Había una vez un Zoco-Circo…

Desde mi ignorancia, entiendo que se le llama zoco, a un mercado del norte de África, digamos “pintoresco”. El Circo, cuya antigüedad algunos alargan hasta los 3,000 años, se inventó por los gobernantes de turno para distraer al personal, y que así, por lo menos por un rato ( o días… o meses), se olvidaran de sus miserias, como válvula de escape, y continuaran “obedientes”. Lo cierto es que me da bastante igual que lo anterior se ajuste con exactitud a la realidad histórica, pues como ya habrán advertido mis agudos lectores, se trata de una ironía comparativa.

Lo único cierto es que el zoco, es un fraude. Una estafa. ¡ Bonito… barato…! Relojes de marca a 10 euros… Alfombra persa a 50 euros, seguramente de Crevillente… Todo mentira. Pero funciona…

El circo es una ilusión. El león está recién comido o drogado por el domador. Los padres se disparan a carcajadas con las chorradas de los payasos, para que los hijos se rian por contagio. Pero funciona…

Por su puesto que no soy sociólogo (con todos los respetos, creo que es una de las profesiones más inútiles que creó la segunda revolución industrial), pero me atrevería a decir que a la inmensa mayoría de los humanos del mundo occidental, nos gusta que nos engañen. Que nos estafen. Que nos mientan. Si con ello logramos la autojustificación. Y que nos dejen tranquilos…

En 1,978, se inició “oficialmente” en España, un nuevo sistema de control de la sociedad y del beneficio de los poderosos. No voy a tratar de explicar aquí lo que supuso y como lo hicieron, porque, por un lado, casi todos lo sabemos, y por otro, porque me alargaría bastante, y muchos dejaríais de leerme, por aburrimiento, y no me gustaría. Vayamos a HOY.

Casi todo el mundo, en España (y parte del extranjero), está hasta las narices de los días, semanas, que llevamos de “trapicheo”, de compra-venta, del espectáculo que nos están dando la llamada “clase política”. Y no es para menos. Y lo que queda.

Casi todo el mundo, en España, (y parte del extranjero), está cabreado porque ven (los que lo ven), que su voto, en muchos casos con la mejor de las intenciones, solamente está sirviendo para el espectáculo que estamos observando.

Pero… ¿es que alguien lo dudaba…? ¿De verdad, alguien pensaba que su voto, “con la mejor de las intenciones”, iba a servir para algo más que para lo que estamos viendo…? Y para lo que nos queda por ver…

A ver si nos vamos enterando de que, a los integrantes de nuestra llamada “clase política”, lo único que les interesa de nuestro voto, es que les sirva para estar “en el sitio” durante cuatro años. En el mejor sitio posible. Y luego, ya harán todo lo que esté “en sus manos”, para que sean cuatro años más.

Y… a pesar de mi dolor por España, y por los españoles, no puedo dejar de sonreir, cuando escucho aquéllo, que muchísimos habremos escuchado en varias ocasiones…

“Prefiero que me roben “los míos”, a que me roben “los otros”…

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Anomalía estable

Hemos convertido España en una anomalía en equilibrio estable, que cada vez que es apartada de su posición inicial, vuelve a ella por el efecto de la idiosincrasia ejercida por nosotros.

Conseguimos una sociedad con las cárceles llenas (pongan ustedes los “ex-”), de ministros presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes y jugadores  de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, generales y directores generales de la Guardia Civil, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

Nos ponemos exquisitos haciendo concursos de apología sobre la importancia de la igualdad y acto seguido nos despachamos troceando España en 17 cachos alegando que es muy importante mantener las peculiaridades que hacen a cada uno de los cachos distintos de los demás, y a cada uno de los miembros de cada cacho, más puro y perfecto que los demás. Vivimos en un estado placentero de exaltación emocional y admirativa porque hemos conseguido textos académicos de matemáticas o geografía basados en esas diferencias peculiares, o el más entusiasta todavía de diferenciar la salud en función del cacho donde uno esté censado.  Y mientras insistimos en lo vital que resulta la igualdad creamos leyes para diferenciar al personal por razón de edad (Ley del Menor), de sexo (Ley de Violencia de Género), de etnia raza o nación (Regímenes forales), amén del sinfín de aforamientos para jueces, magistrados, fiscales, políticos y varios cientos de cargas públicas, excelentísimas e ilustrísimas.

Conscientes de  nuestra excelencia social y más democrática que nadie, nuestros políticos diseñaron el delito de odio…

…y ahora se disputan como agruparse para odiar unos a otros, ignorando el Código Penal que ellos mismos ingeniaron. Eso si: como buenos demócratas asegurando siempre que “los otros” son fascistas, sean partidos legales de izquierda o derecha. Que no se diga.

Mantenemos una excelsa sanidad pública que mima los problemas mentales de los españoles con tal cuidado que hemos conseguido ser líderes europeos en consumo de ansiolíticos, y una excelente tasa de 10 suicidios consumados al día y 200 tentativas diarias. A la par con un buen puesto en consumo de cocaína y cannabis y un discreto puesto de fracaso académico disponemos de un excelente elenco capaz de votar lo que haga falta o actuar como jurado con una envidiable capacidad mental.

Unas leyes envidia de los países más democráticos del mundo, que protegen policial y judicialmente al primero que te ocupe esa casa que aún te quedan por pagar 20 años de hipoteca (¡ah, y no le cortes la luz o el agua!), pero que como te ocupen el coche lo llevan claro, porque tanto policía como jueces serán un terrible azote para ellos.

¡Aupa el equilibrio la anomalía estable!

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El síndrome que no tenemos

Como sucede en cualquier otro trastorno de la conducta, porfiaremos en que nosotros, de síndrome de Diógenes, nada de nada.

Según los cánones del síndrome de Diógenes, sufrimos un trastorno del comportamiento caracterizado por el abandono personal y social, el aislamiento voluntario y la acumulación de basura, desperdicios y miseria, y lo hacemos -además- con el convencimiento de que todo eso que almacenamos nos es o nos va a ser, necesario.

Nos podemos engañar diciendo que cuidamos nuestro aspecto exterior, olvidando que la persona es algo más que el envolvente, dejando nuestro cerebro al ralentí indispensable para la supervivencia, utilizando cada vez más, ideas, expresiones, frases u opiniones ajenas, anulando nuestro propio criterio, siempre anhelando seguir la doctrina ortodoxa para conseguir la aceptación por la tribu y temiendo su rechazo.

Mantenemos abandonada la actividad intelectual, temerosos de ser repudiados, y optamos por usar las ideas y criterios  de otros.

Nos podemos engañar diciendo que tenemos 23.286 amigos en las redes sociales o que “nos siguen” un millón de visitantes, pero seguimos ignorando quién vive en el piso de al lado o cómo se llama.

Somos capaces de estar horas “chateando” con “amigos” mientras no dirigimos la palabra durante horas a los amigos o familiares que tenemos sentados a nuestro lado.

Convencidos de que disponemos de “todo” lo que “necesitamos” dejamos de preocuparnos por exigir calidad en aquello que consumimos, se trate de comida, información, formación académica o laboral, ocio, o representantes políticos.

Somos amantes del “low cost”, de pagar poco (o mejor gratis) con tal de consumir, y nos importa un bledo que lo que consumimos sea basura con tal de no gastar, ni criterio ni dinero. Nos da igual que en el Congreso nos represente un partido mafioso o un partido fascista (virado a izquierda o a derecha, que igual da). Nos da igual que se nos manipule descaradamente y preferimos que nos suministren opiniones pre-masticadas antes que información. Somos sumisos no solo en la forma de vestir o de tunearnos, sino en el pensamiento del grupo, en decir únicamente lo que los demás “deben” escuchar, en utilizar el ocio como se nos diga, aturdiendo cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento o intercambiar ideas personales con otras personas.

Cumplimos escrupulosamente todos los requisitos para ser diagnosticados del trastorno llamado síndrome de Diógenes. Lo que nunca haremos será aceptar el diagnóstico.

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Resiliencia y Mangancia

La capacidad de adaptación frente a una situación adversa es indispensable para la supervivencia de un partido político. Su comportamiento en estos casos le lleva a aceptar cualquier cosa con tal de perseverar en la mangancia. Veamos unos cuantos ejemplos:

El Partido Popular, mentiroso compulsivo (probablemente el más embaucador de todos), se desgañita en la defensa de la lengua española y luego son sus líderes quienes apoyan su supresión en Galicia o Baleares; o exige “agua para todos” y es incapaz de buscar una solución siquiera para una gota de agua; o dice verse obligado a soltar una rehala de violadores y asesinos en serie, cuando nadie le obliga; o asegura fortaleza frente a independentismo ilegal mientras por detrás les sigue financiando y amparando. Quizá el mayor experto en mangancia.

El Partido Socialista Obrero Español, más Siniestro que socialista, más Oportunista que obrero y más Expañol que español, que cuando no usa la cal viva para “combatir” el independentismo llenando de medallones el pecho de algún general de la Guardia Civil, se asocia con todos los independentistas disponibles para conseguir sus propios fines; o es capaz de robar sin  reparo alguno el dinero a los parados para gastarlo en burdeles y lujos mientras se permite acusar al PP dando a entender que aquél es el único corrupto.

Ciudadanos, experto en subirse a trenes al paso, un partido provinciano buscando su hueco a nivel nacional, que igual puede apoyar a partidos de izquierda para pillar cacho en algún municipio o Comunidad, como hacerse fotos en la plaza de Colón con lo más granado de los denominados “conservadores” ¿?.

Podemos, un partido que todavía huele a probeta. Un experimento social de laboratorio capaz de pastorear aquellos descontentos “anti-sistema” etiquetados como 15M, con un líder elaborado con esmero y cuidado que renegaba de “la casta” y alardeaba de vivir en Vallecas hasta que decidió formar parte de aquello que renegaba, irse a vivir a una zona residencial y poner a la Guardia Civil a cuidarle lo suyo en lugar de pagar una seguridad privada. Vamos, todo un ejemplo para aquellos que optaron por seguirle como al nuevo mesías. Y con unos miembros en sus listas que igual entran en una iglesia católica durante los oficios para gritar “Arderéis como en el 36” o “Al Papa no le gusta que nos comamos las almejas”, que se ponen en un balcón a cantarle saetas a un Jesús de Salzillo durante una procesión de Semana Santa.

El emergente VOX se presenta como una solución rotunda a la imbecilidad imperante -que ahí está- pero en las listas se les cuelan personajes a los que yo no les dejaría ni diez minutos al cuidado de mis nietos. El método del garrotazo, como ya dejó plasmado Goya, no lleva a sitio alguno. El voto descontento es el voto del que reconoce que ya se ha equivocado una o más veces dando su estampita. Además, Einstein ya aseguró que no albergaba duda sobre la condición de infinitud de la imbecilidad humana. Y era un sabio.

En este negocio de las estampitas, quizá los que menos falsos resultan son los nacionalismos. Grupos burgueses mimados con Franco y con los sucesores, reconvertidos en un mix de partidos políticos que incluyen la apariencia aséptica, los pistoleros, los borregos violentos y los simples idiotas.  Los amos de este tinglado procuran mantenerse entre bastidores, y es ese “silencio” en el que se mueven lo que más demuestra su eficacia. Su voto tiene más valor y eso les proporciona la llave para ir apretando tuercas según convenga.

Pues esa tropa es la que ahora le está pidiendo su estampita.

 

 

 

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Fundamentalistas del sexo

El obispado de Alcalá celebra cursos ilegales y clandestinos para ‘curar’ la homosexualidad

LGTBI

Una supuesta terapeuta, que no está colegiada como psicóloga, da una sesión a un periodista de eldiario.es que se hace pasar por un joven confuso con su orientación sexual para que deje de ser gay: “Debes gobernarte y dejar de ver porno”

Fuentes de la diócesis de Reig Pla admiten que se celebran estos cursos, ilegales según el artículo 70 de la ley contra la LGTBfobia de Madrid, aunque no lo consideran “terapias reversivas” sino de “acogida y acompañamiento”………….

Desde esta mañana temprano esta noticia ha sido primicia en todos los medios de comunicación, radio, televisión y prensa escrita, tanto digital como en papel.

Normalmente, mi espíritu y talante liberal, me hubiera hecho no dedicarle ni un minuto más del que se precisa para leer el artículo en la prensa, pero ha sido este espíritu liberal el que me ha sacado de mi pereza habitual, y me ha sentado ante un teclado para intentar exponer un punto de vista, mio naturalmente, a la luz de tanta información sobre esta historia.

No suelo opinar sobre la condición sexual de los ciudadanos, precisamente porque cada uno es muy libre de pensar y sentir del modo que le haga feliz. Tengo amigos homosexuales (hombres y mujeres) a quienes quiero mucho y respeto más, ciudadanos exactamente iguales que otros con la consideración de heterosexuales, a algunos les conozco desde niños y es por eso que he vivido con ellos una evolución que no era la que las normas, que imperaban en la sociedad de aquel tiempo, marcaban. He reído con ellos y también he sufrido con ellos por sentirse diferentes de algún modo.

Tal vez por eso, he asumido con normalidad desde niña, que existía otra forma de amar, tan respetable como la que veíamos en nuestros padres.

También por respeto a esa otra forma de inclinación sexual, igualmente digna,  no puedo comprender las celebraciones del “Orgullo Gay”, no entiendo en que puede favorecerles ante la sociedad que todavía tenga prejuicios, el que un grupo de, para mí, locas (digo esta palabra a sabiendas que desatará las iras de los guardianes de la dictadura de lo políticamente correcto) desfilen, ellos y ellas pintados como una puerta,  semidesnudos, mostrando unas actitudes, con exageración desmedida,  que nada tienen que ver con el ambiente festivo que debería rodear ese día, buscando más la provocación que la petición de libertad, de la que según dicen, carecen.

El mismo rechazo sentiría, ante un “Orgullo Hetero”, con hombres de pelo en pecho, marcando paquete, mostrando su superioridad hacia la hembra, hembra hetero que iría bien ceñida, mostrando pechos y nalgas para definir claramente que son “reales hembras”, desfilando orgullosas con su hombre al lado. (¿a que esta imagen del macho hetero y la hembra hetero, resulta patética?).

Vivimos en una sociedad en la que hay una oferta exagerada de todo tipo de ayudas. Yo lo defino como el “auge del ayudismo”. Da igual donde nos asomemos, Internet, redes sociales, medios de comunicación, siempre nos encontraremos con alguien que nos ofrece ayuda, para cualquier cosa.

Esta ayuda viene dada por un psicólogo, psiquiatra, coach (hoy es el mundo del coach para todo), charlatanes, predicadores varios. La oferta es infinita.

Los libros de auto ayuda se disparan en ventas. Los seminarios, retiros, cursos, (carísimos por cierto), florecen como los almendros en primavera.

“Tu problema tiene solución”, “Yo te ayudaré a encontrarte a ti mismo”, “Encontrar el camino es fácil con mi ayuda”…….. , frases como éstas actúan de reclamo ante aquellos que en verdad se sienten perdidos.

No seré yo quien demonice cualquier método que sirva para sacar del agujero a todo aquel que lo precise, pero si estamos viendo constantemente , y vuelvo a retomar el tema de la condición sexual, que muchos ciudadanos trans, han precisado ayuda para encontrarse, que existe otra condición aparte de heterosexual, homosexual, transexual, que es la que no es ninguna de estas tres, que hace sufrir a quien se siente que no encuentra su sitio, y que también precisan de ayuda externa porque no son capaces de solucionar sus problemas.

A todas estas personas se les reconoce el derecho, faltaría más, de buscar ayuda, e incluso sin necesidad de buscarla, existen muchos Centros que ofrecen ayuda al que lo necesita ante una crisis de identidad.

Entonces yo me pregunto, ¿Es que un homosexual católico, que cree en Dios, no puede encontrarse en esa disyuntiva de no aceptar sentir de un modo que la religión rechazaría?.

¿Se le puede negar a este homosexual creyente que tenga dudas y que pueda pensar en un momento dado que lo suyo tiene arreglo?

Por muy absurdo que parezca, y por mucho que esta persona sepa que no está enfermo, que nadie le ha pervertido, que sabe que ha nacido con esa condición, ¿no puede estar en conflicto lo que siente con lo que cree, e intentar que alguien le ofrezca un remedio a su sufrimiento?

Si la noticia que “El diario.es” ha dado en primicia, no se hubiera referido a un ámbito católico, no hubiera tenido repercusión alguna.

Pero ese Centro, perteneciente al Obispado, que al parece imparte ayuda a homosexuales, no obliga a nadie a acudir allí, no va nadie coaccionado, aunque es palpable que quien acude ahí, pertenece a una religión determinada.

Quien acude lo hace libremente, y quiero pensar que en busca de algo que, o le haga aceptarse o le intente cambiar.

Sentir un deseo sexual que va en contra de lo que la religión y el Dios que amas, te dice que no es lo correcto, tiene que conllevar un gran sufrimiento a quien se encuentre en esa tesitura.

Así que no seré yo quien niegue el mismo derecho que tienen otros a encontrar ayuda en donde se la ofrezcan. Si esa ayuda que proponen no es ética, no me corresponde a mí juzgarla.

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LO IMPORTANTE

Melina

Allá donde esté mi amor está mi casa.
Nos pasamos la vida intentando poner belleza o comodidad en el sitio que elegimos para vivir.
Un buen cuadro, fotos de los que amamos.  Pensamos hasta en el color que deben llevar las paredes para que nos aporten calma y sosiego.  Luces indirectas y cálidas que borren cualquier atisbo de frialdad en el ambiente, un sofá cómodo que invite al descanso. Tantas y tantas cosas que en el fondo son solo eso…cosas.   Creemos que sin ellas el hogar no sería hogar,  que el reposo no sería el mismo,  que la falta de objetos influiría en nuestro estado de ánimo.
¡Que equivocados estamos!

Una estancia en un hospital, que se prolonga más de lo que hubiera deseado, me ha hecho ver lo que realmente significa sentirse en casa.
La habitación es grande, tiene baño, no puedo tener queja de lo que nuestra Sanidad me ofrece.
Las paredes son blancas.  La cama articulada y la mesita con extensión para las bandejas de alimentos, son de color gris, al igual que es gris el color de las puertas de la habitación y del baño.
No hay un cuadro que alegre las paredes, ni flores en ningún jarrón.
El sofá cama para el acompañante del paciente, en este caso para mi, no tiene una tapicería de colores que te haga sentir bien,  también es gris
Muy alegre y acogedor no parece, ¿verdad?

Pero cada vez que miro a la persona que ocupa la cama articulada.  Cada vez que le escucho llamarme,  la fría habitación se llena de luz como si un pase de magia lo hubiera hecho posible.
Y veo flores donde no las hay,  color en donde solo hay gris.  Solo con verle lleno mis ojos de recuerdos felices o tristes,  de tiempo vivido junto a él, y me doy cuenta que no me falta nada, que me da igual la ropa que me vista, que todo lo que atesoro y guardo porque me hace feliz, apenas le concedo un pequeño pensamiento.

Porque todo lo que quiero, es él, porque con él lo tengo todo, porque donde él esté está mi casa. No puedo ni quiero pedir más.

Sentimos el hogar
como una parte más
de nuestro cuerpo.
Cuidamos el detalle
para que cada rincón,
cada pared,
sea para nosotros
un lugar más amable.
Flores en  un jarrón,
cuadros en las paredes,
un sillón tapizado
de colores alegres.
Fotos que nos traen
recuerdos familiares,
música evocadora
de mágicos momentos,
algunos muy fugaces.
Libros, algunos tan leídos,
que llevan el olor
de instantes que vivimos.
Así, al abrir la puerta,
sentimos el orgullo
de sabernos en casa,
de encontrarnos seguros,
de saber que ese espacio
es todo nuestro mundo.
Y cuando algo disturba
ese marco perfecto,
todo se difumina,
porque nos damos cuenta
que una habitación fría,
sin flores, ni detalles,
sin música ni libros,
sin alegres colores,
se convierte en hogar.
Porque mi casa es él,
porque todas las cosas
que me hacían sentir
feliz en el hogar,
se reducen a él.
Nada más, necesito,
mi memoria me guarda
todo lo que yo quiera
como el mejor archivo.
Y viéndole a mi lado,
cualquier habitación
fría e impersonal,
como en un pase mágico
se convierte en mi hogar.

 

 

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Una de miedo.

La noche era ventosa, qué digo, huracanada. Se escuchaba el silbido del viento en el tiro de la chimenea y el ulular de la borrasca en la calle.
Entré en mi dormitorio dispuesto a refugiarme en el nido de edredones que me aislarían del temporal. Las farolas de la calle proyectaban sobre las cortinas sombras chinescas de los árboles del jardín, cimbreantes espectros, que agitaban violentamente los brazos en imaginarias llamadas de auxilio al ritmo del vendaval.
No resistí la tentación de disfrutar unos segundos del espectáculo, no encendí la luz, me acerqué a la ventana y bailé unos segundos al ritmo macabro que marcaba el abedul.
Abrí la cortina para ver el espectáculo real y allí estaba ella. En la puerta de entrada a mi jardín, inmóvil, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, esperándome.
Di un paso atrás, antes de caer en la cuenta que en la oscuridad de mi habitación ella no podía verme. Me acerqué otra vez a los cristales y si, estaba esperándome.
Bajé a la entrada, corrí los cerrojos, encendí las luces exteriores y abrí la puerta por si era alguien que necesitaba ayuda. No había nadie. Salí hasta la puerta exterior del jardín y miré a izquierda y derecha por si había huido, pero no vi a nadie.
El viento me zarandeó, hacía frio y regresé al calor del hogar cerrando todos los cerrojos otra vez. Esta fue la primera vez.
De regreso a mi dormitorio me asomé varias veces por ver si la volvía a ver, pero ya no apareció. Dormí agitado. Una y otra vez me despertaba viendo su imagen. Su larga melena estática, no era agitada por el viento recordé, ni su largo vestido se movía a su compás.
A la razón del día, llegué a la conclusión de que había sido un sueño, o una pesadilla. Me costaba entender cómo podía haber tenido un sueño tan real, pero era la única explicación.
La siguiente noche y la otra y otra más, al ir a la cama hacia la ceremonia de asomarme sigiloso a la ventana por si estaba ella, pero no, no aparecía y cada día encontraba más irreal el tema. Empecé a olvidarlo. Fue el décimo día exactamente, otro día ventoso que la vi en la puerta de mi jardín.
Esta vez no quise precipitarme. Saqué el móvil y tiré una instantánea. Bajé, me abrigué y salí a la calle. Nadie otra vez. Su hermosísima figura y su bello rostro coronado por generosa cabellera dorada, impertérritos al viento otra vez, pues todo formaba una figura estática, pero viva, habían desaparecido.
A pesar de tener la completa seguridad de no haber sido un sueño, era desconcertante, la hermosa mujer no aparecía en la instantánea que había hecho con el móvil.
Comenté el tema con el psiquiatra, que me escuchó atentamente tomando una copa de buen Rioja. No sé si entendí bien, pero me pareció que le dijo al camarero que me añadiera morfina en la bebida.
Volví a vigilar la entrada todas las noches y al ver que no aparecía, me di el plazo del décimo día, por si era mirona de costumbres fijas. Y lo era, pero esta vez apareció el noveno día.
Me lo tomé con humor y me puse a mirarla yo. Era hermosa, además de su bella cabellera, inerme al viento, el vestido evasé le marcaba perfectamente la figura, dos diminutos pero agresivos pezones marcaban el recorrido de unos firmes pechos “caídos para arriba” unas caderas perfectamente torneadas y un monte de venus que se adivinaba entre las curvas de sus muslos. Una pena que nunca esperara a que saliera a invitarla a entrar. Salí a buscarla claro, y no estaba.
Y al siguiente octavo día allí estaba y al siguiente séptimo y al sexto. Y siempre se repetía el mismo ritual. Conseguí llegar a la puerta exterior en cinco segundos, pero no sirvió de nada. Consiguió encender mi deseo hasta límites que nunca había experimentado. Estar enamorado de alguien, en silencio, es una crueldad. Y esa crueldad me desesperaba.
Puse mi esperanza en el turno del quinto día, que no hay quinto malo y en efecto. Ese día me miró, levantó una mano y me saludó, pero ya no estaba cuando llegué a la cancela.
El cuarto día me detuve a observarla detenidamente. Algo había cambiado a lo largo de los días y no me había fijado. Su cabello no brillaba en la oscuridad y el contorno de su cintura borraba la forma de sus muslos y descartaba toda sombra de su pubis, el pecho había caído a una posición normal y sus pezones no resultaban agresivos.
Al tercer día, me observaba una mujer madura, sonreía y las comisuras de sus labios formaban arrugas tristes.
Dos días después, permanecí en casa esperando la llegada de la noche y su presencia. El mismo vestido, la misma expresión, la misma sonrisa convertida en mueca, pero todo envolviendo a una mujer mayor, casi anciana.
Volví a escuchar el silbido del viento y el ulular de la borrasca. Un escalofrío recorrió mi espalda impidiéndome conciliar el sueño incluso después de la medicación.
Al día siguiente no me atrevía a abrir la cortina, quise ir directamente a la cama y entonces sonó el timbre de la puerta. Cautelosamente bajé a abrir y allí estaba al fin. Una vieja. Desdentada y mugrienta, que sin embargo me envolvió en una atmosfera inaudita. Me tomó la mano y me condujo al dormitorio. Desagradablemente desnuda se metió en mi cama y me invitó a acompañarla. Sin sentido del pudor ni del horror, me desnudé y yací con ella. Al rato se escucharon ruidos de caída de piedras y tierra sobre el tejado.
– ¿Qué es eso? – pregunté
– Es la tierra que arrojan sobre tu féretro, querido.

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¡ Ay Carmena !

La alcaldesa de Madrid ha dicho que quiere proteger la salud de los madrileños, y con tal motivo ha dispuesto una serie de curiosas medidas. Quiere menos coches, más bicicletas más peatones y más zonas verdes. Viniendo de una venerable anciana de actitud protectora, es fácil caer en la tentación de creer que su interés realmente es la salud de los madrileños. Sin embargo, los hechos indican que esta señora anda como agazapá bajo la piel de un cordero. Cordero ecologista ortodoxo y feligrés comprometido del cambio climático, si, pero tan solo piel. En realidad, la salud de los madrileños le importa una higa, como vamos a ver.

Esta mujer propone una área que comprende la zona más antigua de la ciudad. Y ¿qué hay en ésa área?, negocios atractivos, locales atractivos (sobre todo al desaparecer la normativa de “renta antigua”), farándula y ancianos. ¿Para qué querrá restringir la circulación en dicha área?, pues según dice:

“Para garantizar la protección de la salud frente a los efectos de los contaminantes atmosféricos, contribuir a la lucha contra el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y potenciar la resiliencia urbana frente a los efectos climáticos. Además, se conseguirá reducir el ruido en el centro de la ciudad.”

El léxico es el convencional al uso del pensamiento colectivo: garantizar, proteger, contaminantes, lucha, cambio climático, efecto invernadero, resiliencia…   y añade que se espera reducir en un 40% la contaminación que sufren los madrileños. Lo que no dicen es qué madrileños. ¿Los que vivan justo dentro de la zona delimitada? ¿Los que vivan 50 metros más allá de la zona se van a seguir pudriendo? ¿Ya no va a moverse el aire y el aire contaminado de la zona oscura  no lo llevará el viento a la zona sagrada? ¿Pondrán lazaretos atmosféricos?. Si realmente quisiera proteger a los madrileños de “la contaminación” no lo haría únicamente de la atmosférica, sino también de la acústica, o la del suelo, o la térmica o la electromagnética, pero no. Solamente de la atmosférica. Por alguna razón es la única que le preocupa ocupa. Lo más vergonzante es que manifieste tener interés en reducir el ruido en el centro de la ciudad, cuando la realidad es que mas bien al contrario facilita la desesperación de vecinos de buen número de barrios de esa “zona protegida”. Ya son legión los vecinos que están literalmente huyendo de la zona al no poder soportar las marabuntas que cual manadas invaden cada noche las calles de la mayor parte de esa “zona protegida” (¿Tendrá para ellos también una pancartaWellcomeRefugiees?).  A la buena señora le damos dineros para que disponga lo que el diccionario define como policía: “Buen orden que se observa y guarda en las ciudades y repúblicas, cumpliéndose las leyes u ordenanzas establecidas para su mejor gobierno”, pero incomprensiblemente esa faceta policial en el Ayuntamiento de Madrid sencillamente no existe. No existe cuando se trata de custodiar el derecho al descanso. De custodiarlo en un país líder europeo en consumo de ansiolíticos, donde cada día se suicidan 10 personas y lo intentan 200. Es evidente que a la venerable anciana le preocupa la contaminación dictada por el pensamiento colectivo, peroooo la contaminación acústica y el derecho al descanso de sus vecinos, que se la demandan, se la trae al pairo. Es rotundamente falso que quiera proteger la salud de los madrileños, pues si quisiera hacerlo no podrían existir esas mesnadas que en estado salvaje vagan y rugen libremente por las calles de esos barrios noche si y noche también ante la ausencia manifiesta de una policía garante de derechos. Se han construido carriles bicicleta en buena parte de la ciudad… que lucen habitualmente vacíos; la bicicleta no resulta muy útil en una zona con desniveles muy pronunciados y con mayoría de vecinos mayores de edad; el propósito en si es loable, pero la realidad es la que es, y las pocas bicicletas que se ven suelen ser las que gestiona… el ayuntamiento de la insigne dama, dotadas al efecto de baterías, que desdicen un tanto el pretendido ejercicio “cardio saludable”. Los bares sin horario y la infantil necesidad de los denominados “jóvenes” (hay pavos de más de 40 tacos) de molestar a toda costa porque si no, no conciben “divertirse” y capaz de acabar con el descanso del más sordo,  las limitaciones de acceso y el secuestro de clientes de los establecimientos de la zona,  van echando especialmente a comerciantes de toda la vida y a la gente mayor. ¿Se trataba de eso? ¿de vaciar toda la zona? ¿Y promocionando la invasión de los llamados “pisos turísticos” y la “okupación”, para ayudar? A finales de los 60, en algunas facultades de Económicas se hacía referencia a una moda procedente de EE.UU. como “modelo” de inducción a la evolución económica de una zona determinada. Se trataba de localizar en una urbanización de gran lujo, la mejor de las casas que más céntrica resultara, y adquirirla. A continuación se alquilaba por un par de dólares al personal que menos desearían ver por la zona el resto de habitantes de la lujosa área. El símil que se utilizaba entonces era la típica troupe de gitanos con burros, cerdos, gallinas, perros y acostumbrados a hacer hogueras hasta en la cocina si arreciaba el frío. Era cuestión de horas que los vecinos quisieran vender sus casas para huir, pero nadie quería comprar y el precio bajaba y bajaba. Finalmente, el promotor de la operación compraba por un precio sensiblemente bajo todas las casas, metía un bulldozer que arramplaba con casa, gitanos y bichos y reacondicionaba toda la zona elevando el precio a su antojo. Lo que parece exagerado o un cuento para niños es lo que se hizo en Madrid con los aledaños de Gran Vía -por ejemplo- por alcaldes de PSP, PSOE, CDS y PP durante unos años. Por eso, esas maniobras más falsas que un euro de membrillo para “proteger la salud” de los madrileños, deberíamos ponerlas en cuarentena.
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UNA DE NADA

22/05/2018
Hoy no voy a escribir. Tampoco pasará nada por fallar una semana.
No busque el amable lector sentimientos ni nostalgias, moralejas ni conflicto porque no lo encontrará. Si acaso un espejismo reflejado en su reflejo, como la lata de pimentón Carmencita.
La música suena en el PC, Hotel California para más señas, “what a nice surprise”, que recuerdos.
El viento a dibujado nubes Simpson en el firmamento, que se cuelan en mi cabeza a través del ventanal del balcón de mi despacho, donde reposan dos sillas de jardín apiladas desde hace tanto tiempo, que deben estar solidificadas una encima de la otra.
Antaño nos sentábamos en el balcón a comentar las cosas del día, envueltos en sauces llorones, esbeltos y tupidos chopos, prunos rosados y silencio de fondo.
Entonces no necesitaba despacho, bastante había despachado a lo largo del día. La tertulia era perezosa, sin ritmo, “¿y que tal el día?”. “El pomo de la puerta se engancha, tendrías que arreglarlo”, “¿Los niños están en la piscina?”.
Ahora ya no salgo al balcón. Por eso están las sillas apiladas. ¿A quien le voy a contar todo lo que no he hecho hoy?
Y cuando va decayendo la tarde las sombras se van difuminando y el paisaje se vuelve plano.
Me asomo a través del folio en blanco y me invade el vértigo. Detrás está el vacío y solo mi voluntad hace que se llene de fantasía. ¡Dios santo¡ tanto por escribir.
Poco a poco, alrededor, van surgiendo paisajes, montañas y valles, ciudades medievales y urbes cosmopolitas. Aviones surcan el cielo y trenes reptan por las laderas, enormes barcos cortan los océanos y pequeñas chalupas cabecean entre las olas.
Y todo lleno de deseos, de anhelos, de amoríos y desengaños, de odios y rencores, ambición, triunfo, derrota, crimen, pasión y hastío. Y todo por escribir aún.
No puede ser. Habrá que sacudirse la desidia, coger la pluma y ponerse a la tarea. No he de permitir que todo eso quede vagando por la nada detrás del folio.
-Mañana empezaré- dijo el autor.
Y esa frase quedó enmarcada en el cielo como un recordatorio permanente de su pereza.

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LA AMISTAD

Hace más de tres mil años, en el oasis de Bahariya, perdido en medio de la nada, equidistante entre Memphis y Tebas pero muy al oeste del Rio sagrado, alejado de todo, alejado del poder, de las intrigas y de la corte del faraón, pasaba plácidamente sus días de vejez, ya había cumplido los cincuenta años, Neteruines, antiguo embajador plenipotenciario de Ramsés II.
Sin ser su vivienda suntuosa, era con diferencia la más lujosa no ya del oasis, sino de los oasis circundantes. Su familia, reciente pero muy numerosa, la formaban su mujer, dos favoritas y cinco concubinas que le habían dado doce hijos, de los cuales habían sobrevivido a la llamada de las sombras nueve, seis varones y tres doncellas.
Ellos son mi riqueza y ellas mi felicidad, solía repetir Neteruines a sus invitados en las numerosas fiestas que daba, generosamente regadas de vino dulce de dátil, a lo que estaba obligado como muestra de generosidad por ser el hombre más rico de la comarca y el más importante ya que había cabalgado a la diestra de Ramsés II, el magnífico.
Allí le había enviado el Faraón a petición propia, lejos de la lucha de validos, en una zona apacible alejada de fronteras conflictivas y con escasos bandidos que controlar, pues no era una zona rica.
Neteruines vivía su destierro voluntario con felicidad no disimulada, gustaba contar sus aventuras junto al faraón, aunque su favorita no solía repetirla a menudo. Cuando la recordaba se le secaba la garganta y escalofríos de terror le recorrían la espalda. El disimulaba porque no podía permitirse que sus vecinos reconocieran el miedo en su rostro.
Había sido el representante del faraón en las negociaciones del tratado de paz firmado con los hititas quince años antes y había realizado su misión con éxito y en condiciones muy favorables para Egipto. Antes de ser reconocido como embajador plenipotenciario y hombre de paz, había sufrido la muerte por tortura de parte de su numeroso sequito y él mismo había estado a un paso de la tortura y la muerte, pero su mirada sincera y firme había terminado por convencer al rey de los hititas de sus buenas intenciones. Pero le quedó herida.
A su regreso a Tebas, fue colmado de honores, homenajeado en festines interminables y regalado con las más bellas vírgenes que él hubiera visto jamás.
El faraón le proclamó su hermano y prometió concederle todo lo que pidiera.
A toda la corte extrañó que solicitara al faraón el destierro de Bahariya y más aún que éste se lo concediera tras una audiencia en privado, cosa nada habitual, de la que el propio Ramsés salió con cara desencajada.
Una única sombra nublaba la presencia de ánimo de Neteruines. La región que gobernaba estaba habitada por agricultores, pastores y unos cuantos artesanos. Todos los suministros que representaban un “lujo” debían importarse de Tebas o Luxor, con las caravanas que periódicamente recorrían la región.
Precisaba construirse una morada digna, una tumba penitencial que le permitiera cruzar el río de la muerte con su carga de dolor y remordimiento de forma que agradara a Horus.
Su conciencia le recordaba continuamente los dramáticos días de su embajada con los hititas y como tuvo que tolerar y aceptar el sufrimiento y muerte de amigos del alma.
En sus comunicados a la corte, siempre solicitaba el favor del faraón para que le destacara algún constructor, artista, que le permitiera realizarla, pero nunca recibía respuestas precisas.
“Las representaciones del faraón requieren de todos los constructores de los que disponemos” solía ser la respuesta del Edecán.
Cierto día, cuando su esperanza estaba perdida, se presentó un pequeño grupo de hombres desarrapados que le ofrecieron sus servicios para construir su tumba.
Desolado, contrató a ese grupo de harapientos como último recurso ante la decadencia de su salud. Su entusiasmo decayó y no visitaba las obras de construcción de su tumba ya que pensaba que no sería digna para cruzar a la otra orilla, siendo su única opción.
Los trabajos continuaron por dos años sin haberse dignado a visitarlos, cuando llegó al oasis la noticia de la próxima llegada de una caravana impresionante. Organizó modestamente un recibimiento acorde a su posición y esperó pacientemente a su llegada.
Su sorpresa fue mayúscula cuando entró en su tienda, humildemente ataviado, descalzo y en posición de sumisión el propio Ramsés. Postrado a sus pies, le abrazó y le dijo
-“Hermano”

-He venido a reconocerte la deuda de gratitud y a santificar la tumba que te han construido los mejores artistas, grabadores, arquitectos y constructores que hay en Luxor. Te los envié de forma subrepticia y disfrazados de modestos albañiles, porque sabía que no aceptarías todo el honor y la gloria que quiero concederte.
Presidía la entrada de la tumba Ator, protectora de los muertos en una escultura de ocho metros de altura presidiendo el catafalco con la escultura de Neteruines en su seno, protegido hasta la eternidad. Los bajo relieves contaban todas sus glorias y las policromías decoraban todo el recinto. Era la tumba de un rey.
Neteruines se postró ante su señor y lloró silenciosamente toda su emoción.
-A dos días de camino llega la caravana con todas las riquezas que colmarán tu tumba-dijo el Faraón- Pero ahora levanta, quiero darte el regalo más preciado de los que te acompañarán a la eternidad, el abrazo de Ramsés, mi abrazo de hermano.

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