Memorias de un señor raro

A un paisano llamado Anaxarco, un tipo del siglo IV a.C. se le ocurrió un día considerar que la indiferencia hacia las cosas y circunstancias exteriores era la clave para alcanzar la felicidad, de modo que otro tipo llamado Nicocreón ordenó que lo machacasen en un mortero.

Y Pirrón, discípulo de Anaxarco, comenzó a molestar con eso que hoy llamamos escepticismo.

Yo no soy excéptico. Yo soy simplemente raro. Y me vengo dando cuenta ahora que echo la vista atrás, a décadas de mi vida y compruebo que soy poco común. O sea, eso: raro.

Recuerdo que ya de párvulo, cuando por las mañanas formábamos un círculo alrededor de la bandera y la izaban cantando «Cara al sol» levantando el brazo derecho, nunca levanté el brazo ni canté. Tampoco me obligaron ni me castigaron por ello. Sí recuerdo que el himno me sonaba bien, pero me daba vergüenza hacer algo que no sabía qué era, simplemente porque lo hacían todos. Mi sentido de la vergüenza por hacer cosas que no entendía era más fuerte.

Cuando vivía Franco me tildaban de «rojo». Cuando llegaron los socialistas era «facha». Ya digo, un tipo raro de cojones. Cuando no encajas en la tribu te plantan etiqueta si o si.

Y hasta hoy, cerca ya del hoyo, jamás he sido «de» ni «del», nada que tuviera que ver con masas o multitudes,equipos, partidos, asociaciones. Solo en una ocasión me dejé arrastrar por la curiosidad y entré en un grupo que no se tragaba la versión oficial de los atentados del 11-M. Se denominaban «Peones Negros». Duré un par de años, hasta que comprendí que lo sucedido no le interesaba prácticamente a nadie y que aquella asociación, con sus escisiones incluidas, se hundía en las miserias de los enfrentamientos tradicionales de los españoles. Sin embargo no he dejado de curiosear en lo sucedido, especialmente al comprobar que -una vez más- las cosas no son como quieren que creamos.

Tampoco era nada nuevo. Conocí que antes de que ETA eliminase a Carrero Blanco, otros habían decidido su eliminación y pagado generosamente al mediador en la cafetería del hotel Mindanao de Madrid. Y también la casi perfecta operación de Inteligencia del 23F para aflorar fidelidades confusas, quedó escrita en la Historia como «golpe de Estado» de unos desgarramantas con sable. El pueblo soberano está en condiciones de afirmar sin ambages que FRAP y GRAPO fueron organizaciones terroristas «del comunismo», convencidos de que fue así. O leer que un general de la Guardia Civil afirma que tras la derrota de ETA viene la explotación del éxito y haya más de 300 asesinatos sin resolver y los proetarras sentados en el Congreso. O fuera de nuestras fronteras, los «errores» de Bahía de Cochinos, o del Watergate, o la crisis de los rehenes de Irán.

Una cosa es que entienda y acepte que los Estados tienen trapos sucios y sus propias lavanderías, otra es que tenga que creerme las películas que cuenten.

A día de hoy no consigo digerir que para manejar una pandemia el gobierno hablase al pueblo a través de tres profesionales de las armas, un alertador ronco, una señora que decía cosas y un comité de expertos invisible, y que lo aderezasen con avisarnos de que esa gente armada tenía como misión minimizar las criticas negativas a lo que estaban haciendo. Que tan pronto nos hagan hervir la ropa a 90º al llegar a casa, como que no. A no llevar máscaras como a si. A usar guantes como a no. A limpiar las sillas del bar pero no las del hospital o el transporte publico. O que llamen «error» a inyectar suero en lugar de las vacunas de moda, o prefieran colgar la etiqueta de neganosequé por no aceptar la probable existencia del mercado negro.

Si seré raro que siendo español no me gustan ni los toros, ni el fútbol, ni el flamenco, ni el boxeo.

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Una respuesta a Memorias de un señor raro

  1. Emilio dijo:

    ¿Quién fue el que dijo aquello de «raro, raro, raro»? Pues eso… Olé tú y tus rarezas.

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