LO IMPORTANTE

Melina

Allá donde esté mi amor está mi casa.
Nos pasamos la vida intentando poner belleza o comodidad en el sitio que elegimos para vivir.
Un buen cuadro, fotos de los que amamos.  Pensamos hasta en el color que deben llevar las paredes para que nos aporten calma y sosiego.  Luces indirectas y cálidas que borren cualquier atisbo de frialdad en el ambiente, un sofá cómodo que invite al descanso. Tantas y tantas cosas que en el fondo son solo eso…cosas.   Creemos que sin ellas el hogar no sería hogar,  que el reposo no sería el mismo,  que la falta de objetos influiría en nuestro estado de ánimo.
¡Que equivocados estamos!

Una estancia en un hospital, que se prolonga más de lo que hubiera deseado, me ha hecho ver lo que realmente significa sentirse en casa.
La habitación es grande, tiene baño, no puedo tener queja de lo que nuestra Sanidad me ofrece.
Las paredes son blancas.  La cama articulada y la mesita con extensión para las bandejas de alimentos, son de color gris, al igual que es gris el color de las puertas de la habitación y del baño.
No hay un cuadro que alegre las paredes, ni flores en ningún jarrón.
El sofá cama para el acompañante del paciente, en este caso para mi, no tiene una tapicería de colores que te haga sentir bien,  también es gris
Muy alegre y acogedor no parece, ¿verdad?

Pero cada vez que miro a la persona que ocupa la cama articulada.  Cada vez que le escucho llamarme,  la fría habitación se llena de luz como si un pase de magia lo hubiera hecho posible.
Y veo flores donde no las hay,  color en donde solo hay gris.  Solo con verle lleno mis ojos de recuerdos felices o tristes,  de tiempo vivido junto a él, y me doy cuenta que no me falta nada, que me da igual la ropa que me vista, que todo lo que atesoro y guardo porque me hace feliz, apenas le concedo un pequeño pensamiento.

Porque todo lo que quiero, es él, porque con él lo tengo todo, porque donde él esté está mi casa. No puedo ni quiero pedir más.

Sentimos el hogar
como una parte más
de nuestro cuerpo.
Cuidamos el detalle
para que cada rincón,
cada pared,
sea para nosotros
un lugar más amable.
Flores en  un jarrón,
cuadros en las paredes,
un sillón tapizado
de colores alegres.
Fotos que nos traen
recuerdos familiares,
música evocadora
de mágicos momentos,
algunos muy fugaces.
Libros, algunos tan leídos,
que llevan el olor
de instantes que vivimos.
Así, al abrir la puerta,
sentimos el orgullo
de sabernos en casa,
de encontrarnos seguros,
de saber que ese espacio
es todo nuestro mundo.
Y cuando algo disturba
ese marco perfecto,
todo se difumina,
porque nos damos cuenta
que una habitación fría,
sin flores, ni detalles,
sin música ni libros,
sin alegres colores,
se convierte en hogar.
Porque mi casa es él,
porque todas las cosas
que me hacían sentir
feliz en el hogar,
se reducen a él.
Nada más, necesito,
mi memoria me guarda
todo lo que yo quiera
como el mejor archivo.
Y viéndole a mi lado,
cualquier habitación
fría e impersonal,
como en un pase mágico
se convierte en mi hogar.

 

 

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Una de miedo.

La noche era ventosa, qué digo, huracanada. Se escuchaba el silbido del viento en el tiro de la chimenea y el ulular de la borrasca en la calle.
Entré en mi dormitorio dispuesto a refugiarme en el nido de edredones que me aislarían del temporal. Las farolas de la calle proyectaban sobre las cortinas sombras chinescas de los árboles del jardín, cimbreantes espectros, que agitaban violentamente los brazos en imaginarias llamadas de auxilio al ritmo del vendaval.
No resistí la tentación de disfrutar unos segundos del espectáculo, no encendí la luz, me acerqué a la ventana y bailé unos segundos al ritmo macabro que marcaba el abedul.
Abrí la cortina para ver el espectáculo real y allí estaba ella. En la puerta de entrada a mi jardín, inmóvil, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, esperándome.
Di un paso atrás, antes de caer en la cuenta que en la oscuridad de mi habitación ella no podía verme. Me acerqué otra vez a los cristales y si, estaba esperándome.
Bajé a la entrada, corrí los cerrojos, encendí las luces exteriores y abrí la puerta por si era alguien que necesitaba ayuda. No había nadie. Salí hasta la puerta exterior del jardín y miré a izquierda y derecha por si había huido, pero no vi a nadie.
El viento me zarandeó, hacía frio y regresé al calor del hogar cerrando todos los cerrojos otra vez. Esta fue la primera vez.
De regreso a mi dormitorio me asomé varias veces por ver si la volvía a ver, pero ya no apareció. Dormí agitado. Una y otra vez me despertaba viendo su imagen. Su larga melena estática, no era agitada por el viento recordé, ni su largo vestido se movía a su compás.
A la razón del día, llegué a la conclusión de que había sido un sueño, o una pesadilla. Me costaba entender cómo podía haber tenido un sueño tan real, pero era la única explicación.
La siguiente noche y la otra y otra más, al ir a la cama hacia la ceremonia de asomarme sigiloso a la ventana por si estaba ella, pero no, no aparecía y cada día encontraba más irreal el tema. Empecé a olvidarlo. Fue el décimo día exactamente, otro día ventoso que la vi en la puerta de mi jardín.
Esta vez no quise precipitarme. Saqué el móvil y tiré una instantánea. Bajé, me abrigué y salí a la calle. Nadie otra vez. Su hermosísima figura y su bello rostro coronado por generosa cabellera dorada, impertérritos al viento otra vez, pues todo formaba una figura estática, pero viva, habían desaparecido.
A pesar de tener la completa seguridad de no haber sido un sueño, era desconcertante, la hermosa mujer no aparecía en la instantánea que había hecho con el móvil.
Comenté el tema con el psiquiatra, que me escuchó atentamente tomando una copa de buen Rioja. No sé si entendí bien, pero me pareció que le dijo al camarero que me añadiera morfina en la bebida.
Volví a vigilar la entrada todas las noches y al ver que no aparecía, me di el plazo del décimo día, por si era mirona de costumbres fijas. Y lo era, pero esta vez apareció el noveno día.
Me lo tomé con humor y me puse a mirarla yo. Era hermosa, además de su bella cabellera, inerme al viento, el vestido evasé le marcaba perfectamente la figura, dos diminutos pero agresivos pezones marcaban el recorrido de unos firmes pechos “caídos para arriba” unas caderas perfectamente torneadas y un monte de venus que se adivinaba entre las curvas de sus muslos. Una pena que nunca esperara a que saliera a invitarla a entrar. Salí a buscarla claro, y no estaba.
Y al siguiente octavo día allí estaba y al siguiente séptimo y al sexto. Y siempre se repetía el mismo ritual. Conseguí llegar a la puerta exterior en cinco segundos, pero no sirvió de nada. Consiguió encender mi deseo hasta límites que nunca había experimentado. Estar enamorado de alguien, en silencio, es una crueldad. Y esa crueldad me desesperaba.
Puse mi esperanza en el turno del quinto día, que no hay quinto malo y en efecto. Ese día me miró, levantó una mano y me saludó, pero ya no estaba cuando llegué a la cancela.
El cuarto día me detuve a observarla detenidamente. Algo había cambiado a lo largo de los días y no me había fijado. Su cabello no brillaba en la oscuridad y el contorno de su cintura borraba la forma de sus muslos y descartaba toda sombra de su pubis, el pecho había caído a una posición normal y sus pezones no resultaban agresivos.
Al tercer día, me observaba una mujer madura, sonreía y las comisuras de sus labios formaban arrugas tristes.
Dos días después, permanecí en casa esperando la llegada de la noche y su presencia. El mismo vestido, la misma expresión, la misma sonrisa convertida en mueca, pero todo envolviendo a una mujer mayor, casi anciana.
Volví a escuchar el silbido del viento y el ulular de la borrasca. Un escalofrío recorrió mi espalda impidiéndome conciliar el sueño incluso después de la medicación.
Al día siguiente no me atrevía a abrir la cortina, quise ir directamente a la cama y entonces sonó el timbre de la puerta. Cautelosamente bajé a abrir y allí estaba al fin. Una vieja. Desdentada y mugrienta, que sin embargo me envolvió en una atmosfera inaudita. Me tomó la mano y me condujo al dormitorio. Desagradablemente desnuda se metió en mi cama y me invitó a acompañarla. Sin sentido del pudor ni del horror, me desnudé y yací con ella. Al rato se escucharon ruidos de caída de piedras y tierra sobre el tejado.
– ¿Qué es eso? – pregunté
– Es la tierra que arrojan sobre tu féretro, querido.

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¡ Ay Carmena !

La alcaldesa de Madrid ha dicho que quiere proteger la salud de los madrileños, y con tal motivo ha dispuesto una serie de curiosas medidas. Quiere menos coches, más bicicletas más peatones y más zonas verdes. Viniendo de una venerable anciana de actitud protectora, es fácil caer en la tentación de creer que su interés realmente es la salud de los madrileños. Sin embargo, los hechos indican que esta señora anda como agazapá bajo la piel de un cordero. Cordero ecologista ortodoxo y feligrés comprometido del cambio climático, si, pero tan solo piel. En realidad, la salud de los madrileños le importa una higa, como vamos a ver.

Esta mujer propone una área que comprende la zona más antigua de la ciudad. Y ¿qué hay en ésa área?, negocios atractivos, locales atractivos (sobre todo al desaparecer la normativa de “renta antigua”), farándula y ancianos. ¿Para qué querrá restringir la circulación en dicha área?, pues según dice:

“Para garantizar la protección de la salud frente a los efectos de los contaminantes atmosféricos, contribuir a la lucha contra el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) y potenciar la resiliencia urbana frente a los efectos climáticos. Además, se conseguirá reducir el ruido en el centro de la ciudad.”

El léxico es el convencional al uso del pensamiento colectivo: garantizar, proteger, contaminantes, lucha, cambio climático, efecto invernadero, resiliencia…   y añade que se espera reducir en un 40% la contaminación que sufren los madrileños. Lo que no dicen es qué madrileños. ¿Los que vivan justo dentro de la zona delimitada? ¿Los que vivan 50 metros más allá de la zona se van a seguir pudriendo? ¿Ya no va a moverse el aire y el aire contaminado de la zona oscura  no lo llevará el viento a la zona sagrada? ¿Pondrán lazaretos atmosféricos?. Si realmente quisiera proteger a los madrileños de “la contaminación” no lo haría únicamente de la atmosférica, sino también de la acústica, o la del suelo, o la térmica o la electromagnética, pero no. Solamente de la atmosférica. Por alguna razón es la única que le preocupa ocupa. Lo más vergonzante es que manifieste tener interés en reducir el ruido en el centro de la ciudad, cuando la realidad es que mas bien al contrario facilita la desesperación de vecinos de buen número de barrios de esa “zona protegida”. Ya son legión los vecinos que están literalmente huyendo de la zona al no poder soportar las marabuntas que cual manadas invaden cada noche las calles de la mayor parte de esa “zona protegida” (¿Tendrá para ellos también una pancartaWellcomeRefugiees?).  A la buena señora le damos dineros para que disponga lo que el diccionario define como policía: “Buen orden que se observa y guarda en las ciudades y repúblicas, cumpliéndose las leyes u ordenanzas establecidas para su mejor gobierno”, pero incomprensiblemente esa faceta policial en el Ayuntamiento de Madrid sencillamente no existe. No existe cuando se trata de custodiar el derecho al descanso. De custodiarlo en un país líder europeo en consumo de ansiolíticos, donde cada día se suicidan 10 personas y lo intentan 200. Es evidente que a la venerable anciana le preocupa la contaminación dictada por el pensamiento colectivo, peroooo la contaminación acústica y el derecho al descanso de sus vecinos, que se la demandan, se la trae al pairo. Es rotundamente falso que quiera proteger la salud de los madrileños, pues si quisiera hacerlo no podrían existir esas mesnadas que en estado salvaje vagan y rugen libremente por las calles de esos barrios noche si y noche también ante la ausencia manifiesta de una policía garante de derechos. Se han construido carriles bicicleta en buena parte de la ciudad… que lucen habitualmente vacíos; la bicicleta no resulta muy útil en una zona con desniveles muy pronunciados y con mayoría de vecinos mayores de edad; el propósito en si es loable, pero la realidad es la que es, y las pocas bicicletas que se ven suelen ser las que gestiona… el ayuntamiento de la insigne dama, dotadas al efecto de baterías, que desdicen un tanto el pretendido ejercicio “cardio saludable”. Los bares sin horario y la infantil necesidad de los denominados “jóvenes” (hay pavos de más de 40 tacos) de molestar a toda costa porque si no, no conciben “divertirse” y capaz de acabar con el descanso del más sordo,  las limitaciones de acceso y el secuestro de clientes de los establecimientos de la zona,  van echando especialmente a comerciantes de toda la vida y a la gente mayor. ¿Se trataba de eso? ¿de vaciar toda la zona? ¿Y promocionando la invasión de los llamados “pisos turísticos” y la “okupación”, para ayudar? A finales de los 60, en algunas facultades de Económicas se hacía referencia a una moda procedente de EE.UU. como “modelo” de inducción a la evolución económica de una zona determinada. Se trataba de localizar en una urbanización de gran lujo, la mejor de las casas que más céntrica resultara, y adquirirla. A continuación se alquilaba por un par de dólares al personal que menos desearían ver por la zona el resto de habitantes de la lujosa área. El símil que se utilizaba entonces era la típica troupe de gitanos con burros, cerdos, gallinas, perros y acostumbrados a hacer hogueras hasta en la cocina si arreciaba el frío. Era cuestión de horas que los vecinos quisieran vender sus casas para huir, pero nadie quería comprar y el precio bajaba y bajaba. Finalmente, el promotor de la operación compraba por un precio sensiblemente bajo todas las casas, metía un bulldozer que arramplaba con casa, gitanos y bichos y reacondicionaba toda la zona elevando el precio a su antojo. Lo que parece exagerado o un cuento para niños es lo que se hizo en Madrid con los aledaños de Gran Vía -por ejemplo- por alcaldes de PSP, PSOE, CDS y PP durante unos años. Por eso, esas maniobras más falsas que un euro de membrillo para “proteger la salud” de los madrileños, deberíamos ponerlas en cuarentena.
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UNA DE NADA

22/05/2018
Hoy no voy a escribir. Tampoco pasará nada por fallar una semana.
No busque el amable lector sentimientos ni nostalgias, moralejas ni conflicto porque no lo encontrará. Si acaso un espejismo reflejado en su reflejo, como la lata de pimentón Carmencita.
La música suena en el PC, Hotel California para más señas, “what a nice surprise”, que recuerdos.
El viento a dibujado nubes Simpson en el firmamento, que se cuelan en mi cabeza a través del ventanal del balcón de mi despacho, donde reposan dos sillas de jardín apiladas desde hace tanto tiempo, que deben estar solidificadas una encima de la otra.
Antaño nos sentábamos en el balcón a comentar las cosas del día, envueltos en sauces llorones, esbeltos y tupidos chopos, prunos rosados y silencio de fondo.
Entonces no necesitaba despacho, bastante había despachado a lo largo del día. La tertulia era perezosa, sin ritmo, “¿y que tal el día?”. “El pomo de la puerta se engancha, tendrías que arreglarlo”, “¿Los niños están en la piscina?”.
Ahora ya no salgo al balcón. Por eso están las sillas apiladas. ¿A quien le voy a contar todo lo que no he hecho hoy?
Y cuando va decayendo la tarde las sombras se van difuminando y el paisaje se vuelve plano.
Me asomo a través del folio en blanco y me invade el vértigo. Detrás está el vacío y solo mi voluntad hace que se llene de fantasía. ¡Dios santo¡ tanto por escribir.
Poco a poco, alrededor, van surgiendo paisajes, montañas y valles, ciudades medievales y urbes cosmopolitas. Aviones surcan el cielo y trenes reptan por las laderas, enormes barcos cortan los océanos y pequeñas chalupas cabecean entre las olas.
Y todo lleno de deseos, de anhelos, de amoríos y desengaños, de odios y rencores, ambición, triunfo, derrota, crimen, pasión y hastío. Y todo por escribir aún.
No puede ser. Habrá que sacudirse la desidia, coger la pluma y ponerse a la tarea. No he de permitir que todo eso quede vagando por la nada detrás del folio.
-Mañana empezaré- dijo el autor.
Y esa frase quedó enmarcada en el cielo como un recordatorio permanente de su pereza.

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LA AMISTAD

Hace más de tres mil años, en el oasis de Bahariya, perdido en medio de la nada, equidistante entre Memphis y Tebas pero muy al oeste del Rio sagrado, alejado de todo, alejado del poder, de las intrigas y de la corte del faraón, pasaba plácidamente sus días de vejez, ya había cumplido los cincuenta años, Neteruines, antiguo embajador plenipotenciario de Ramsés II.
Sin ser su vivienda suntuosa, era con diferencia la más lujosa no ya del oasis, sino de los oasis circundantes. Su familia, reciente pero muy numerosa, la formaban su mujer, dos favoritas y cinco concubinas que le habían dado doce hijos, de los cuales habían sobrevivido a la llamada de las sombras nueve, seis varones y tres doncellas.
Ellos son mi riqueza y ellas mi felicidad, solía repetir Neteruines a sus invitados en las numerosas fiestas que daba, generosamente regadas de vino dulce de dátil, a lo que estaba obligado como muestra de generosidad por ser el hombre más rico de la comarca y el más importante ya que había cabalgado a la diestra de Ramsés II, el magnífico.
Allí le había enviado el Faraón a petición propia, lejos de la lucha de validos, en una zona apacible alejada de fronteras conflictivas y con escasos bandidos que controlar, pues no era una zona rica.
Neteruines vivía su destierro voluntario con felicidad no disimulada, gustaba contar sus aventuras junto al faraón, aunque su favorita no solía repetirla a menudo. Cuando la recordaba se le secaba la garganta y escalofríos de terror le recorrían la espalda. El disimulaba porque no podía permitirse que sus vecinos reconocieran el miedo en su rostro.
Había sido el representante del faraón en las negociaciones del tratado de paz firmado con los hititas quince años antes y había realizado su misión con éxito y en condiciones muy favorables para Egipto. Antes de ser reconocido como embajador plenipotenciario y hombre de paz, había sufrido la muerte por tortura de parte de su numeroso sequito y él mismo había estado a un paso de la tortura y la muerte, pero su mirada sincera y firme había terminado por convencer al rey de los hititas de sus buenas intenciones. Pero le quedó herida.
A su regreso a Tebas, fue colmado de honores, homenajeado en festines interminables y regalado con las más bellas vírgenes que él hubiera visto jamás.
El faraón le proclamó su hermano y prometió concederle todo lo que pidiera.
A toda la corte extrañó que solicitara al faraón el destierro de Bahariya y más aún que éste se lo concediera tras una audiencia en privado, cosa nada habitual, de la que el propio Ramsés salió con cara desencajada.
Una única sombra nublaba la presencia de ánimo de Neteruines. La región que gobernaba estaba habitada por agricultores, pastores y unos cuantos artesanos. Todos los suministros que representaban un “lujo” debían importarse de Tebas o Luxor, con las caravanas que periódicamente recorrían la región.
Precisaba construirse una morada digna, una tumba penitencial que le permitiera cruzar el río de la muerte con su carga de dolor y remordimiento de forma que agradara a Horus.
Su conciencia le recordaba continuamente los dramáticos días de su embajada con los hititas y como tuvo que tolerar y aceptar el sufrimiento y muerte de amigos del alma.
En sus comunicados a la corte, siempre solicitaba el favor del faraón para que le destacara algún constructor, artista, que le permitiera realizarla, pero nunca recibía respuestas precisas.
“Las representaciones del faraón requieren de todos los constructores de los que disponemos” solía ser la respuesta del Edecán.
Cierto día, cuando su esperanza estaba perdida, se presentó un pequeño grupo de hombres desarrapados que le ofrecieron sus servicios para construir su tumba.
Desolado, contrató a ese grupo de harapientos como último recurso ante la decadencia de su salud. Su entusiasmo decayó y no visitaba las obras de construcción de su tumba ya que pensaba que no sería digna para cruzar a la otra orilla, siendo su única opción.
Los trabajos continuaron por dos años sin haberse dignado a visitarlos, cuando llegó al oasis la noticia de la próxima llegada de una caravana impresionante. Organizó modestamente un recibimiento acorde a su posición y esperó pacientemente a su llegada.
Su sorpresa fue mayúscula cuando entró en su tienda, humildemente ataviado, descalzo y en posición de sumisión el propio Ramsés. Postrado a sus pies, le abrazó y le dijo
-“Hermano”

-He venido a reconocerte la deuda de gratitud y a santificar la tumba que te han construido los mejores artistas, grabadores, arquitectos y constructores que hay en Luxor. Te los envié de forma subrepticia y disfrazados de modestos albañiles, porque sabía que no aceptarías todo el honor y la gloria que quiero concederte.
Presidía la entrada de la tumba Ator, protectora de los muertos en una escultura de ocho metros de altura presidiendo el catafalco con la escultura de Neteruines en su seno, protegido hasta la eternidad. Los bajo relieves contaban todas sus glorias y las policromías decoraban todo el recinto. Era la tumba de un rey.
Neteruines se postró ante su señor y lloró silenciosamente toda su emoción.
-A dos días de camino llega la caravana con todas las riquezas que colmarán tu tumba-dijo el Faraón- Pero ahora levanta, quiero darte el regalo más preciado de los que te acompañarán a la eternidad, el abrazo de Ramsés, mi abrazo de hermano.

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Una historia de amor. (Canto)

Estas cosas nunca se sabe cuándo van a ocurrir, aunque sinceramente, a mi avanzada edad, pensé que ya no estaría para milongas ni mariposas en el estómago.
Pero ocurrió,
Es esbelta grácil y ligera, sus movimientos son como la danza de una pluma en el viento, que al descender, con un leve cabeceo, cambia la ruta y se eleva en el aire para volver a girar, temblar y colocarse en la postura anterior. Si la miras te esquiva con un movimiento rápido pero sutil, no la ves, pero al instante vuelve, cambia de posición no titubea y vuelve a subir.
Al principio parece que te mira, que te habla, que está bailando contigo, pero al instante torna a su ser y se abstrae. Está a lo suyo, no conoce, no mira, no dialoga, pero su gracilidad derrama belleza con tanta sensualidad, que te transporta a un mundo de ensoñación donde ni los sueños existen, pues conforme se crean, se van diluyendo en aire, empujados por nuevos sueños que se van sucediendo uno tras otro, ordenadamente, envolviendo los últimos a todos los anteriores, formando un conjunto armonizado que no puedes resistir. Te embriaga y te arrastra, te electriza, te sublima. No puedes seguirla porque cuando llegas, ella ya está un poco más lejos, corriendo, deprisa deprisa empujando el aire en una vibración continua.
Es hermosa e inalcanzable, como debe ser, porque si fuera de este mundo no sería perfecta.
Cuando la veo, me paro, la contemplo y disfruto de ese momento, simplemente dejándome llevar por la dulzura excitante del ritmo, meciendo mi mente en la agitación que todo lo llena, la intento seguir y me pierdo. De pronto se para y mantiene la nota, para a continuación bajar los graves en una profundidad sísmica y armoniosa. Termina en un pianísimo.
Se transforma, cierra su cuerpo sobre el mástil del violín dejándolo colgar de la cejuela y lo retorna en un instrumento vertical inerme y enmudecido. Ella desaparece.

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EL FUTURO FELIZ (cuento de política ficción)

La sala de audiencias era hermosamente sobrecogedora. La media penumbra que la envolvía la dotaba de ese magnetismo ecuménico que aun hoy envuelve a las antiguas catedrales.
Estamos en el 2055 y la justicia por fin se ha modernizado. Los juicios se realizan en realidad virtual y cuesta dos años de lista de espera, asistir a uno en directo en la misma sala. No es lo mismo que seguirlo en el telediario holográfico. Solo estamos siete personas de carne y hueso, por así decir, casi todos llevamos prótesis macrobióticas y en realidad somos humanos en un treinta y cinco por ciento más o menos. Pero los cerebros son originales, con algún chip más o menos injertado.
Al frente está el tribunal de tres magistrados, a la izquierda la defensa y a la derecha, desde el punto de vista del espectador, la fiscalía. Brillan con esplendor en la penumbra del entorno, como solo brillan las formas holográficas de los personajes, increíblemente reales, de seres imaginarios diseñados por computación.
El reo, un político al que se le acusa de una gestión en provecho propio contra los intereses de la comunidad, es acusado de utilizar un vehículo autónomo contaminante, producía más de 45 decibelios de ruido, para no llegar tarde a una cita personal. Los hechos ocurrieron hace tres días.
En el estrado se levanta un teatrillo donde se reproducen los hechos que se tratan de demostrar. Como si estuviéramos en la gran vía de Madrid, observamos, en pequeña escala, como el individuo en cuestión toma un taxi, le indica que utilice el carril especial para ciudadanos de categoría alfa, hace un trayecto de unos cinco quilómetros y paga con bonos del Congreso. En su destino, se baja del vehículo, se introduce en un bar y toma unos refrescos biónicos con sus amigos del colegio. Un láser candente que sobrevuela por la sala certifica por parte del servicio policial de seguridad del estado, la certeza y veracidad de todos los datos aportados.
Desmontado el escenario aparece otro con el Congreso de los diputados, en el que se ve al presunto culpable realizando una votación rutinaria. La defensa alega que aun cuando la visita era particular, el acusado tenía que volver urgentemente para participar en la votación que, igualmente certificada de veracidad, estamos viendo representada.
Comparecen los testigos.
El acusado dice no recordar haber tomado el taxi, ni recuerda nada de ese día pues su marcador epibiótico era de repuesto por revisión del oficial.
Su mujer dice que desconoce las actividades de su marido incluso en el lecho conyugal.
El taxista ha desaparecido y se le está buscando en la franja libertaria de los alrededores de Alcobendas.
Un ujier declara que la sesión fue cierta y que la votación en la que debía participar el encausado se perdió por 248 votos contra 1.
Debemos condenar y condenamos a Agapito Cienfuentes Tortañales a tres meses de exposición en la plaza pública, truena la voz del magistrado presidente del tribunal, cúmplase la sentencia a partir de mañana.
Los siete testigos presenciales tenemos prioridad, de solicitarlo, de iniciar el protocolo de la condena. Nos apuntamos tres y por esas cosas de la vida, en el sorteo quedo el primero.
Al pié del cadalso en la plaza Mayor, en el primer descansillo de las escaleras de acceso, el espectáculo es sobrecogedor.
Con gran despliegue de fuerzas antidisturbios vestidos en traje de gala, con chorreras diamantinas, una multitud ingente llena la plaza, ansiosos por participar en la ejecución de la sentencia. El desorden es provocado pero ficticio, cientos de metros de cinta señalizadora conducen a la masa y pequeños androides esféricos electrificados reconducen al personal que se distrae con pequeñas descargas eléctricas. El rugido de júbilo de la masa es producido por sofisticados sistemas sonoros hábilmente colocados.
El procedimiento será el habitual. Cualquier ciudadano que lo solicite, durante los próximos tres meses, de lunes a viernes, en horario de ocho horas, con descanso de media hora para almorzar, podrá someter al reo al castigo al que ha sido condenado.
Este consistirá en una penetración digital (digital de dedo) por el ano, por cada uno de los voluntarios que se encuentren al corriente de sus pagos a la hacienda pública.
El reo se encuentra amarrado a un cepo medieval, con sus partes pudendas a la exposición del ciudadano verdugo, con un púdico velo que le tape sus partes sexuales, ya que, según la constitución, el derecho a la intimidad impide que se difunda de forma explícita las posibles discrepancias entre el sexo declarado, el asumido y el real.
Y la ejecución comienza.

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Aquarius ¿un buque fantasma?

Los buques de cierta envergadura que navegan en aguas internacionales utilizan dispositivos (IMO y MMSI)  que permiten conocer su posición de manera continua a través (entre otros) de sitios web como Marine Traffic (marinetraffic.com). ¿Por qué el Aquarius ha dejado de ser localizable antes de su última carga de emigrantes?

A mediados de Junio pasado, el buque Aquarius desembarcó en Valencia 630 personasfoto procedentes de Libia. La entusiástica emocionalidad social y el oportunismo político lo propiciaron. La aventura pudo ser seguida casi en directo con Marine Traffic. Luego el buque se dirigió a su sede de Marsella y allí ha permanecido amarrado y visible prácticamente todo el mes de Julio.

El pasado 6 de Agosto el Aquarius fue visto en Marine Traffic  por última vez a unas 30 millas náuticas al N-NE de Zuara, en la costa libia y luego “desapareció” de la pantalla. posicionEl 10 de Agosto aseguró haber embarcado frente a las cosas de Libia a 141 personas y hoy navega en demanda de un puerto “cercano y seguro” para desembarcarlas.  Pero en esta ocasión parece que los políticos españoles ya no lo ven tan oportuno y el show se desinfla.noticia

El Aquarius es un buque dedicado a salvamento marítimo que bajo bandera de Gibraltar labora para la organización SOS Mediterranèe que posee sede en 4 países europeos: Alemania, Suiza, Italia y Francia y promueve la recogida de las personas que las mafias colocan en el Mediterráneo. Desde su fundación hace poco más de 2 años, opera en las inmediaciones de Libia, pero este año tiene dificultades para dejar en Italia y Malta a las personas que embarca frente a Libia.

En los siete primeros meses de 2018 la probabilidad de muerte en el Mediterráneo para las víctimas de las mafias era de 0,015% (el doble que el mismo periodo de 2017).

Las 19.586 personas que la mafia de tráfico puso en el Mediterráneo en esos siete meses de 2018 tuvieron un 0,039% de probabilidades de ser recogidos por el Aquarius. El amarre en Marsella durante Julio rebajó notablemente la probabilidad de recoger a nadie cerca de las costas de Libia.

De las aproximadamente 20.000 personas que han entrado por mar en España de forma irregular en los siete primeros meses, algo menos de la mitad lo hizo tras la llegada a Valencia del Aquarius. Por contra, Italia ha recibido en el mismo periodo de tiempo un 80% menos de inmigrantes.

Las autoridades libias, italianas, maltesas y los cientos de buques que cruzan las rutas del tráfico ilícito de seres humanos en el Mediterráneo, se niegan a recoger a esos emigrantes irregulares.

Es obvio que entre los beneficiados por la actividad de este buque se encuentran las mafias de uno y otro lado del Mediterráneo, que en el caso de, al menos las africanas,  aumentaron sus beneficios respecto de 2017 en un 300%. Si, no es ortodoxo pensar estas cosas, pero no por ello dejan de ser ciertas.

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EL CEBO (Canción de amor y desamor)

La barca está estática sobre las aguas del lago. Diríase que solo se mueve al ritmo de mi respiración.
-No pican.
-Ya picarán.
-Lo dudo mucho, no hay cebo.
-El cebo no existe. Tienen que picar porque quieran picar. El lago está lleno de peces, no hay que buscarlos, tienen que venir a ti.
-No sé, eres muy optimista.
-Tal vez, pero si ellos no vienen solos es que no me los merezco.
La ventaja de hablar conmigo mismo es que el peso de la barca es la mitad. Toca recoger, que la tarde está decayendo. Ups, este va a la cazuela, nunca es tarde si la dicha es buena.
Amarro la barca, recojo los bártulos y recorro el pantalán flotante hasta la garita del vigilante del embarcadero. Hoy está Victoria. Me despido con un gesto de la mano de la que cuelga la presa arrebatada al lago.
-Un día me tendrás que invitar a peces, se despide ella, tan mona.
-Sí. Un día de estos.
Camino el sendero hasta mi casa mientras atardece.
En casa huele a leña y la chimenea apagada pero preparada, me invita a que la encienda. En la mesa, el led del móvil parpadea avisándome de que tengo mensajes. Treinta y cinco mensajes de cinco chats. Los abro.
-Que donde te metes.
-Que nunca contestas.
-Que tiene usted hora en el especialista.
-Dos videos del cachondo de Juan sobre el pato Donald Trump.
-Que a ver cuándo me invitas a una buena cena, te recompensaré toda la noche como a ti te gusta …
Pero ninguno es de ella. Se conoce que ella es la única que no pica si no pongo un buen cebo, pero la gracia es que piquen sin cebo. Todas las parejas que conozco y pescaron con cebo están envenenadas, ellas de desencanto y ellos de aburrimiento, viviendo de espaldas como dos desconocidos.
-Pues este barbo será una buena cena y mañana tendré sopa de pescado. Mañana, mañana tengo que inventarme un nuevo día. Será un buen día, como todos los días y tal vez mañana me envíe un mensaje por el chat.
-Eres muy optimista, sin cebo no pican.
-Vete a hacer puñetas listillo, que te dejo sin cena, ¿vale?

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LOS SIETE PECADOS CAPITALES (moralina)

El refectorio estaba en silencio, como dispone la orden.
El prior y los seis hermanos comían el caldo cotidiano entre oraciones silenciosas, reflexiones pías o pensamientos impuros. Todo era razonamiento interior, con la cabeza hundida dentro de su capucha.
Solo el padre prior estaba exento de cubrirse y lucia su cuidada tonsura. Levantaba la vista y pasaba revista mental de los hermanos que le acompañaban ya desde al menos doce años.
Sus ojos no ofrecían la menor muestra del discurrir de sus pensamientos. ¿Oraba?
Sufría con sus monjes.
“Hermano Andrés”, resonaba en su cabeza al ver la prominente nariz del fraile de su izquierda, “que he hecho yo para mereceros en mi congregación, todo en vos es exceso, deshonras el claustro, vuestra torva mirada trasparenta el deseo, el ansia carnal, hacéis del convento un lupanar solo con vuestra presencia, nunca adquirís altura, siempre volareis a ras del suelo, rezo para que Dios os perdone y me libre de vuestra presencia”.
“Por Dios Tobías, incorporad un poco la cabeza u os ahogareis en vuestro propio vómito. Veos comer es repugnante, veos comer, veos andar, veos poseer, veos … Dios os castigará con el vacío si no escucha mis oraciones”.
“Julio, atención, no permitáis que ni una miga de vuestro mendrugo ruede hasta el alcance de vuestro compañero, es vuestra, guardadla si no la coméis, amasadla, juntadla con las otras llevárosla a la celda como hacéis cada noche. No dejéis rastro de vuestra presencia”.
“Hermano Amadeo, qué decir de vos, inerme, lánguido, inocuo, incapaz de tomar el camino si no os lo indican primero. Llegareis tarde al infierno por no tomar la decisión de partir, que es el bien que espera de vos la humanidad. Yo os indicaré el camino, incluso os animaré a tomarlo con presteza”.
“Jacobo, descansad. Vuestro furor os agota y nos destruye, conteneos en la llamada al orden de vuestros congéneres, que son hijos de Dios, no como vos, que sin duda sois hijo del Diablo y lleváis su fuego por vuestras venas. Yo os rescataré y haré entrar en razón en vuestro lecho de muerte”.
“Hermano Matías, dejad de llevar la cuenta de lo que comen los otros. Se reparte equitativamente, mas tu siempre estas calibrando la pitanza del resto y siempre te parece más sabrosa su tajada que la vuestra. Yo me ocuparé de amortajaros con el sayal más humilde que encuentre”.
Un viento helado golpeó con furia las torres del monasterio, recorriendo con sigilo las estancias. De un gesto bronco, batió las puertas del refectorio y las abrió de par en par. El prior quedó absorto, ni un solo monje levantó la mirada. Solo él miraba la puerta que le quedaba enfrente, observando cono tomaba forma una figura que le trastornaba.
-¿Quién anda ahí? ¿Quién sois? Identificaos.
-Soy Lucifer, tu amigo. Y como ves vengo solo.
-¿Que buscas? Esto es lugar sagrado. Vete.
-Vengo buscando a mis compañeros, acabas de enumerarlos y no los encuentro.
No veo a Asmodeo, que el hermano Andrés solo es vehemente y preocupado por sus compañeros.
No veo a Belcebú, que Tobías humilla la cabeza por agradecer los dones de la madre naturaleza que le alimentan.
No veo a Mammon, porque Julio junta las migas de pan para dársela a los pajarillos que cada mañana revolotean en su ventana, para compartir los bienes que recibe.
No está Belfegor, pues Amadeo ora.
Amon no ha acudido a la cena, Jacobo es el monje que más se preocupa de las necesidades de todos vosotros, y por la noche penitencia su exceso de celo.
Y Leviatán no aparece, Matías se preocupa porque ninguno quede sin su ración, pues son escasas y conoce la salud de sus hermanos.
Aquí solo estoy yo. Y vengo a castigar tu soberbia.
El prior abrió los ojos y empezó a comprender que lo que veía era el crucero de la bóveda del techo. Alrededor, todos sus hermanos le observaban von cara de desconcierto. Sintió el viento helado y sintió que moría.
-Perdonadme Dios.
Lucifer incorporó al fraile y le pasó el brazo por el hombro mientras caminaban.
-Ya no es hora de perdones, ahora acompáñame.

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