta Eulen o Prosegur, que eran los que se repartían la tajada de los aeropuertos principales dejaron de aceptar las condiciones de AENA y han dejado paso a Trablisa, una empresa casi familiar con raíces en las islas catalanas, y que opera en territorio catalán.

Y el caso es que por todos los lados nos quieren convencer de lo importante que es la seguridad en los aeropuertos. El problema está en que los hechos demuestran de forma continua y real que lo que menos importa es la seguridad de los viajeros.

Ahora, usted, chúpese el dedo y trate de no pensar porqué no es la Guardia Civil la que se encarga de controlar la seguridad en el aeropuerto.

Aviso a espabilados: la moto de que hay guardias detrás de los controles no la compro.

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Ya no

Mucho tiempo se mantuvo el dicho “quien tiene la información tiene el poder”, pero hace tiempo que los hechos vienen demostrando que ya no es así, que quien tiene realmente el poder es el que tiene el voltio.

Si. Empezamos por darnos cuenta que en la farmacia no sabían los precios de las cosas si no tenían corriente eléctrica. Luego fue la mercería, luego la tienda de comestibles de toda la vida. La gasolinera hacía años que no funcionaba si no tenían corriente, y las puertas de muchos establecimientos, amén de ascensores, quirófanos o juzgados. Poco a poco hemos ido cayendo en manos de la electrónica, esa hija que un buen día tuvo mamá electricidad.

Nos enseñaron como esa recién llegada nos invitaba a abandonar el papel, tanto para escribir como para leer; libros y periódicos en soporte papel han desaparecido (no, el papel higiénico de momento no) y hasta ese teléfono de baquelita negra o los ultra modernos modelos “góndola” funcionaban aunque en nuestra casa se hubiese ido la luz. Eso si, necesitaba que la central tuviese corriente para enviarnos por el hilo de cobre los 12V que necesitaba el cacharro. Los aviones comerciales ya no pueden utilizar aeropuertos si no hay corriente en ellos. Los trenes de carbón desaparecieron y quedan cuatro de gasoil. Los barcos de pesca de bajura ya disponen de subvenciones para reemplazar sus viejos motores diésel por eléctricos. Y que decir de los fabricantes de coches, que nos tratan de convencer de que la ilusión de nuestra vida es disponer de uno eléctrico. Incluso la información desaparece cuando desaparece el voltio.

El transporte, los servicios, la alimentación, la sanidad, la enseñanza, la justicia, la seguridad… todo queda en suspenso si papá voltio se pira.

Recientemente hemos podido comprobar lo sencillo que resulta desenchufar medio continente, con el caso de Argentina, pero como buenos avestruces seguiremos obedientes la doctrina de Nuestro Señor El Voltio, escondiendo la cabeza y obviando la realidad, todo sea por que no se diga.

Ya tenemos claro que el Señor es el que tiene el voltio.

Y ahí empezamos a echar la vista atrás. Existió una época, a principios de los años 80,  en que nuestro gobernante natural de las últimas décadas (Euzkadi Ta Askatasuna), decidió que había que paralizar determinadas centrales de producción eléctrica. Para ello secuestró y asesinó al ingeniero José María Ryan, jefe de la central nuclear de Iberduero en Lemóniz, y la orden fue cumplida a rajatabla, paralizando totalmente la central. Luego “aparecieron” los apóstoles de la cosa “verde” que también fueron imponiendo sus doctrinas para la eliminación de las centrales nucleares, basándose en lo peligroso del plomo o las radiaciones. En su momento se dijo que esas campañas de la Iglesia de la Ecología eran muy oportunas para la industria nuclear  francesa,  incluso había quien creía ver a los servicios secretos franceses detrás de esos movimientos para neutralizar nuestra producción eléctrica. Ya se sabe que hay muchos chiflados que ven conspiraciones por todos los lados.

Sin embargo, los hechos son tozudos. Fíjense: el pasado año batimos el record de importación de electricidad. Y ¿adivinan de qué país la importamos?. Pues si, Francia.

Y ustedes se preguntarán ¿cómo es posible, si el sistema español de producción eléctrica está sobredimensionado?. Pues según cuentan los gurús de la cosa energética se trata de la ley de mercado. Parece ser que debido a los precios mayoristas en el mercado español, resulta más barato importar, y la oferta que resulta seleccionada es… la francesa. Además, la cosa sostenible tiene que esperar a que viento y lluvia sean suficientes, a que recojamos bastantes rayos solares… y mientras compramos lo de nuestros vecinos.

No, en Francia no manda Euzkadi Ta Askatasuna, y se ve que a la Iglesia de la Ecología tampoco, porque el número de reactores nucleares es de 58 (17 serán cerrados próximamente), es decir, el 75% de su energía eléctrica es de origen nuclear. Eso si, aquí seguimos en el acto de fe de que una catástrofe nuclear en suelo francés, quedaría detenida en la raya de la frontera.

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Había una vez un Zoco-Circo…

Desde mi ignorancia, entiendo que se le llama zoco, a un mercado del norte de África, digamos “pintoresco”. El Circo, cuya antigüedad algunos alargan hasta los 3,000 años, se inventó por los gobernantes de turno para distraer al personal, y que así, por lo menos por un rato ( o días… o meses), se olvidaran de sus miserias, como válvula de escape, y continuaran “obedientes”. Lo cierto es que me da bastante igual que lo anterior se ajuste con exactitud a la realidad histórica, pues como ya habrán advertido mis agudos lectores, se trata de una ironía comparativa.

Lo único cierto es que el zoco, es un fraude. Una estafa. ¡ Bonito… barato…! Relojes de marca a 10 euros… Alfombra persa a 50 euros, seguramente de Crevillente… Todo mentira. Pero funciona…

El circo es una ilusión. El león está recién comido o drogado por el domador. Los padres se disparan a carcajadas con las chorradas de los payasos, para que los hijos se rian por contagio. Pero funciona…

Por su puesto que no soy sociólogo (con todos los respetos, creo que es una de las profesiones más inútiles que creó la segunda revolución industrial), pero me atrevería a decir que a la inmensa mayoría de los humanos del mundo occidental, nos gusta que nos engañen. Que nos estafen. Que nos mientan. Si con ello logramos la autojustificación. Y que nos dejen tranquilos…

En 1,978, se inició “oficialmente” en España, un nuevo sistema de control de la sociedad y del beneficio de los poderosos. No voy a tratar de explicar aquí lo que supuso y como lo hicieron, porque, por un lado, casi todos lo sabemos, y por otro, porque me alargaría bastante, y muchos dejaríais de leerme, por aburrimiento, y no me gustaría. Vayamos a HOY.

Casi todo el mundo, en España (y parte del extranjero), está hasta las narices de los días, semanas, que llevamos de “trapicheo”, de compra-venta, del espectáculo que nos están dando la llamada “clase política”. Y no es para menos. Y lo que queda.

Casi todo el mundo, en España, (y parte del extranjero), está cabreado porque ven (los que lo ven), que su voto, en muchos casos con la mejor de las intenciones, solamente está sirviendo para el espectáculo que estamos observando.

Pero… ¿es que alguien lo dudaba…? ¿De verdad, alguien pensaba que su voto, “con la mejor de las intenciones”, iba a servir para algo más que para lo que estamos viendo…? Y para lo que nos queda por ver…

A ver si nos vamos enterando de que, a los integrantes de nuestra llamada “clase política”, lo único que les interesa de nuestro voto, es que les sirva para estar “en el sitio” durante cuatro años. En el mejor sitio posible. Y luego, ya harán todo lo que esté “en sus manos”, para que sean cuatro años más.

Y… a pesar de mi dolor por España, y por los españoles, no puedo dejar de sonreir, cuando escucho aquéllo, que muchísimos habremos escuchado en varias ocasiones…

“Prefiero que me roben “los míos”, a que me roben “los otros”…

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Anomalía estable

Hemos convertido España en una anomalía en equilibrio estable, que cada vez que es apartada de su posición inicial, vuelve a ella por el efecto de la idiosincrasia ejercida por nosotros.

Conseguimos una sociedad con las cárceles llenas (pongan ustedes los “ex-”), de ministros presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes y jugadores  de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, generales y directores generales de la Guardia Civil, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

Nos ponemos exquisitos haciendo concursos de apología sobre la importancia de la igualdad y acto seguido nos despachamos troceando España en 17 cachos alegando que es muy importante mantener las peculiaridades que hacen a cada uno de los cachos distintos de los demás, y a cada uno de los miembros de cada cacho, más puro y perfecto que los demás. Vivimos en un estado placentero de exaltación emocional y admirativa porque hemos conseguido textos académicos de matemáticas o geografía basados en esas diferencias peculiares, o el más entusiasta todavía de diferenciar la salud en función del cacho donde uno esté censado.  Y mientras insistimos en lo vital que resulta la igualdad creamos leyes para diferenciar al personal por razón de edad (Ley del Menor), de sexo (Ley de Violencia de Género), de etnia raza o nación (Regímenes forales), amén del sinfín de aforamientos para jueces, magistrados, fiscales, políticos y varios cientos de cargas públicas, excelentísimas e ilustrísimas.

Conscientes de  nuestra excelencia social y más democrática que nadie, nuestros políticos diseñaron el delito de odio…

…y ahora se disputan como agruparse para odiar unos a otros, ignorando el Código Penal que ellos mismos ingeniaron. Eso si: como buenos demócratas asegurando siempre que “los otros” son fascistas, sean partidos legales de izquierda o derecha. Que no se diga.

Mantenemos una excelsa sanidad pública que mima los problemas mentales de los españoles con tal cuidado que hemos conseguido ser líderes europeos en consumo de ansiolíticos, y una excelente tasa de 10 suicidios consumados al día y 200 tentativas diarias. A la par con un buen puesto en consumo de cocaína y cannabis y un discreto puesto de fracaso académico disponemos de un excelente elenco capaz de votar lo que haga falta o actuar como jurado con una envidiable capacidad mental.

Unas leyes envidia de los países más democráticos del mundo, que protegen policial y judicialmente al primero que te ocupe esa casa que aún te quedan por pagar 20 años de hipoteca (¡ah, y no le cortes la luz o el agua!), pero que como te ocupen el coche lo llevan claro, porque tanto policía como jueces serán un terrible azote para ellos.

¡Aupa el equilibrio la anomalía estable!

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El síndrome que no tenemos

Como sucede en cualquier otro trastorno de la conducta, porfiaremos en que nosotros, de síndrome de Diógenes, nada de nada.

Según los cánones del síndrome de Diógenes, sufrimos un trastorno del comportamiento caracterizado por el abandono personal y social, el aislamiento voluntario y la acumulación de basura, desperdicios y miseria, y lo hacemos -además- con el convencimiento de que todo eso que almacenamos nos es o nos va a ser, necesario.

Nos podemos engañar diciendo que cuidamos nuestro aspecto exterior, olvidando que la persona es algo más que el envolvente, dejando nuestro cerebro al ralentí indispensable para la supervivencia, utilizando cada vez más, ideas, expresiones, frases u opiniones ajenas, anulando nuestro propio criterio, siempre anhelando seguir la doctrina ortodoxa para conseguir la aceptación por la tribu y temiendo su rechazo.

Mantenemos abandonada la actividad intelectual, temerosos de ser repudiados, y optamos por usar las ideas y criterios  de otros.

Nos podemos engañar diciendo que tenemos 23.286 amigos en las redes sociales o que “nos siguen” un millón de visitantes, pero seguimos ignorando quién vive en el piso de al lado o cómo se llama.

Somos capaces de estar horas “chateando” con “amigos” mientras no dirigimos la palabra durante horas a los amigos o familiares que tenemos sentados a nuestro lado.

Convencidos de que disponemos de “todo” lo que “necesitamos” dejamos de preocuparnos por exigir calidad en aquello que consumimos, se trate de comida, información, formación académica o laboral, ocio, o representantes políticos.

Somos amantes del “low cost”, de pagar poco (o mejor gratis) con tal de consumir, y nos importa un bledo que lo que consumimos sea basura con tal de no gastar, ni criterio ni dinero. Nos da igual que en el Congreso nos represente un partido mafioso o un partido fascista (virado a izquierda o a derecha, que igual da). Nos da igual que se nos manipule descaradamente y preferimos que nos suministren opiniones pre-masticadas antes que información. Somos sumisos no solo en la forma de vestir o de tunearnos, sino en el pensamiento del grupo, en decir únicamente lo que los demás “deben” escuchar, en utilizar el ocio como se nos diga, aturdiendo cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento o intercambiar ideas personales con otras personas.

Cumplimos escrupulosamente todos los requisitos para ser diagnosticados del trastorno llamado síndrome de Diógenes. Lo que nunca haremos será aceptar el diagnóstico.

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Resiliencia y Mangancia

La capacidad de adaptación frente a una situación adversa es indispensable para la supervivencia de un partido político. Su comportamiento en estos casos le lleva a aceptar cualquier cosa con tal de perseverar en la mangancia. Veamos unos cuantos ejemplos:

El Partido Popular, mentiroso compulsivo (probablemente el más embaucador de todos), se desgañita en la defensa de la lengua española y luego son sus líderes quienes apoyan su supresión en Galicia o Baleares; o exige “agua para todos” y es incapaz de buscar una solución siquiera para una gota de agua; o dice verse obligado a soltar una rehala de violadores y asesinos en serie, cuando nadie le obliga; o asegura fortaleza frente a independentismo ilegal mientras por detrás les sigue financiando y amparando. Quizá el mayor experto en mangancia.

El Partido Socialista Obrero Español, más Siniestro que socialista, más Oportunista que obrero y más Expañol que español, que cuando no usa la cal viva para “combatir” el independentismo llenando de medallones el pecho de algún general de la Guardia Civil, se asocia con todos los independentistas disponibles para conseguir sus propios fines; o es capaz de robar sin  reparo alguno el dinero a los parados para gastarlo en burdeles y lujos mientras se permite acusar al PP dando a entender que aquél es el único corrupto.

Ciudadanos, experto en subirse a trenes al paso, un partido provinciano buscando su hueco a nivel nacional, que igual puede apoyar a partidos de izquierda para pillar cacho en algún municipio o Comunidad, como hacerse fotos en la plaza de Colón con lo más granado de los denominados “conservadores” ¿?.

Podemos, un partido que todavía huele a probeta. Un experimento social de laboratorio capaz de pastorear aquellos descontentos “anti-sistema” etiquetados como 15M, con un líder elaborado con esmero y cuidado que renegaba de “la casta” y alardeaba de vivir en Vallecas hasta que decidió formar parte de aquello que renegaba, irse a vivir a una zona residencial y poner a la Guardia Civil a cuidarle lo suyo en lugar de pagar una seguridad privada. Vamos, todo un ejemplo para aquellos que optaron por seguirle como al nuevo mesías. Y con unos miembros en sus listas que igual entran en una iglesia católica durante los oficios para gritar “Arderéis como en el 36” o “Al Papa no le gusta que nos comamos las almejas”, que se ponen en un balcón a cantarle saetas a un Jesús de Salzillo durante una procesión de Semana Santa.

El emergente VOX se presenta como una solución rotunda a la imbecilidad imperante -que ahí está- pero en las listas se les cuelan personajes a los que yo no les dejaría ni diez minutos al cuidado de mis nietos. El método del garrotazo, como ya dejó plasmado Goya, no lleva a sitio alguno. El voto descontento es el voto del que reconoce que ya se ha equivocado una o más veces dando su estampita. Además, Einstein ya aseguró que no albergaba duda sobre la condición de infinitud de la imbecilidad humana. Y era un sabio.

En este negocio de las estampitas, quizá los que menos falsos resultan son los nacionalismos. Grupos burgueses mimados con Franco y con los sucesores, reconvertidos en un mix de partidos políticos que incluyen la apariencia aséptica, los pistoleros, los borregos violentos y los simples idiotas.  Los amos de este tinglado procuran mantenerse entre bastidores, y es ese “silencio” en el que se mueven lo que más demuestra su eficacia. Su voto tiene más valor y eso les proporciona la llave para ir apretando tuercas según convenga.

Pues esa tropa es la que ahora le está pidiendo su estampita.

 

 

 

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Fundamentalistas del sexo

El obispado de Alcalá celebra cursos ilegales y clandestinos para ‘curar’ la homosexualidad

LGTBI

Una supuesta terapeuta, que no está colegiada como psicóloga, da una sesión a un periodista de eldiario.es que se hace pasar por un joven confuso con su orientación sexual para que deje de ser gay: “Debes gobernarte y dejar de ver porno”

Fuentes de la diócesis de Reig Pla admiten que se celebran estos cursos, ilegales según el artículo 70 de la ley contra la LGTBfobia de Madrid, aunque no lo consideran “terapias reversivas” sino de “acogida y acompañamiento”………….

Desde esta mañana temprano esta noticia ha sido primicia en todos los medios de comunicación, radio, televisión y prensa escrita, tanto digital como en papel.

Normalmente, mi espíritu y talante liberal, me hubiera hecho no dedicarle ni un minuto más del que se precisa para leer el artículo en la prensa, pero ha sido este espíritu liberal el que me ha sacado de mi pereza habitual, y me ha sentado ante un teclado para intentar exponer un punto de vista, mio naturalmente, a la luz de tanta información sobre esta historia.

No suelo opinar sobre la condición sexual de los ciudadanos, precisamente porque cada uno es muy libre de pensar y sentir del modo que le haga feliz. Tengo amigos homosexuales (hombres y mujeres) a quienes quiero mucho y respeto más, ciudadanos exactamente iguales que otros con la consideración de heterosexuales, a algunos les conozco desde niños y es por eso que he vivido con ellos una evolución que no era la que las normas, que imperaban en la sociedad de aquel tiempo, marcaban. He reído con ellos y también he sufrido con ellos por sentirse diferentes de algún modo.

Tal vez por eso, he asumido con normalidad desde niña, que existía otra forma de amar, tan respetable como la que veíamos en nuestros padres.

También por respeto a esa otra forma de inclinación sexual, igualmente digna,  no puedo comprender las celebraciones del “Orgullo Gay”, no entiendo en que puede favorecerles ante la sociedad que todavía tenga prejuicios, el que un grupo de, para mí, locas (digo esta palabra a sabiendas que desatará las iras de los guardianes de la dictadura de lo políticamente correcto) desfilen, ellos y ellas pintados como una puerta,  semidesnudos, mostrando unas actitudes, con exageración desmedida,  que nada tienen que ver con el ambiente festivo que debería rodear ese día, buscando más la provocación que la petición de libertad, de la que según dicen, carecen.

El mismo rechazo sentiría, ante un “Orgullo Hetero”, con hombres de pelo en pecho, marcando paquete, mostrando su superioridad hacia la hembra, hembra hetero que iría bien ceñida, mostrando pechos y nalgas para definir claramente que son “reales hembras”, desfilando orgullosas con su hombre al lado. (¿a que esta imagen del macho hetero y la hembra hetero, resulta patética?).

Vivimos en una sociedad en la que hay una oferta exagerada de todo tipo de ayudas. Yo lo defino como el “auge del ayudismo”. Da igual donde nos asomemos, Internet, redes sociales, medios de comunicación, siempre nos encontraremos con alguien que nos ofrece ayuda, para cualquier cosa.

Esta ayuda viene dada por un psicólogo, psiquiatra, coach (hoy es el mundo del coach para todo), charlatanes, predicadores varios. La oferta es infinita.

Los libros de auto ayuda se disparan en ventas. Los seminarios, retiros, cursos, (carísimos por cierto), florecen como los almendros en primavera.

“Tu problema tiene solución”, “Yo te ayudaré a encontrarte a ti mismo”, “Encontrar el camino es fácil con mi ayuda”…….. , frases como éstas actúan de reclamo ante aquellos que en verdad se sienten perdidos.

No seré yo quien demonice cualquier método que sirva para sacar del agujero a todo aquel que lo precise, pero si estamos viendo constantemente , y vuelvo a retomar el tema de la condición sexual, que muchos ciudadanos trans, han precisado ayuda para encontrarse, que existe otra condición aparte de heterosexual, homosexual, transexual, que es la que no es ninguna de estas tres, que hace sufrir a quien se siente que no encuentra su sitio, y que también precisan de ayuda externa porque no son capaces de solucionar sus problemas.

A todas estas personas se les reconoce el derecho, faltaría más, de buscar ayuda, e incluso sin necesidad de buscarla, existen muchos Centros que ofrecen ayuda al que lo necesita ante una crisis de identidad.

Entonces yo me pregunto, ¿Es que un homosexual católico, que cree en Dios, no puede encontrarse en esa disyuntiva de no aceptar sentir de un modo que la religión rechazaría?.

¿Se le puede negar a este homosexual creyente que tenga dudas y que pueda pensar en un momento dado que lo suyo tiene arreglo?

Por muy absurdo que parezca, y por mucho que esta persona sepa que no está enfermo, que nadie le ha pervertido, que sabe que ha nacido con esa condición, ¿no puede estar en conflicto lo que siente con lo que cree, e intentar que alguien le ofrezca un remedio a su sufrimiento?

Si la noticia que “El diario.es” ha dado en primicia, no se hubiera referido a un ámbito católico, no hubiera tenido repercusión alguna.

Pero ese Centro, perteneciente al Obispado, que al parece imparte ayuda a homosexuales, no obliga a nadie a acudir allí, no va nadie coaccionado, aunque es palpable que quien acude ahí, pertenece a una religión determinada.

Quien acude lo hace libremente, y quiero pensar que en busca de algo que, o le haga aceptarse o le intente cambiar.

Sentir un deseo sexual que va en contra de lo que la religión y el Dios que amas, te dice que no es lo correcto, tiene que conllevar un gran sufrimiento a quien se encuentre en esa tesitura.

Así que no seré yo quien niegue el mismo derecho que tienen otros a encontrar ayuda en donde se la ofrezcan. Si esa ayuda que proponen no es ética, no me corresponde a mí juzgarla.

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