El mensaje

El gobierno de España, con una celeridad judicial nunca vista por estos pagos, se ha apresurado a poner en libertad de forma masiva a todos los reclusos afectados por la llamada doctrina Parot, lo que le ha supuesto el coste de una concentración de protesta durante un par de horas, el pasado 27 de Octubre, de unos pocos miles de personas, a la que no le ha dado importancia alguna.

El motivo alegado por el gobierno para la excarcelación masiva de criminales ha sido: «Es que me lo ha mandado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos».

Rápidamente, y cómo suele ser habitual desde que la «alarma social» dejó de existir para jueces y políticos, un abanico de cortesanos ha salido a arrojar pétalos de rosas al paso de la maniobra gubernamental. El periodista de la emisora SER, experto en capas de calzoncillos de islamistas, señor Gabilondo, ha tenido a bien instruir a la masa embrutecida sobre cómo debe recibirse democráticamente éste tipo de noticias.  El señor Gabilondo, opina que

las víctimas no tienen derecho a dirigir la política nacional, ni la antiterrorista, ni la penitenciaria, ni la de justicia. [sic]

Es decir: el señor Gabilondo pretende hacer llegar a los oyentes el mensaje de la marginación a que debe ser sometido todo aquél que proteste de la forma que tiene el gobierno de entender el éxito de su lucha contra ETA. Eso si: por ahora no ha recomendado poner ningún brazalete en los brazos de las víctimas ni hacerles pintadas en las puertas de sus casas. Un detalle.

Portada de La Razón

Portada de La Razón

Ése mismo día 28, José Antonio Urruticoechea, dirigente de ETA que consta oficialmente como huido de la justicia, hacía unas declaraciones en las que advertía a ese valeroso y aguerrido gobierno que acababa de ordenar la puesta en libertad de varios compinches de su banda, que «acatar el fallo del TEDH no conlleva el desarme». No vaya a ser que se piensen otra cosa.

Lo curioso del éxito del Estado es que lo celebrasen los etarras, mientras que las víctimas, parte indiscutible del pueblo soberano en cuyo nombre se administra la justicia, lloraban de impotencia.

Cosas veredes, aunque en éste caso creo que no faran fablar a las piedras.

laverdad

Editorial exhortando a la celebración

Y echando una manita en la educación a la panda de ignorantes (Cospedal dixit) que formamos el pueblo, el muy honorable director de La Verdad, también tuvo a bien largar un editorial a toda prisa en su periódico del mismo lunes 28 exhortando a que los pobres carco-fachas nos congratulemos del éxito que acaba de producirse en la lucha contra ETA.

Sin duda alguien intenta enviarnos un mensaje de sumisión para que omitamos cualquier intento de utilizar el criterio personal. Ahora toca ser buenos, porque así lo ha dicho el TEDH al que como deshojando la margarita, unas veces se le hace caso y otras no.

Y tomar nota del catecismo del señor Gabilondo según el cuál protestar contra decisiones gubernamentales es dirigir la política del país, excepto cuando se trate de:

asaltos a supermercados, huelgas de personal sanitario, huelgas de personal docente, huelgas de pilotos de líneas aéreas, huelgas de transportistas, huelgas de trabajadores… es decir, todas aquellas LEGALMENTE amparadas.

Pues nada, mensaje recibido. Y no se preocupen sus señorías que en cuanto convoquen a rebato delante de las urnas, el educado pueblo soberano y más independiente que lo que haga farta volverá a colocarles a todos ustedes en sus escaños, con sus ipades, pinganillos, dietas, coches, palacios y cuantas cosas necesiten VVEE para sodomizarnos mejor. Faltaría mas.

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Los mentecatos ilustres

Mentecato: adj. Necio, tonto, falto de juicio o entendimiento

Una revista dominical de la prensa española (El País) publicó este verano un reportaje sobre un joven llamado Oscar singerJaenada. El reportaje, afirma que se trata de un actor catalán, y destaca una frase del joven actor: «Qué gesto más bonito el de los alumnos que negaron la mano a Wert. Qué gente más inteligente y con más valor», al pié de una fotografía del actor, en la que exhibe un anillo que representa una calavera.

Comprendo que en una revista patrocinada por la oposición al gobierno de ese momento, encaje perfectamente una opinión desacorde con una más que polémica actuación ministerial,  ya que -según parece- ni el propio actor ni el semanario tienen mucho que decir sobre las habilidades profesionales del joven actor; no obstante, definir el gesto de los alumnos como «bonito , inteligente o valeroso» me parece un tremendo error, a la vista de la fotografía.

El que los alumnos destacados rehusaran estrechar la mano de un ministro que gestiona la educación, por considerar que esa gestión les causa un perjuicio, será bochornoso para ese ministro como vergonzoso para el gobierno, pero creo que no tiene nada de bonito, no tiene nada que ver con la inteligencia, y menos que nada con el valor. Ignoro las maquinaciones ministeriales y cuánto de realidad pueda existir en la legítima protesta, pero en todo caso queda al margen de lo que quiero comentar.

El semanario compone una página en la que, junto a la expresión de sus ideas, el actor Oscar Jaenada, exhibe un anillo que representa una calavera y que forma parte de una colección de anillos (varios de ellos con calaveras) de una firma ubicada en Austria. Y estoy convencido de que el señor Jaenada ni al ser fotografiado, ni después, ha sido consciente (y menos aún conocedor) de la relación existente entre el símbolo de ese anillo y su manifestación.

El Totenkopfring, o anillo de la calavera, era el anillo con que Heinrich Himmler distinguía a los mandos de sus famosas Waffen-SS en la Alemania nazi. En la frase del actor subyace claramente la identidad del pensamiento nazi. Por eso resulta tan llamativo que símbolo e ideas aparezcan juntos.

Me sorprende muchísimo que las personas y los grupos sociales que más suelen utilizar el término facha  a modo de insulto contra quienes piensan distinto, se comportan como nazis, pero sin ser conscientes en absoluto de ello. Cuando alguien está convencido de ostentar algún tipo de supremacía y trata de excluir a quien no piensa como él, se está comportando como un nazi, pero si -además- no es consciente de ello, se comporta como un mentecato, porque está rompiendo por la mitad lo que dice defender: la libertad.

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Antiguamente, al hacer un viaje en avión comercial te exponías a perder sólo las maletas (y su contenido, claro).

Hoy lo que pierdes, porque te lo arrancan a tirones nada más pisar el aeropuerto es la dignidad.  Desde que llegas al aeropuerto comienzan a tratarte como un puto delincuente, las cámaras se prendan de ti y siguen tu rastro por todo el edificio; en cuanto llegas al «filtro», una serie de personajes indocumentados juegan contigo como si te preparasen para la cámara de gas en Dachau: quitate las cosas metálicas, deja tu maleta a un lado, desnúdate, no lleves colonia ni agua, descálzate, deja que te pasen un buscametales como si fueses un trozo de playa en Otoño, deja que escarben en tu equipaje…

Y todo eso para subir a un asqueroso avión en que para que los propietarios ahorren costes de construcción, tu vas a viajar como uno de esos cerditos que ves por la carretera asomando la pezuñas entre los barrotes de un camión.

Dicen que tienen aviones de tecnología avanzadísima, pero son incapaces de reducir el ruido en el interior de la cabina y en España se sigue la tradición de los hechiceros más carcas y anulan la fila 13 por lo del «mal fario».

El amigo Ben Laden ha sido el mejor invento para mandar a tomar viento la dignidad de millones de personas al más clásico estilo Dachau.

Pero eso si, aquí seguimos sin protestar lo más mínimo.

 

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Miénteme, Mariano

En los intercambios de puyas entre «agentes sociales» (reyes, virreyes, políticos del Estado o de aldea, gurús de la cosa empresarial, héroes sindicaleros salvaobreros…) que habitualmente nos sirve la prensa, prevalece un factor decisivo: nos cuenten lo que nos cuenten, nadie lo va a cuestionar ni un nanosegundo. Absolutamente todo lo que nos cuentan es aceptado como verdadero sin el menor atisbo de criticidad. El espíritu crítico del español descansa en paz.

Hoy el Gran Mentidor es Mariano, pero visto lo visto, podía ser cualquier otro.

En la vorágine de trapos sucios y ventiladores oreando mierdas por doquier, Mariano intentó ventilarle los bajos a los Pujoles catalanes y está claro que le está saliendo el intento no caro, sino ¡carísimo!.

Alguien insinuó que la plebeya casada con el príncipe sobraba y ha acabado la corona compitiendo con las ratas del alcantarillado de Madrid por mantenerse a flote. Y es que donde las dan… las toman.

Ley del Talión en estado puro.

Y los periodistos y periodistas nos han ido contando las cosas que les iba dando para contarnos los que les pagan el sueldo, la tinta y el papel (o la emisora, si es caso). Y nosotros, ante el alimento masticado sólo tenemos que abrir la boca y tragar, que para eso somos pueblo y -además- soberano, oiga.  La picota pública es un invento intemporal.

Mientras el populacho tenga picotas no mirará hacia los submarinos que no flotan, los virreinatos autonómicos, la incompetencia institucionalizada y el mangoneo generalizado. Sólo mirará hacia las migajas que le dan para tenerlo entretenido.

Nos cuentan que cuando han ido a por los datos del ordenador del contable (me gusta más el término mafioso) del PP, el disco duro aparecía borrado. Vale. ¿Y?.  ¿Es que nadie se plantea que en una organización como el PP los datos estén alojados en el servidor y no en el PC/puesto de trabajo del personal?.  ¿Es que alguien tiene interés en que creamos que la contabilidad de una empresa está SÓLO es un disco duro que se puede escoñar?. ¿Quieren que creamos que no han oído hablar de las copias de seguridad?. ¿Quién carajo tiene interés en que creamos que el PP arriesga su información sensible a que un PC se averíe?.

Dado nuestro esfuerzo en convencer a los políticos de que somos gilibobos, considero normal que ELLOS  hayan terminado convencidos de que, efectivamente, lo somos. Lo llamativo es que esa prensa tan aguerrida con el «periodismo de investigación», resulte incapaz de hacerse las preguntas más simples. Por ejemplo:

en el asunto del contable del PP,  y dado que en las redacciones existen sistemas informáticos ¿nadie ha pensado que los datos no se almacenan en el PC, sino en uno (o más) servidores? ¿o de que los datos de ésos servidores son salvados periódicamente en copias de seguridad?. Pero si es que eso lo sabe un crío de 7 años.

O en el caso del yerno del monarca, cuando la prensa nos revelaba que cuando al socio del yerno le parecía bien, le llevaba un par de nuevos correos al juez. ¿Ningún periodista fue capaz de plantearse si sería posible averiguar dónde estaba alojado el servidor de noos.es?. En la actualidad la página aparece como un sitio enrrolladete y desenfadado que asegura no tener nada que ver con la golfería institucional, pero tanto cuando aparecieron las primeras noticias sobre Nóos como ahora, el sitio sigue alojado en servidores de la misma compañía, según RIPE, en Santiago de Compostela.

Datos de RIPE

Datos de RIPE

¿Acaso al juez no se le ocurrió pedir TODOS los mensajes del buzón de Noos a la empresa que alojaba el sitio, en lugar de esperar a que el socio decidiese cuándo y cómo entregarlos?.

En definitiva parece hasta normal que ni el populacho ni la prensa se cuestionen aspectos tan elementales como los expuestos, pero sorprende que el juez no muestre interés alguno por ello.

O en el caso del contable político, es preciso un nivel muy alto de ignorancia para aceptar que la contabilidad del PP depende de que no se averíe un PC de 200€.

Pero resulta que lo que vale para un «caso» judicial español pues no vale para otro. Si en el «caso» 11M los datos de telefonía móvil fueron enormes y decisivos para poder contarnos la trama mora-cristiana acusada de la matanza, en el «caso» de Marta del Castillo o de los hijos de José Bretón, o del contable, o del yerno, brillan por su ausencia o por su escasez, que tanto da.

Por lo menos estamos seguros de tener lo que nos merecemos.

 

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La rebeldía obediente

La rebeldía es la resistencia ofrecida para dejarnos doblegar. Claro que, antes, hace falta darse cuenta de que a uno le están doblegando.

Siendo una característica intrínseca (aunque no privativa) de la juventud, la rebeldía tiene un origen individual y por tanto difícil de controlar en una masa social, lo que puede ser causa de conflicto para los gobiernos, que se ven obligados a introducir modelos de control para aminorarla o eliminarla. De hecho, llama fácilmente la atención que ante cualquiera de las múltiples injusticias sociales habidas o por venir, surja rápidamente un movimiento que  aglutine a los disidentes de la causa. Y más debería alarmarnos aún la existencia de gente que se dedica a decirnos cuándo y contra qué debemos rebelarnos, creando lo que podemos llamar la rebeldía dócil, el rebelde obediente.

Esa tendencia al agrupamiento en movimientos sociales como excusa para fortalecer la disidencia, obedece a la difundida creencia de que «la unión hace la fuerza»;  aunque, en realidad, el lema fue propagado por la sencilla razón de que resulta más simple pastorear un rebaño que un elementos  dispersos. Además, este tipo de movimientos sociales coinciden en su aparición, sostenimiento y actividad con periodos políticos muy concretos, difuminándose después.

El rebelde obediente es una persona básicamente emotiva y de escasos recursos intelectuales. Su sencilla estructura mental absorbe las consignas sin posibilidad de utilizar el propio criterio. Suele ser persona altamente influenciable por los medios de difusión afines, porque son los que le permiten nutrirse de ideas y no le exigen esfuerzo por su parte.

Para alimentar el cada vez mayor mercado de rebeldes sumisos, los medios de comunicación se han esforzado en repartirse la tarta y para ello han seguido el modelo político, dividiendo en dos el mercado de la opinión: de un lado el sector de tendencia progresista y de otro el de tendencia conservadora. Para conseguir una mayor eficacia, cada uno de los programas de opinión -a su vez- dentro de cada uno de los sectores, se presenta en un formato basado en el esquema clásico de poli bueno / poli malo, consiguiendo de esa forma que el espectador adquiera una razonable creencia de poder que le permite «apoyar» al bueno o al malo… pero siempre dentro de un esquema o planteamiento predefinido.

Las bochornosas tertulias radiofónicas y televisivas actuales (¡qué nostalgia los debates de  La Clave!) parecen de mundos distintos según sean seguidas en el grupo de cadenas de tendencia progresista o conservadora. La segregación ha llegado a un extremo donde resulta inconcebible que un seguidor de uno de esos creadores de opinión, dedique un sólo día en exclusiva a seguir la de sus «contrarios». En España no se debate. Ni siquiera se conversa. Sólo se habla en forma tumultuaria, todos a la vez y sin escuchar la opinión de los demás.

Las llamadas a rebato para rebelarse obedeciendo parten de premisas que sonrojarían a un niño. Por ejemplo, cuando un grupo de empleados públicos ve riesgo de pérdida de todos o parte de sus privilegios, y quieren pedir que la gente se rebele con ellos, lógicamente no dicen que  lo que está en riesgo son sus privilegios, sino sus derechos, que de forma irremediable… resultarán en perjuicio de la gente.

Pero lo curioso de estas llamadas a la solidaridad es que, por ejemplo,  son capaces de invitar a rebelarse porque un hospital público  va a ser administrado por una empresa privada, pero les produce una indiferencia confortable el hecho de que los laboratorios farmacéuticos estén en manos privadas y se les permita el comercio salvaje de la salud.

También nos han llamado a rebelarnos contra los desahucios de vivienda por impago de hipoteca, alegando como dato emocional que son causa de suicidio, y como es habitual se han creado las correspondientes plataformas y movimientos. Uno se pregunta dónde andarían todos esos protectores de suicidas, en cada uno de los centenares de suicidios que hay en España cada año.

Como resulta sorprendente que se nos invite a rebelarnos contra una reforma laboral que -como siempre en España- no parece contemplar más problemas que la forma en que uno va a ser despedido (el despido es lo único seguro) y nadie nos invite a rebelarnos contra un sistema que prima la esclavitud. Nada. Ni un ligero sonrojo. La entrega a manos privadas de la fuerza de trabajo de todo un país, no levanta ni un murmullo. La cesión de trabajadores en España es ilegal… siempre y cuando no se realice a través de empresas privadas debidamente autorizadas. Y para hacer eso nada como una Ley.  esclavos

Cesiones ilegales de trabajadores  se realizan a diario y por decenas de casos en toda España. Hasta ¡¡ CINCO !!  empresas llegan a exprimir simultáneamente a un único trabajador en casos como éste, pero no existe invitación oficial a rebelarse.

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Cuando el calor aprieta …

Cuando el calor aprieta, es mejor quedarse quieta.

Hace unos dias, se levanto una polémica a cuenta de la siesta española, motivada por un articulo publicado en un diario alemán,  por un alemán,  que días despues se explicaba diciendo que no entendia nada, porque su artículo era en defensa de la siesta y que le encantaba y era un gran defensor del modo de vida mediterraneo.

No profundice mas en el tema porque me pareció una majaderia, yo  cuando siesteo no me entero de nada, lo cual es bueno tal como estan las cosas y cuando me despierto, me entero menos. Pero me imagino que la tergiversacion de sus palabras, si la hubo, se produciria en esa prensa alemana que ultimamente nos vilipendia continuamente, describiendonos como vagos, indolentes, poco productivos y que además dormimos la siesta, todo fruto de los encantadores comentarios que la Sra Merkel hace de nuestros paises.

Me ofrezco voluntario para invitar y hacer de anfitrion de esta Sra durante unos dias de estos. Enseñarla nuestro pais, dar hermosos paseos por sus maravillosos paisajes, visitar la Alhambra y por supuesto Sevilla (que maravilla)

Tal vez esta buena mujer, con toda su humanidad a cuestas sabría transmitir a sus conciudadanos porque, incluso en el ejercito español en verano, a la hora de la siesta se toca silencio y dos horas después diana.

Supongo que a la vuelta les diria a los teutones que «cuando el calor aprieta, es mejor quedarse quieta». Se lo diria en alemán claro, y no rima.

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Y tu mamá… ¿ya no te mima?

Un adulto,  jugador profesional de fútbol, marca un gol y realiza una serie de gestos eufóricos antes de que se le abalancen encima sus compañeros que le llenan de abrazos, gritos de festejo e ignoro si algún que otro beso.

Un adulto, jugador profesional de tenis, marca el tanto definitivo y se espatarra sobre-actuando sobre el tartán (o la hierba) con aspavientos y notoria expresión de su regocijo por superar la dificultad.

En los tiempos que consigo recordar, los deportistas (y con más razón los que vivían de ello)  superaban sus retos y dificultades y contenían sus emociones como si fuesen adultos. Los aspavientos infantiles, por sus propias características,  estaban -entonces- reservados a los niños.

Al personal antiguo y socialmente obsoleto como yo, nos cuesta entender que un tipo que hoy -que no ayer- cobra una millonada por practicar un deporte, exhiba reacciones propias de un menor de edad al superar una dificultad en aquello de lo que vive. Porque lo veo como un remedo del acogimiento en el protector seno materno ante la superación de un momento difícil de la infancia.

Antes de continuar con mi estupor, debo aclarar que de pequeño fui educado en un colegio facha.Era un colegio regido por militares y como tal carecía de APAS, AMPAS, AMPAAS,AMPTTAAS o de un simple psicólogo. Allí mandaba un jefe del ejército y un pater (sacerdote castrense); y el resto, papás, mamás, tutores, tutoras, alumnos y alumnas, progenitores A, progenitores B y la madre que nos parió a todos,  simplemente obedecíamos.

Como digo, en mi colegio no había psicólogos. Cuando uno hacía una gamberrada era enviado directamente a presencia del pater (un antiguo boxeador que aún seguía sonado, y con unas manos enormes como manoplas), al que le bastaba un simple bofetón con aquella enorme y pesada  masa que tenía como mano, (que nos producía mareos y alucinaciones por un par de horas), para dejarnos clara la idea de que lo que habíamos hecho no nos convenía repetirlo. Vamos, lo que hoy llamaríamos un psicólogo facha.

El profesor que tuvimos de «gimnasia» (una antigua, retrógrada y fascista asignatura) era un capitán de Caballería. Cuando los niños torpes éramos incapaces de voltear sobre el plinto con 6 suplementos, el capitán se burlaba de nosotros diciéndonos: «Anda, salta, guapo de tu casa, orgullo de tu madre…». Entonces yo tenía 10 años pero sólo necesité que se burlase de mi bobería una vez. Reaccioné y luego le estuve (le estoy) agradecido toda la vida. Reconozco que hoy me hubiese sido mucho más sencillo resolver «el problema» y el facha de mi profe estaría todavía encadenado a una bola en una mazmorra para toda su vida… y probablemente yo nunca hubiese dado la voltereta sobre el plinto con los 6 suplementos.narciso

¿Qué ha pasado entonces con nuestro ánimo?

Hoy nuestra juventud se hunde ante la más mínima adversidad. Los libros de «autoayuda» se venden como churros; los psicólogos han nacido como setas; los estimulantes son un negocio y existe una propuesta al Congreso para elevar hasta los 18 años la edad de asistencia pediátrica; el número de suicidios (esa causa de muerte que sigue siendo número uno en los países occidentales pero que sigue oficialmente oculta tras el tráfico, el cáncer, el tabaco, etc.) sigue creciendo cada día, y el consumo de inhibidores de conducta se ha disparado a límites impensables.

¿Cómo puedo emparejar esa realidad con la caterva de insolentes altivos con brazos y pectorales rellenos de anabolizantes, rebosantes de  soberbia y vanidad, tuneados con ferrallas y pintarrajos, estetas pendientes únicamente del peinado, la depilación de las cejas, la barba mal cortada, el pantalón-cantinflas y la opinión de su tribu?. Simplemente no casa. Hombres de apariencia más dura que el pirata más curtido y que a la primera adversidad agarran una depresión de caballo. No encaja. ¿Cómo pueden unos presumibles adultos exhibir unos rasgos antropológicos infantiles al tiempo que componen gestos y miradas de hombres curtidos?.

¿Cómo alguien puede aceptar ponerse un uniforme para sentirse diferente?.

Menos mal que, de cuando en vez, aparece un joven sin uniformar que me hace concebir esperanzas.

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Abandonando la ciudad

Las vistas de Madrid desde esta habitación son inmensas. ¡Qué ciudad tan enorme!.

Pronto comenzará a amanecer, ya se ven pasar más coches por la M30; gente que va o viene a sus trabajos.
Hay que ver la cantidad de gente que puedo ver por esta ventana. Cientos. Miles. Ellos no me ven. Ni siquiera saben que estoy aquí.

Hay otros que si me ven. Los que pasan por el pasillo. Casi siempre visitas. Bueno, por lo menos me miran. Pasan y me miran. Seguramente me verán. Eso cuando estoy despierto. Porque debe ser que a veces me quedo dormido sin darme cuenta. A veces creo recordar algo y no sé si lo he visto uno de estos días o hace un rato; si lo vi estando despierto o si era de esas veces que tengo como un sopor y me parece que pasa mucho tiempo. No sé. Hay gente a la que me gustaría mucho poder ver antes de que no esté aquí, pero algo en mi interior me dice que me marcharé sin ver ni abrazar. Me gustaría mucho poder abrazar a alguien. Era bonito. Bueno, y también me gustaría que alguien me abrazase. Eso conforta y te hace sentir bien.

Sé que otras personas que están en otras habitaciones tienen peores vistas que yo. Una vez vi a una mujer en una habitación, que delante de la ventana sólo tenía una pared de ladrillo rojo. Quizá si se incorporaba un poco pudiese ver la punta de una rama de árbol que había debajo de su ventana. Claro que en muchos casos da igual lo que pueda verse por la ventana, porque no tienes capacidad de observar, o de comprender lo que ves.

A veces recuerdo a otras personas que vi en habitaciones parecidas a ésta. Entonces yo miraba desde el pasillo. Eso era hace mucho tiempo… creo. Porque ahora que me doy cuenta, no sé cuánto tiempo hace que estoy aquí. Lo que sé (y nadie me pregunte cómo lo sé) es que ya nunca saldré de aquí. No recuerdo que nadie me lo haya comentado, pero lo sé.

Cuando yo era el del pasillo, a veces me preguntaba qué pasaría por la mente de aquellas personas que veía solas en las camas, con la mirada tan perdida en el vacío como a veces debe estar la mía. Y ahora me doy cuenta que tengo ocasión de contarlo. Lo que voy a hacer es imaginar que puedo escribir todo esto que estoy pensando, y que lo estoy escribiendo mucho antes de que me trajesen aquí… en una fecha cualquiera… pero de hace tiempo. Como no sé en que fecha estamos, imaginaré una fecha al azar… a ver… ¡ya!. Imaginaré que la fecha en que lo escribí fue el 8 de Abril del año 2013 (que no sé cuánto tiempo hace que pasó ya). La verdad, es que no siento nada especial. No me duele nada y los médicos no me han dicho qué me ocurre. Mejor que sea así. Supongo…

Ya me vuelve el sopor… siento los ojos cálidos… como si tuviera un hormigueo en ellos…

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Cerrar una puerta

Mi casa soy yo, y todo lo que he sido desde siempre

HMelinaoy he cerrado una puerta de mi casa. Cerrar una puerta es un hecho normal, cotidiano, un gesto al que apenas se le da importancia, y sin embargo ese gesto suele delatar muchas veces nuestros estados de ánimo. No cerramos la puerta del mismo modo si estamos enfadados, tristes, preocupados, alegres, o si queremos pasar desapercibidos. Solemos imprimir a ese simple acto nuestro estado emocional, es algo que no hacemos conscientemente por eso la importancia de su significado. Cerrar una puerta puede ser, a la vez,  un final  y un comienzo. Puede ser el empujón para dejar lastres innecesarios. ¡Cuantas cosas puede significar un hecho tan banal en apariencia!.

Hoy,  al cerrar una de las puertas de mi casa, he podido sentir la contradicción permanente en que solemos movernos los seres humanos. Me he movido entre la tristeza profunda y el alivio, al sentirme libre de alguna manera. Mientras lentamente la cerraba, todas las ataduras a mi yo familiar tiraban de mi para aumentar mi pena, pero una vez cerrada, pude darme cuenta de que ahora era libre para recordar todo aquello que me hizo feliz sin más recuerdos que los que tengo en mi corazón, sin que la presión emocional de los objetos, de la memoria que queda retenida en las paredes, en las habitaciones, me empujara a recordar aunque en ese momento no deseara hacerlo.

Mi casa soy yo, pero mi casa está formada por todo lo que he sido desde siempre. De todo guardamos memoria y de todo aprendemos, pero también en mi casa estaba la puerta de la  casa familiar, la que me anclaba a mis raíces y al doloroso peso de un tiempo irrecuperable. Casi podría decir que esa presencia se imponía a cualquier otra, y era necesario alejarme de ella.  Por eso hoy, al cerrar esa puerta, dejo descansar en el recuerdo, que nunca en el olvido, toda mi infancia y juventud, todas las risas, y también todas las penas, dejo reposar los rostros amados de mis padres, sus desvelos y su amor, corto ese cordón umbilical para dejar que me visiten cuando quieran, para dejar que también cuando yo quiera, rescate en mi memoria ese recuerdo que me hizo especialmente feliz, o esa emoción que nunca volveremos a vivir, como era la mirada ilusionada de mis hermanos, cuando juntamente conmigo nos asomábamos tímidamente la mañana del día de Reyes para comprobar que lo que habíamos pedido a esos señores que venían de Oriente, se encontraba en el suelo del salón de la casa. Para recordar también cuando yo quiera ese beso furtivo que me dio el chico que me gustaba, en un momento de descuido de mis padres. Esas emociones siguen vivas, pero no me lastran. Los recuerdos van conmigo, pero no están en una casa determinada. Otros irán a disfrutar de esas sensaciones.

Se, estoy segura, que las casas guardan memoria, que la felicidad trasciende las paredes, por eso se, que la puerta que yo he cerrado, se abre a otra gente, y que todo lo que me ha hecho feliz y todo el amor que ha quedado dentro, impregnando los cimientos, revertirá en esa savia joven, que llenará de alegría y luz las habitaciones que estaban tristes al quedar vacías. Yo me llevo lo mejor, pero como diría Machado, me siento libre de equipaje. Cierro la puerta suave, dulcemente, musito «adiós» y con una sonrisa en los labios camino hacia adelante sin mirar atrás.

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Vivir en las Diómedes

Ligeramente por debajo del Círculo Polar Ártico, en medio del mar de Bering, separadas por la línea internacional de cambio de fecha, están las islas Diómedes, distante una de otra en torno a dos millas náuticas. Dos millas náuticas que separan algo más que dos mundos.

Diomedes islands

Islas Diómedes. Mar de Bering

Estamos viviendo momentos sociales convulsos. Es algo evidente. Las voces, y mayormente los gritos de desesperación, nos ofrecen la última hora de los problemas sociales por los que atravesamos.

Aunque somos conscientes de que existe una buena dosis de populismo (demagogia) aprovechando el tirón, lo cierto es que el drama humano es patente: una media de 124 supuestos desahucios diarios en España.  Lo de supuestos viene a cuento porque el término legal desahucio, requiere que la expulsión la promueva el dueño legal del inmueble, cosa que puede ser incompatible con la propiedad legítima. Por tanto, mucho a discutir sobre el asunto.

Siguiendo con los promedios, cada día,  junto con los 124 desahucios, se produce una media de 4 suicidios.

Nunca en España el suicidio ha sido mostrado como primera causa de muerte de personas dentro de un rango determinado de edades que comprende, desde la adolescencia hasta casi la ancianidad. Esos primeros puestos siempre han sido adjudicados por las estadísticas oficiales a los clásicos: tabaco, cáncer, tráfico etc. La penosa asistencia psiquiátrica en la sanidad pública a los nativos, se limita a los síntomas de abstinencia del drogadicto de turno y poco más. Ya se sabe que en cualquier dictadura que se precie, la salud mental del personal ronda la excelencia y carece de ése tipo de problemas. No obstante, de media cada día, cuatro seres humanos en nuestro país deciden abandonarnos.

He vivido el suicidio muy de cerca. Sé qué es pasar una noche de miedo y angustia sin fin, interminable, en total soledad. Sé qué se siente cuando tienes el arma elegida al alcance de  la mano y te cruza por la cabeza un baile frenético de «ahora» – «espera» – «ahora» durante interminables horas, esperando el alba como bálsamo a tu herida en el alma. También he tenido, años después, la fortuna de ser el amigo al que dos personas a punto de suicidarse, decidieron llamar a media noche porque el alba tardaba demasiado en llegar. Puedo saber la situación de quienes no lo pueden contar y puedo imaginar su sufrimiento. Y me duele.

No obstante lo anterior, o quizá por ello, me consta que establecer las causas de un suicidio no es tarea simple. Últimamente suelen vincularse algunos suicidios a situaciones de desahucio. Yo temo que con alta probabilidad forme parte de la causa, pero no creo sea la única, ni tampoco se trate de  la sencillez con la que tratan de explicarnos los noticieros y algunos oportunistas.  Los datos constatan que son un 3% de las hipotecas  las que se resuelven mediante ejecución de desahucio, lo que no necesariamente significa un 97% libres de problemas.

Desde el punto de vista de la lógica , si gravo un inmueble para asegurar el cumplimiento de una deuda, el incumplimiento de la misma debería llevar aparejado únicamente la pérdida del bien gravado… y nada más. La práctica actual de entrega de la vivienda y seguir soltando pasta lo considero una perversión desde cualquier punto de vista: lógico, legal, humano, moral… y el que se diga. Es más: a la firma del compromiso me obligan al pago de un seguro para prevenir contingencias varias. Pago una prima por un riesgo que cuando se produce no está cubierto, alegando las causas del hecho (aunque es un hecho único: impago), y además me obligan a dejar el bien adquirido y continuar pagando por él (me da igual en concepto de capital o de interés). La existencia de ese tipo de patentes es lo que diferenciaba a los corsarios de los simples bucaneros: el carácter oficial del despojo.

Por otro lado, no debemos despreciar nuestra capacidad de ser responsables de nuestros actos voluntarios. Si firmamos un compromiso económico a cumplir por un plazo de 10 años estamos asumiendo unos riesgos tremendos por ambas partes; y debemos ser conscientes de ello. Pero si queremos asumir el riesgo de una predicción del devenir social, laboral y económico a 20, 30 o incluso 40 años, la temeridad por ambas partes entra en la zona de peligro más roja. Si aceptamos un compromiso a tan largo plazo, se nos supone la misma responsabilidad que si lo firmamos por 10 años. En el momento de la firma estamos aceptando la responsabilidad del hecho y lo hacemos como adultos y de forma no obligada. Nosotros somos conscientes de que las enfermedades, la pérdida de empleo o las catástrofes incluso naturales existen y no podemos obviarlas. Si asumimos una responsabilidad, se supone, debemos mantenerla.  En el caso de viviendas somos conscientes de que los ladrillos no valen lo que nos quieren cobrar, y también que hoy tenemos salud y trabajo pero mañana quizá no. Es decir: estamos aceptando el concepto de libre mercado, por el cual el vendedor infla a voluntad los precios, el banco aparece de supuesto garante mediante tajada y nosotros de gente ilusionada y con el culete (generalmente) al aire.

Otra cosa es que al momento de la firma (cosa que es de DOS partes) no supiéramos que si la parte que no cumple somos nosotros, se nos quita el bien y el dinero, pero si es la otra parte, el Estado nos pedirá más dinero para cubrir las pérdidas de la otra parte.

El hecho de que un ladrillo que vale 7 céntimos de euro se nos llegue a cobrar a varias decenas de euros forma parte de la especulación que hemos aceptado al firmar. Nos sumergimos de forma voluntaria en el concepto de «libre mercado», pero…. cuando las cosas no resultan conforme a nuestras ensoñaciones, cuando de repente alguien nos reclama la responsabilidad que asumimos al firmar aquél compromiso, entonces reivindicamos las condiciones del socialismo. Es entonces cuando renegamos del «libre mercado» y añoramos un socialismo en el que «papá Estado» se encarga de nuestros problemas.

Sin mezclar -por razones de higiene mental- demagogia con infortunio, deberíamos considerar si la forma en que nos quieren presentar el problema es consecuente o no. A mi, desde luego, no me lo parece. Para lo que me conviene decantarme por el modelo capitalista y para lo que no me conviene acogerme al modelo socialista, es interesante pero no consecuente. Lo considero algo como vivir en las islas Diómedes en época de glaciación, cuando caminando una media hora sobre el mar helado, puedo pasar del prototipo socialista (Diómedes Mayor o Ratmanov) al prototipo capitalista (Diómedes Menor o Krusenstern) según me convenga.

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