Politicoenteritis

Llevamos décadas sentando en el Congreso y el Senado a seres que en el común de los casos no son más que residuos biológicos excretados con más fortuna de aquellos que se marcharon por la cloaca

 

Enfermedad caracterizada por la inflamación del tracto cerebral compuesto por la vista y el oído y su unión con el cerebro delgado, debido a la ingesta de demagogia orientada a niños pequeños.

Los españoles no podemos afirmar que seamos precisamente unos consumidores exigentes. A la hora de consumir somos proclives a anteponer aquello que sea tendencia social antes que preocuparnos de la calidad de lo que vamos a consumir, con independencia que se trate de un producto electrónico, ropa, calzado, vehículo, bebida, comida,  información, audiovisuales, opinión, ocio o relaciones sociales.

Cuando suministramos a nuestro organismo una comida o una bebida o un medicamento en mal estado, nuestro organismo lo rechaza de forma automática; sin embargo somos capaces de consumir políticos low cost sin que nuestro organismo manifieste ni un simple escalofrío.

Si hablamos del consumo de redes sociales, no podemos vivir sin el cachivache electrónico de turno, aunque ocupamos la primera posición en Europa de inocencia y credulidad con cualquier fake new que nos larguen.

Si hablamos de consumir alcohol, miraremos más que se corresponda con lo que esté de moda que con la calidad.

Sobre los sujetos que elegimos para que nos gobiernen y nos representen, nada hay que explicar: ahí estan. Es la evidencia más espantosa de lo que consideramos un líder. Llevamos décadas sentando en el Congreso y el Senado a seres que en el común de los casos no son más que residuos biológicos excretados con más fortuna de aquellos que se marcharon por la cloaca, son huecos, faltos de realidad, arrogantes, presuntuosos, que precisan esconder su mediocridad tras suntuosos palacios, criados y carrozas (algún que otro Falcon si se tercia), sueldos de faraones, carentes de inteligencia en la expresión oral que suelen reemplazar con infantil verborrea demagógica, confiando en la sumisión del ciudadano.

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Aldeas infantiles 4.0

Cuando un gobierno tras otro no muestra recato alguno en tratar a los ciudadanos como niños de 4 años, es que hemos debido darles motivo para ello.

Para que vean como está el patio, y al socaire de la socorrida yihad, nos hemos montado un chiringuito de Seguridad Nacional (en realidad lo llaman Departamento), hemos creado cinco niveles de alerta, y para que se vea que la cosa va en serio, han dicho muy serios que estamos en el nivel 4. Ahí es ná. Sepan ustedes que ese nivel de alerta permite por ejemplo que, en medio de una multitud un paisano se acerque al Presidente del Gobierno y le arree un sopapo con regodeo, o que en lugar de poner a nuestra sofisticada Guardia Civil a proteger lugares tan estratégicos (y desde el punto de vista yihadista tan comerciales) como los aeropuertos, colocan a empresas de seguridad privada, acompañada de mariachis sindicaleros para utilizar conjuntamente a personas con contratos que sonrojarían a un esclavista y con más voluntad que formación y capacidad, para proteger lugares tan estratégicos.

Ese chiringuito de “Seguridad Nacional” se encarga de que primen los asuntos laborales por encima de la seguridad, y los deseables derechos de unos pocos esclavizados, por encima de la seguridad de todos, de modo que a cada verano, o congreso MWC o similar, los sindicalistas hagan ver como que se preocupan por los trabajadores, agitan un poquito el ambiente y se vuelven gozosos a seguir degustando su marisco.

Y llevan años así. Ya hasta Eulen o Prosegur, que eran los que se repartían la tajada de los aeropuertos principales dejaron de aceptar las condiciones de AENA y han dejado paso a Trablisa, una empresa casi familiar con raíces en las islas catalanas, y que opera en territorio catalán.

Y el caso es que por todos los lados nos quieren convencer de lo importante que es la seguridad en los aeropuertos. El problema está en que los hechos demuestran de forma continua y real que lo que menos importa es la seguridad de los viajeros.

Ahora, usted, chúpese el dedo y trate de no pensar porqué no es la Guardia Civil la que se encarga de controlar la seguridad en el aeropuerto.

Aviso a espabilados: la moto de que hay guardias detrás de los controles no la compro.

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Ya no

Mucho tiempo se mantuvo el dicho “quien tiene la información tiene el poder”, pero hace tiempo que los hechos vienen demostrando que ya no es así, que quien tiene realmente el poder es el que tiene el voltio.

Si. Empezamos por darnos cuenta que en la farmacia no sabían los precios de las cosas si no tenían corriente eléctrica. Luego fue la mercería, luego la tienda de comestibles de toda la vida. La gasolinera hacía años que no funcionaba si no tenían corriente, y las puertas de muchos establecimientos, amén de ascensores, quirófanos o juzgados. Poco a poco hemos ido cayendo en manos de la electrónica, esa hija que un buen día tuvo mamá electricidad.

Nos enseñaron como esa recién llegada nos invitaba a abandonar el papel, tanto para escribir como para leer; libros y periódicos en soporte papel han desaparecido (no, el papel higiénico de momento no) y hasta ese teléfono de baquelita negra o los ultra modernos modelos “góndola” funcionaban aunque en nuestra casa se hubiese ido la luz. Eso si, necesitaba que la central tuviese corriente para enviarnos por el hilo de cobre los 12V que necesitaba el cacharro. Los aviones comerciales ya no pueden utilizar aeropuertos si no hay corriente en ellos. Los trenes de carbón desaparecieron y quedan cuatro de gasoil. Los barcos de pesca de bajura ya disponen de subvenciones para reemplazar sus viejos motores diésel por eléctricos. Y que decir de los fabricantes de coches, que nos tratan de convencer de que la ilusión de nuestra vida es disponer de uno eléctrico. Incluso la información desaparece cuando desaparece el voltio.

El transporte, los servicios, la alimentación, la sanidad, la enseñanza, la justicia, la seguridad… todo queda en suspenso si papá voltio se pira.

Recientemente hemos podido comprobar lo sencillo que resulta desenchufar medio continente, con el caso de Argentina, pero como buenos avestruces seguiremos obedientes la doctrina de Nuestro Señor El Voltio, escondiendo la cabeza y obviando la realidad, todo sea por que no se diga.

Ya tenemos claro que el Señor es el que tiene el voltio.

Y ahí empezamos a echar la vista atrás. Existió una época, a principios de los años 80,  en que nuestro gobernante natural de las últimas décadas (Euzkadi Ta Askatasuna), decidió que había que paralizar determinadas centrales de producción eléctrica. Para ello secuestró y asesinó al ingeniero José María Ryan, jefe de la central nuclear de Iberduero en Lemóniz, y la orden fue cumplida a rajatabla, paralizando totalmente la central. Luego “aparecieron” los apóstoles de la cosa “verde” que también fueron imponiendo sus doctrinas para la eliminación de las centrales nucleares, basándose en lo peligroso del plomo o las radiaciones. En su momento se dijo que esas campañas de la Iglesia de la Ecología eran muy oportunas para la industria nuclear  francesa,  incluso había quien creía ver a los servicios secretos franceses detrás de esos movimientos para neutralizar nuestra producción eléctrica. Ya se sabe que hay muchos chiflados que ven conspiraciones por todos los lados.

Sin embargo, los hechos son tozudos. Fíjense: el pasado año batimos el record de importación de electricidad. Y ¿adivinan de qué país la importamos?. Pues si, Francia.

Y ustedes se preguntarán ¿cómo es posible, si el sistema español de producción eléctrica está sobredimensionado?. Pues según cuentan los gurús de la cosa energética se trata de la ley de mercado. Parece ser que debido a los precios mayoristas en el mercado español, resulta más barato importar, y la oferta que resulta seleccionada es… la francesa. Además, la cosa sostenible tiene que esperar a que viento y lluvia sean suficientes, a que recojamos bastantes rayos solares… y mientras compramos lo de nuestros vecinos.

No, en Francia no manda Euzkadi Ta Askatasuna, y se ve que a la Iglesia de la Ecología tampoco, porque el número de reactores nucleares es de 58 (17 serán cerrados próximamente), es decir, el 75% de su energía eléctrica es de origen nuclear. Eso si, aquí seguimos en el acto de fe de que una catástrofe nuclear en suelo francés, quedaría detenida en la raya de la frontera.

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Había una vez un Zoco-Circo…

Desde mi ignorancia, entiendo que se le llama zoco, a un mercado del norte de África, digamos “pintoresco”. El Circo, cuya antigüedad algunos alargan hasta los 3,000 años, se inventó por los gobernantes de turno para distraer al personal, y que así, por lo menos por un rato ( o días… o meses), se olvidaran de sus miserias, como válvula de escape, y continuaran “obedientes”. Lo cierto es que me da bastante igual que lo anterior se ajuste con exactitud a la realidad histórica, pues como ya habrán advertido mis agudos lectores, se trata de una ironía comparativa.

Lo único cierto es que el zoco, es un fraude. Una estafa. ¡ Bonito… barato…! Relojes de marca a 10 euros… Alfombra persa a 50 euros, seguramente de Crevillente… Todo mentira. Pero funciona…

El circo es una ilusión. El león está recién comido o drogado por el domador. Los padres se disparan a carcajadas con las chorradas de los payasos, para que los hijos se rian por contagio. Pero funciona…

Por su puesto que no soy sociólogo (con todos los respetos, creo que es una de las profesiones más inútiles que creó la segunda revolución industrial), pero me atrevería a decir que a la inmensa mayoría de los humanos del mundo occidental, nos gusta que nos engañen. Que nos estafen. Que nos mientan. Si con ello logramos la autojustificación. Y que nos dejen tranquilos…

En 1,978, se inició “oficialmente” en España, un nuevo sistema de control de la sociedad y del beneficio de los poderosos. No voy a tratar de explicar aquí lo que supuso y como lo hicieron, porque, por un lado, casi todos lo sabemos, y por otro, porque me alargaría bastante, y muchos dejaríais de leerme, por aburrimiento, y no me gustaría. Vayamos a HOY.

Casi todo el mundo, en España (y parte del extranjero), está hasta las narices de los días, semanas, que llevamos de “trapicheo”, de compra-venta, del espectáculo que nos están dando la llamada “clase política”. Y no es para menos. Y lo que queda.

Casi todo el mundo, en España, (y parte del extranjero), está cabreado porque ven (los que lo ven), que su voto, en muchos casos con la mejor de las intenciones, solamente está sirviendo para el espectáculo que estamos observando.

Pero… ¿es que alguien lo dudaba…? ¿De verdad, alguien pensaba que su voto, “con la mejor de las intenciones”, iba a servir para algo más que para lo que estamos viendo…? Y para lo que nos queda por ver…

A ver si nos vamos enterando de que, a los integrantes de nuestra llamada “clase política”, lo único que les interesa de nuestro voto, es que les sirva para estar “en el sitio” durante cuatro años. En el mejor sitio posible. Y luego, ya harán todo lo que esté “en sus manos”, para que sean cuatro años más.

Y… a pesar de mi dolor por España, y por los españoles, no puedo dejar de sonreir, cuando escucho aquéllo, que muchísimos habremos escuchado en varias ocasiones…

“Prefiero que me roben “los míos”, a que me roben “los otros”…

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Anomalía estable

Hemos convertido España en una anomalía en equilibrio estable, que cada vez que es apartada de su posición inicial, vuelve a ella por el efecto de la idiosincrasia ejercida por nosotros.

Conseguimos una sociedad con las cárceles llenas (pongan ustedes los “ex-”), de ministros presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes y jugadores  de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, generales y directores generales de la Guardia Civil, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

Nos ponemos exquisitos haciendo concursos de apología sobre la importancia de la igualdad y acto seguido nos despachamos troceando España en 17 cachos alegando que es muy importante mantener las peculiaridades que hacen a cada uno de los cachos distintos de los demás, y a cada uno de los miembros de cada cacho, más puro y perfecto que los demás. Vivimos en un estado placentero de exaltación emocional y admirativa porque hemos conseguido textos académicos de matemáticas o geografía basados en esas diferencias peculiares, o el más entusiasta todavía de diferenciar la salud en función del cacho donde uno esté censado.  Y mientras insistimos en lo vital que resulta la igualdad creamos leyes para diferenciar al personal por razón de edad (Ley del Menor), de sexo (Ley de Violencia de Género), de etnia raza o nación (Regímenes forales), amén del sinfín de aforamientos para jueces, magistrados, fiscales, políticos y varios cientos de cargas públicas, excelentísimas e ilustrísimas.

Conscientes de  nuestra excelencia social y más democrática que nadie, nuestros políticos diseñaron el delito de odio…

…y ahora se disputan como agruparse para odiar unos a otros, ignorando el Código Penal que ellos mismos ingeniaron. Eso si: como buenos demócratas asegurando siempre que “los otros” son fascistas, sean partidos legales de izquierda o derecha. Que no se diga.

Mantenemos una excelsa sanidad pública que mima los problemas mentales de los españoles con tal cuidado que hemos conseguido ser líderes europeos en consumo de ansiolíticos, y una excelente tasa de 10 suicidios consumados al día y 200 tentativas diarias. A la par con un buen puesto en consumo de cocaína y cannabis y un discreto puesto de fracaso académico disponemos de un excelente elenco capaz de votar lo que haga falta o actuar como jurado con una envidiable capacidad mental.

Unas leyes envidia de los países más democráticos del mundo, que protegen policial y judicialmente al primero que te ocupe esa casa que aún te quedan por pagar 20 años de hipoteca (¡ah, y no le cortes la luz o el agua!), pero que como te ocupen el coche lo llevan claro, porque tanto policía como jueces serán un terrible azote para ellos.

¡Aupa el equilibrio la anomalía estable!

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El síndrome que no tenemos

Como sucede en cualquier otro trastorno de la conducta, porfiaremos en que nosotros, de síndrome de Diógenes, nada de nada.

Según los cánones del síndrome de Diógenes, sufrimos un trastorno del comportamiento caracterizado por el abandono personal y social, el aislamiento voluntario y la acumulación de basura, desperdicios y miseria, y lo hacemos -además- con el convencimiento de que todo eso que almacenamos nos es o nos va a ser, necesario.

Nos podemos engañar diciendo que cuidamos nuestro aspecto exterior, olvidando que la persona es algo más que el envolvente, dejando nuestro cerebro al ralentí indispensable para la supervivencia, utilizando cada vez más, ideas, expresiones, frases u opiniones ajenas, anulando nuestro propio criterio, siempre anhelando seguir la doctrina ortodoxa para conseguir la aceptación por la tribu y temiendo su rechazo.

Mantenemos abandonada la actividad intelectual, temerosos de ser repudiados, y optamos por usar las ideas y criterios  de otros.

Nos podemos engañar diciendo que tenemos 23.286 amigos en las redes sociales o que “nos siguen” un millón de visitantes, pero seguimos ignorando quién vive en el piso de al lado o cómo se llama.

Somos capaces de estar horas “chateando” con “amigos” mientras no dirigimos la palabra durante horas a los amigos o familiares que tenemos sentados a nuestro lado.

Convencidos de que disponemos de “todo” lo que “necesitamos” dejamos de preocuparnos por exigir calidad en aquello que consumimos, se trate de comida, información, formación académica o laboral, ocio, o representantes políticos.

Somos amantes del “low cost”, de pagar poco (o mejor gratis) con tal de consumir, y nos importa un bledo que lo que consumimos sea basura con tal de no gastar, ni criterio ni dinero. Nos da igual que en el Congreso nos represente un partido mafioso o un partido fascista (virado a izquierda o a derecha, que igual da). Nos da igual que se nos manipule descaradamente y preferimos que nos suministren opiniones pre-masticadas antes que información. Somos sumisos no solo en la forma de vestir o de tunearnos, sino en el pensamiento del grupo, en decir únicamente lo que los demás “deben” escuchar, en utilizar el ocio como se nos diga, aturdiendo cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento o intercambiar ideas personales con otras personas.

Cumplimos escrupulosamente todos los requisitos para ser diagnosticados del trastorno llamado síndrome de Diógenes. Lo que nunca haremos será aceptar el diagnóstico.

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Resiliencia y Mangancia

La capacidad de adaptación frente a una situación adversa es indispensable para la supervivencia de un partido político. Su comportamiento en estos casos le lleva a aceptar cualquier cosa con tal de perseverar en la mangancia. Veamos unos cuantos ejemplos:

El Partido Popular, mentiroso compulsivo (probablemente el más embaucador de todos), se desgañita en la defensa de la lengua española y luego son sus líderes quienes apoyan su supresión en Galicia o Baleares; o exige “agua para todos” y es incapaz de buscar una solución siquiera para una gota de agua; o dice verse obligado a soltar una rehala de violadores y asesinos en serie, cuando nadie le obliga; o asegura fortaleza frente a independentismo ilegal mientras por detrás les sigue financiando y amparando. Quizá el mayor experto en mangancia.

El Partido Socialista Obrero Español, más Siniestro que socialista, más Oportunista que obrero y más Expañol que español, que cuando no usa la cal viva para “combatir” el independentismo llenando de medallones el pecho de algún general de la Guardia Civil, se asocia con todos los independentistas disponibles para conseguir sus propios fines; o es capaz de robar sin  reparo alguno el dinero a los parados para gastarlo en burdeles y lujos mientras se permite acusar al PP dando a entender que aquél es el único corrupto.

Ciudadanos, experto en subirse a trenes al paso, un partido provinciano buscando su hueco a nivel nacional, que igual puede apoyar a partidos de izquierda para pillar cacho en algún municipio o Comunidad, como hacerse fotos en la plaza de Colón con lo más granado de los denominados “conservadores” ¿?.

Podemos, un partido que todavía huele a probeta. Un experimento social de laboratorio capaz de pastorear aquellos descontentos “anti-sistema” etiquetados como 15M, con un líder elaborado con esmero y cuidado que renegaba de “la casta” y alardeaba de vivir en Vallecas hasta que decidió formar parte de aquello que renegaba, irse a vivir a una zona residencial y poner a la Guardia Civil a cuidarle lo suyo en lugar de pagar una seguridad privada. Vamos, todo un ejemplo para aquellos que optaron por seguirle como al nuevo mesías. Y con unos miembros en sus listas que igual entran en una iglesia católica durante los oficios para gritar “Arderéis como en el 36” o “Al Papa no le gusta que nos comamos las almejas”, que se ponen en un balcón a cantarle saetas a un Jesús de Salzillo durante una procesión de Semana Santa.

El emergente VOX se presenta como una solución rotunda a la imbecilidad imperante -que ahí está- pero en las listas se les cuelan personajes a los que yo no les dejaría ni diez minutos al cuidado de mis nietos. El método del garrotazo, como ya dejó plasmado Goya, no lleva a sitio alguno. El voto descontento es el voto del que reconoce que ya se ha equivocado una o más veces dando su estampita. Además, Einstein ya aseguró que no albergaba duda sobre la condición de infinitud de la imbecilidad humana. Y era un sabio.

En este negocio de las estampitas, quizá los que menos falsos resultan son los nacionalismos. Grupos burgueses mimados con Franco y con los sucesores, reconvertidos en un mix de partidos políticos que incluyen la apariencia aséptica, los pistoleros, los borregos violentos y los simples idiotas.  Los amos de este tinglado procuran mantenerse entre bastidores, y es ese “silencio” en el que se mueven lo que más demuestra su eficacia. Su voto tiene más valor y eso les proporciona la llave para ir apretando tuercas según convenga.

Pues esa tropa es la que ahora le está pidiendo su estampita.

 

 

 

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Fundamentalistas del sexo

El obispado de Alcalá celebra cursos ilegales y clandestinos para ‘curar’ la homosexualidad

LGTBI

Una supuesta terapeuta, que no está colegiada como psicóloga, da una sesión a un periodista de eldiario.es que se hace pasar por un joven confuso con su orientación sexual para que deje de ser gay: “Debes gobernarte y dejar de ver porno”

Fuentes de la diócesis de Reig Pla admiten que se celebran estos cursos, ilegales según el artículo 70 de la ley contra la LGTBfobia de Madrid, aunque no lo consideran “terapias reversivas” sino de “acogida y acompañamiento”………….

Desde esta mañana temprano esta noticia ha sido primicia en todos los medios de comunicación, radio, televisión y prensa escrita, tanto digital como en papel.

Normalmente, mi espíritu y talante liberal, me hubiera hecho no dedicarle ni un minuto más del que se precisa para leer el artículo en la prensa, pero ha sido este espíritu liberal el que me ha sacado de mi pereza habitual, y me ha sentado ante un teclado para intentar exponer un punto de vista, mio naturalmente, a la luz de tanta información sobre esta historia.

No suelo opinar sobre la condición sexual de los ciudadanos, precisamente porque cada uno es muy libre de pensar y sentir del modo que le haga feliz. Tengo amigos homosexuales (hombres y mujeres) a quienes quiero mucho y respeto más, ciudadanos exactamente iguales que otros con la consideración de heterosexuales, a algunos les conozco desde niños y es por eso que he vivido con ellos una evolución que no era la que las normas, que imperaban en la sociedad de aquel tiempo, marcaban. He reído con ellos y también he sufrido con ellos por sentirse diferentes de algún modo.

Tal vez por eso, he asumido con normalidad desde niña, que existía otra forma de amar, tan respetable como la que veíamos en nuestros padres.

También por respeto a esa otra forma de inclinación sexual, igualmente digna,  no puedo comprender las celebraciones del “Orgullo Gay”, no entiendo en que puede favorecerles ante la sociedad que todavía tenga prejuicios, el que un grupo de, para mí, locas (digo esta palabra a sabiendas que desatará las iras de los guardianes de la dictadura de lo políticamente correcto) desfilen, ellos y ellas pintados como una puerta,  semidesnudos, mostrando unas actitudes, con exageración desmedida,  que nada tienen que ver con el ambiente festivo que debería rodear ese día, buscando más la provocación que la petición de libertad, de la que según dicen, carecen.

El mismo rechazo sentiría, ante un “Orgullo Hetero”, con hombres de pelo en pecho, marcando paquete, mostrando su superioridad hacia la hembra, hembra hetero que iría bien ceñida, mostrando pechos y nalgas para definir claramente que son “reales hembras”, desfilando orgullosas con su hombre al lado. (¿a que esta imagen del macho hetero y la hembra hetero, resulta patética?).

Vivimos en una sociedad en la que hay una oferta exagerada de todo tipo de ayudas. Yo lo defino como el “auge del ayudismo”. Da igual donde nos asomemos, Internet, redes sociales, medios de comunicación, siempre nos encontraremos con alguien que nos ofrece ayuda, para cualquier cosa.

Esta ayuda viene dada por un psicólogo, psiquiatra, coach (hoy es el mundo del coach para todo), charlatanes, predicadores varios. La oferta es infinita.

Los libros de auto ayuda se disparan en ventas. Los seminarios, retiros, cursos, (carísimos por cierto), florecen como los almendros en primavera.

“Tu problema tiene solución”, “Yo te ayudaré a encontrarte a ti mismo”, “Encontrar el camino es fácil con mi ayuda”…….. , frases como éstas actúan de reclamo ante aquellos que en verdad se sienten perdidos.

No seré yo quien demonice cualquier método que sirva para sacar del agujero a todo aquel que lo precise, pero si estamos viendo constantemente , y vuelvo a retomar el tema de la condición sexual, que muchos ciudadanos trans, han precisado ayuda para encontrarse, que existe otra condición aparte de heterosexual, homosexual, transexual, que es la que no es ninguna de estas tres, que hace sufrir a quien se siente que no encuentra su sitio, y que también precisan de ayuda externa porque no son capaces de solucionar sus problemas.

A todas estas personas se les reconoce el derecho, faltaría más, de buscar ayuda, e incluso sin necesidad de buscarla, existen muchos Centros que ofrecen ayuda al que lo necesita ante una crisis de identidad.

Entonces yo me pregunto, ¿Es que un homosexual católico, que cree en Dios, no puede encontrarse en esa disyuntiva de no aceptar sentir de un modo que la religión rechazaría?.

¿Se le puede negar a este homosexual creyente que tenga dudas y que pueda pensar en un momento dado que lo suyo tiene arreglo?

Por muy absurdo que parezca, y por mucho que esta persona sepa que no está enfermo, que nadie le ha pervertido, que sabe que ha nacido con esa condición, ¿no puede estar en conflicto lo que siente con lo que cree, e intentar que alguien le ofrezca un remedio a su sufrimiento?

Si la noticia que “El diario.es” ha dado en primicia, no se hubiera referido a un ámbito católico, no hubiera tenido repercusión alguna.

Pero ese Centro, perteneciente al Obispado, que al parece imparte ayuda a homosexuales, no obliga a nadie a acudir allí, no va nadie coaccionado, aunque es palpable que quien acude ahí, pertenece a una religión determinada.

Quien acude lo hace libremente, y quiero pensar que en busca de algo que, o le haga aceptarse o le intente cambiar.

Sentir un deseo sexual que va en contra de lo que la religión y el Dios que amas, te dice que no es lo correcto, tiene que conllevar un gran sufrimiento a quien se encuentre en esa tesitura.

Así que no seré yo quien niegue el mismo derecho que tienen otros a encontrar ayuda en donde se la ofrezcan. Si esa ayuda que proponen no es ética, no me corresponde a mí juzgarla.

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LO IMPORTANTE

Melina

Allá donde esté mi amor está mi casa.
Nos pasamos la vida intentando poner belleza o comodidad en el sitio que elegimos para vivir.
Un buen cuadro, fotos de los que amamos.  Pensamos hasta en el color que deben llevar las paredes para que nos aporten calma y sosiego.  Luces indirectas y cálidas que borren cualquier atisbo de frialdad en el ambiente, un sofá cómodo que invite al descanso. Tantas y tantas cosas que en el fondo son solo eso…cosas.   Creemos que sin ellas el hogar no sería hogar,  que el reposo no sería el mismo,  que la falta de objetos influiría en nuestro estado de ánimo.
¡Que equivocados estamos!

Una estancia en un hospital, que se prolonga más de lo que hubiera deseado, me ha hecho ver lo que realmente significa sentirse en casa.
La habitación es grande, tiene baño, no puedo tener queja de lo que nuestra Sanidad me ofrece.
Las paredes son blancas.  La cama articulada y la mesita con extensión para las bandejas de alimentos, son de color gris, al igual que es gris el color de las puertas de la habitación y del baño.
No hay un cuadro que alegre las paredes, ni flores en ningún jarrón.
El sofá cama para el acompañante del paciente, en este caso para mi, no tiene una tapicería de colores que te haga sentir bien,  también es gris
Muy alegre y acogedor no parece, ¿verdad?

Pero cada vez que miro a la persona que ocupa la cama articulada.  Cada vez que le escucho llamarme,  la fría habitación se llena de luz como si un pase de magia lo hubiera hecho posible.
Y veo flores donde no las hay,  color en donde solo hay gris.  Solo con verle lleno mis ojos de recuerdos felices o tristes,  de tiempo vivido junto a él, y me doy cuenta que no me falta nada, que me da igual la ropa que me vista, que todo lo que atesoro y guardo porque me hace feliz, apenas le concedo un pequeño pensamiento.

Porque todo lo que quiero, es él, porque con él lo tengo todo, porque donde él esté está mi casa. No puedo ni quiero pedir más.

Sentimos el hogar
como una parte más
de nuestro cuerpo.
Cuidamos el detalle
para que cada rincón,
cada pared,
sea para nosotros
un lugar más amable.
Flores en  un jarrón,
cuadros en las paredes,
un sillón tapizado
de colores alegres.
Fotos que nos traen
recuerdos familiares,
música evocadora
de mágicos momentos,
algunos muy fugaces.
Libros, algunos tan leídos,
que llevan el olor
de instantes que vivimos.
Así, al abrir la puerta,
sentimos el orgullo
de sabernos en casa,
de encontrarnos seguros,
de saber que ese espacio
es todo nuestro mundo.
Y cuando algo disturba
ese marco perfecto,
todo se difumina,
porque nos damos cuenta
que una habitación fría,
sin flores, ni detalles,
sin música ni libros,
sin alegres colores,
se convierte en hogar.
Porque mi casa es él,
porque todas las cosas
que me hacían sentir
feliz en el hogar,
se reducen a él.
Nada más, necesito,
mi memoria me guarda
todo lo que yo quiera
como el mejor archivo.
Y viéndole a mi lado,
cualquier habitación
fría e impersonal,
como en un pase mágico
se convierte en mi hogar.

 

 

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Una de miedo.

La noche era ventosa, qué digo, huracanada. Se escuchaba el silbido del viento en el tiro de la chimenea y el ulular de la borrasca en la calle.
Entré en mi dormitorio dispuesto a refugiarme en el nido de edredones que me aislarían del temporal. Las farolas de la calle proyectaban sobre las cortinas sombras chinescas de los árboles del jardín, cimbreantes espectros, que agitaban violentamente los brazos en imaginarias llamadas de auxilio al ritmo del vendaval.
No resistí la tentación de disfrutar unos segundos del espectáculo, no encendí la luz, me acerqué a la ventana y bailé unos segundos al ritmo macabro que marcaba el abedul.
Abrí la cortina para ver el espectáculo real y allí estaba ella. En la puerta de entrada a mi jardín, inmóvil, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, esperándome.
Di un paso atrás, antes de caer en la cuenta que en la oscuridad de mi habitación ella no podía verme. Me acerqué otra vez a los cristales y si, estaba esperándome.
Bajé a la entrada, corrí los cerrojos, encendí las luces exteriores y abrí la puerta por si era alguien que necesitaba ayuda. No había nadie. Salí hasta la puerta exterior del jardín y miré a izquierda y derecha por si había huido, pero no vi a nadie.
El viento me zarandeó, hacía frio y regresé al calor del hogar cerrando todos los cerrojos otra vez. Esta fue la primera vez.
De regreso a mi dormitorio me asomé varias veces por ver si la volvía a ver, pero ya no apareció. Dormí agitado. Una y otra vez me despertaba viendo su imagen. Su larga melena estática, no era agitada por el viento recordé, ni su largo vestido se movía a su compás.
A la razón del día, llegué a la conclusión de que había sido un sueño, o una pesadilla. Me costaba entender cómo podía haber tenido un sueño tan real, pero era la única explicación.
La siguiente noche y la otra y otra más, al ir a la cama hacia la ceremonia de asomarme sigiloso a la ventana por si estaba ella, pero no, no aparecía y cada día encontraba más irreal el tema. Empecé a olvidarlo. Fue el décimo día exactamente, otro día ventoso que la vi en la puerta de mi jardín.
Esta vez no quise precipitarme. Saqué el móvil y tiré una instantánea. Bajé, me abrigué y salí a la calle. Nadie otra vez. Su hermosísima figura y su bello rostro coronado por generosa cabellera dorada, impertérritos al viento otra vez, pues todo formaba una figura estática, pero viva, habían desaparecido.
A pesar de tener la completa seguridad de no haber sido un sueño, era desconcertante, la hermosa mujer no aparecía en la instantánea que había hecho con el móvil.
Comenté el tema con el psiquiatra, que me escuchó atentamente tomando una copa de buen Rioja. No sé si entendí bien, pero me pareció que le dijo al camarero que me añadiera morfina en la bebida.
Volví a vigilar la entrada todas las noches y al ver que no aparecía, me di el plazo del décimo día, por si era mirona de costumbres fijas. Y lo era, pero esta vez apareció el noveno día.
Me lo tomé con humor y me puse a mirarla yo. Era hermosa, además de su bella cabellera, inerme al viento, el vestido evasé le marcaba perfectamente la figura, dos diminutos pero agresivos pezones marcaban el recorrido de unos firmes pechos “caídos para arriba” unas caderas perfectamente torneadas y un monte de venus que se adivinaba entre las curvas de sus muslos. Una pena que nunca esperara a que saliera a invitarla a entrar. Salí a buscarla claro, y no estaba.
Y al siguiente octavo día allí estaba y al siguiente séptimo y al sexto. Y siempre se repetía el mismo ritual. Conseguí llegar a la puerta exterior en cinco segundos, pero no sirvió de nada. Consiguió encender mi deseo hasta límites que nunca había experimentado. Estar enamorado de alguien, en silencio, es una crueldad. Y esa crueldad me desesperaba.
Puse mi esperanza en el turno del quinto día, que no hay quinto malo y en efecto. Ese día me miró, levantó una mano y me saludó, pero ya no estaba cuando llegué a la cancela.
El cuarto día me detuve a observarla detenidamente. Algo había cambiado a lo largo de los días y no me había fijado. Su cabello no brillaba en la oscuridad y el contorno de su cintura borraba la forma de sus muslos y descartaba toda sombra de su pubis, el pecho había caído a una posición normal y sus pezones no resultaban agresivos.
Al tercer día, me observaba una mujer madura, sonreía y las comisuras de sus labios formaban arrugas tristes.
Dos días después, permanecí en casa esperando la llegada de la noche y su presencia. El mismo vestido, la misma expresión, la misma sonrisa convertida en mueca, pero todo envolviendo a una mujer mayor, casi anciana.
Volví a escuchar el silbido del viento y el ulular de la borrasca. Un escalofrío recorrió mi espalda impidiéndome conciliar el sueño incluso después de la medicación.
Al día siguiente no me atrevía a abrir la cortina, quise ir directamente a la cama y entonces sonó el timbre de la puerta. Cautelosamente bajé a abrir y allí estaba al fin. Una vieja. Desdentada y mugrienta, que sin embargo me envolvió en una atmosfera inaudita. Me tomó la mano y me condujo al dormitorio. Desagradablemente desnuda se metió en mi cama y me invitó a acompañarla. Sin sentido del pudor ni del horror, me desnudé y yací con ella. Al rato se escucharon ruidos de caída de piedras y tierra sobre el tejado.
– ¿Qué es eso? – pregunté
– Es la tierra que arrojan sobre tu féretro, querido.

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