La devastadora variante Misery

Hoy me he despedido de 8 terrazas de bares/cafeterías del centro de Madrid, «pa simpre del tó» ante la imposibilidad de tomar un café en cualquiera de ellas, aunque había mesas libres. Los motivos para no poder tomar un café en ellas tenían una cierta variedad: «no tenemos café», «la máquina está rota», o simplemente tenías que entrar al bar, esperar la cola de la barra, servirte tu mismo y que al salir la mesa no estuviese ocupada, en aras de esa característica tan española de contratar el menor número de empleados para ese sector del turismo, y preferentemente y de forma habitual sin una formación mínima con el propósito de gastar poco y ganar mucho.

Siendo cierto que de forma científicamente indemostrable los gobernantes de nuestro reino y virreinos, se han otorgado la condición de pontífices sanitarios para declarar la hostelería (clave del cada vez menor sostén económico turístico) como lazaretos, empeñados en cargarse el negocio del todo, tampoco es menos cierto que en cuanto les han ofrecido colaborar con el Régimen para aliviar su riesgo, les ha faltado tiempo para decir un si entusiasta.

Quizá una de las variantes de pandemia más devastadora que padecemos en España sea la variante Misery, que colabora activamente en la destrucción del tejido económico del país. Su principal característica es la utilización de actitudes miserables de determinados sujetos que, ante la adversidad, no dudan en sacrificar a otros individuos a cambio de alguna ventaja o privilegio.

Los síntomas de Misery coinciden con los que años atrás afectaba a quienes buscando alguna ventaja o privilegio, se convertían en «policías de camaradería», los tristemente famosos kapo en los campos de concentración nazis. Eran reos de los gobernantes igual que los demás pero se prestaban a colaborar con el opresor como guardianes de sus órdenes, para obtener beneficio. Eso es exactamente lo que recuerdan los taberneros dispuestos a ejercer de policías de camaradería con el Régimen, saltándose la Constitución vigente, el RGPD y hasta el derecho de admisión con la peregrina idea de que es «su deber» pisotear los derechos y libertades de los demás con el vano intento de evitar que el Régimen los arrase del todo.

De regreso a casa y considerando la situación, vinieron a mi mente personajes tan variopintos como un admirable filósofo, un psicólogo social, otro psicólogo y un genial actor.

El filósofo observó que el miedo colectivo estimula el instinto de la manada y tiende a producir ferocidad hacia aquellos que no son considerados como miembros de la manada.

El psicólogo social concluyó con un experimento que, quienes no tienen la habilidad ni el conocimiento para tomar decisiones, especialmente ante una crisis, transferirán la toma de decisiones al grupo y su jerarquía, convirtiéndose el grupo es el modelo de comportamiento de ellos.

El segundo psicólogo, aplicando el experimento anterior determinó que la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos.

Pero mi recuerdo final -y que más me satisfizo- fue para la nítida expresión de un genial actor que soltó en un momento en que la gente le causó una fenomenal orquitis: «¡A la mierda!».

Con las honrosas excepciones, que las hay, creo sinceramente que es a donde muchos «hosteleros» se están condenado a ir, actuando ahora como plañideras porque ni lo de ser kapos les va a servir para nada.

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