Incongruencias

En estas últimas semanas, asisto con perplejidad al circo mediático que se ha formado, por el, para mi, simple hecho de querer introducir una propuesta  de implantar la cadena perpetua revisable (lo que ya sería un oxímoron), en nuestro código vigente.

  ¿Es que a cualquier ciudadano bien pensante, puede molestarle que un delincuente, autor de un delito mayor, generalmente atroz, pague por este hecho con la reclusión perpetua (que probablemente nunca sería tal), sin derecho a redención de pena por cualquier futilidad como jugar al parchís, apuntarse a un cursillo, tener buena conducta, u otras circunstancias similares?.

  Parece ser que si, que el buenismo imperante en nuestra absurda sociedad, hace que todo el mundo deba ser redimido y se le deba dar todas las facilidades para su reinserción en el lugar del que, generalmente, él ha querido excluirse,  bueno todo el mundo no, claro, los muertos, las víctimas de violaciones, mutilaciones o cualquier otro delito por horrible que sea, ésas no tienen derecho alguno, al fin y al cabo, los muertos son  seres que no existen y por lo tanto no votan, asi que dejan de importar a nuestros ilustres dirigentes de las distintas castas políticas, jueces,  ministros, diputados y todo aquel que pueda tener capacidad de decisión a la hora de elaborar nuestras cómodas leyes, y los que han quedado destrozados anímica o fisicamente, esos… pues también dejan de importar, lo verdaderamente prioritario es que el monstruo se reinserte.

  Soy acérrima defensora de todo aquel que esté en contra de la pena de muerte; tan sólo el terrible defecto de su irreversibilidad, hace que me repugne el hecho de que el Estado aplique la Ley del Talión, pero eso no es óbice para que quiera que se aplique con dureza toda la fuerza de la Ley en delitos monstruosos, y que el reo objeto de esa condena sea perpetuamente apartado de la comunidad de la que él se ha querido alejar, y sin necesidad de cárceles como las turcas de «El expreso de medianoche»,  tampoco hay necesidad de pagar con nuestros impuestos hoteles de bastante lujo a delincuentes que en nada han contribuido al bienestar común, sino más bien todo lo contrario.

  Lo que me hace ver la incongruencia del pensamiento de tanta gente, ya sea de mi entorno cotidiano, o  de la casta política dirigente es que defiendan con tanto ardor, cualquier tipo de actuación, por ilegal que sea, si está encaminada a conseguir, como sucede en estos días, el que un grupo de asesinos quiera dejar de matar. Me estoy refiriendo, claro está, a la banda asesina E.T.A.. No puedo comprender como defienden con pasión sus sucias negociaciones, componendas, acuerdos, chivatazos, dando validez a que,  el fin justifica los medios, sin  pararse a pensar que si éso fuera válido, estarían justificando a todos los partidarios de la pena de muerte, ya que la mayor fuerza que imprimen los que quisieran ver implantada esa pena máxima, es que el medio (la pena de muerte) justifica el fin (que un asesino deje de ser un peligro social).

  Pero, sin embargo, sobre todo para nuestros políticos y sus acólitos, el supuesto fin de la violencia justifica cualquier prebenda que el estado tenga que aceptar para que eso suceda, justifica cualquier actuación ilegal, y justifica el que asesinos, que ni se arrepienten, ni se sienten españoles, ni les importa haber matado a txacurras (perros), como ellos llamaban a los miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado) ni les importa llevar años extorsionando a todo aquel que para ellos sea un objetivo extorsionable, puedan conseguir la libertad y la reinserción en esa sociedad que ellos rechazan, y, eso si, que no les hable nadie de la pena de muerte ellos son muy demócratas y justificar el fin de algún delito (al ajusticiar obviamente al delincuente), con la aplicación de la pena capital es algo propio de regímenes dictatoriales y… como no, fascistoides.

  Por eso digo que para nuestra casta política dirigente, el fín justifica cualquier medio  siempre y cuando les convenga a sus intereses, pero no lo justifica si no les sirve a sus fines, o sea, lo de siempre desde que el mundo es mundo.

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Y usted… ¿cuánto está dispuesto a pagar?

El mercado

Llamamos mercado al ambiente social en el que tienen lugar las transacciones, el intercambio, entre quienes demandan algo y quienes lo ofertan.

Como todo el mundo conoce, el demandante es quien compra y/o consume aquello que el ofertante produce y/o vende.

Quien oferta algo, espera, a su vez, recibir otro algo a cambio, lo que conforma la idea de obtención de beneficio por ambas partes, es decir: el fin que persigue el mercado.

Es conocida la práctica del fomento de la demanda, y existen múltiples y variados ejemplos: desde la simple publicidad comercial de un producto, hasta la difusión premeditada de enfermedades para comerciar con productos de laboratorio. Pero hay un aspecto dentro del concepto mercado que conviene no dejar pasar por alto, y es la existencia de elementos que son objeto de demanda y oferta que no son tangibles, y susceptibles -igualmente- de dicha práctica de fomentar la demanda. De forma inconsciente tendemos a creer que en el mercado sólo se comercia con cosas tangibles, y eso es un error. Especialmente cuando nosotros estamos en  ése mercado.

Nosotros

Desgraciadamente, el universo del razonamiento no es el único en el que nos movemos. Ni siquiera es el que más habitualmente utilizamos. Donde pasamos la mayor parte de nuestra vida es en el mundo de las ilusiones; especialmente en el de las ilusiones cognitivas, aquellas con las que engañamos a nuestro propio cerebro. Prácticamente la totalidad de la información que nos facilitan nuestros sentidos llega a nuestro cerebro ‘sin necesidad’ de que apliquemos el filtro de la razón. Quizá la causa esté en lo que los psicólogos llaman pereza o debilidad de la voluntad, pero lo cierto es que preferimos quedarnos con lo que creemos saber mejor que con aquello que realmente sabemos, ¡pese a ser conscientes de ello!.

El ejemplo más habitual para intentar demostrar esta afirmación es el arco de St. Louis, en Missouri (U.S.A.). Se trata de unst-louis-arch enorme arco que cruza el río Mississipi y es muy característico de la ciudad. Como puede verse en la fotografía (y sea cual sea el ángulo de observación del arco) siempre parece más alto que ancho, pese a que su altura y su base miden exactamente lo mismo. Uno puede medirlo en persona y comprobar que ambas distancias son idénticas, pero seguirá viendo un arco más alto que ancho.

Una de las ilusiones del conocimiento más productivas es la de la seguridad, y sin embargo, probablemente, sea la más falsa de las ilusiones cognitivas y la más virtual, porque la seguridad no es mas que un sofisma para nuestro razonamiento: algo que no es cierto, pero que tiene todo el aspecto de serlo.

La mercancía

Nuestra demanda, consciente o inconsciente, de seguridad, procede de nuestra ignorancia, de nuestro desconocimiento, es decir, del miedo. Es nuestro desconocimiento y nuestra ignorancia lo que convertimos en mercancía.

Innata al ser humano es la angustia que le puede producir la incertidumbre. Tal conducta no parece lógica en unos seres que a lo largo de su vida únicamente disponen de la certeza de la muerte.

En realidad, la vida consiste en caminar del brazo de la incertidumbre, y sin embargo, el hombre aspira a la certidumbre, a sentirse a salvo de cualquier peligro, daño o riesgo (real o imaginario), lo cual no hace, sino, añadir una nueva dificultad en su vida: la dificultad para identificar las amenazas.

Para una persona medianamente sensata resulta relativamente sencillo identificar aquellos componentes -inmateriales o materiales- a los que otorga valor (la vida, la libertad, la salud, la familia, el dinero, etc.). Una vez que conoce esos activos, el recelo (real o imaginario) de que a dichos activos les pueda ocurrir algo no deseado, le genera un cierto grado de angustia o ansiedad. Y esa ansiedad será mayor cuanto mayor sea su dificultad para identificar las posibles amenazas, cuanto menor sea su información. Es decir, siente temor ante lo desconocido: tiene MIEDO.

Gestionando la mercancía

Conforme somos capaces de reconocer nuestros activos principales, y de identificar las amenazas que pueden comprometerlos, aumenta nuestra posibilidad de valorar el riesgo y rebajar nuestro nivel de vulnerabilidad. Ese mecanismo nos permite comprobar que si aumentamos el conocimiento, disminuye el temor y, por tanto, disminuye el miedo.

Son innumerables los ejemplos en la vida que nos permiten observar lo comentado:

Es habitual en algunos niños sentir miedo de la oscuridad. Ese miedo suelen paliarlo mediante alguna luz que se les deja encendida. Lo que les produce el miedo es desconocer qué puede ocultarse en la oscuridad. No son capaces de identificar ni concretar amenazas, y ese desconocimiento les crea el temor que fácilmente llega a convertirse en pánico; pero en cuanto desaparece la oscuridad y reciben información de aquello que realmente les rodea son capaces de determinar que no existe amenaza y consiguen tranquilizarse.

Cualquier persona siente temor ante la presencia de un toro salvaje, pues ignora todo acerca de su comportamiento y cómo evitarlo. Pero un torero ha aprendido a conocer el comportamiento del animal y cómo poder manejarlo, por lo que es capaz de superar ésa angustia y enfrentarse al toro gracias al conocimiento que tiene del activo que protege, de una amenaza perfectamente identificada, de su capacidad de valorar el riesgo, y de sus posibilidades para hacerlo.

Un empresario puede conocer sus activos y saber -por ejemplo, que la información que maneja es el más importante de ellos, pero si ignora las amenazas a las que están expuestos dichos activos no sentirá miedo alguno. Y si conoce las amenazas, pero no sabe protegerse, sentirá temor porque presiente su vulnerabilidad.

Un deportista que practica dejarse caer desde un puente de considerable altura, sujeto por un arnés y una cuerda, considera que mantiene su vulnerabilidad bajo control porque cree que su amenaza de caer al vacío queda eliminada por los sistemas de sujeción.

Los ejemplos anteriores nos permiten considerar diversos aspectos sobre la gestión del miedo; por ejemplo:

  • La relación directa entre la información disponible y el nivel de temor.
  • La inexistencia del temor sólo es posible cuando no se tiene capacidad de conocer la amenaza.
  • Algunos sujetos son capaces de afrontar algunos miedos, mientras que otros agradecerían una adecuada protección.
  • Una persona custodiada cree disponer de mayor seguridad, pero tiene menos libertad que otra no custodiada.
  • La seguridad está fuertemente reñida con la comodidad.
  • La seguridad no es más que una ilusión del consumidor.
  • Igual ocurre con cualquier sistema ya sea éste social, físico o cualquier otro.

 El famoso aforismo de que la seguridad 100% no existe es cierto, precisamente,  porque la seguridad no es más que una ilusión cognitiva. La seguridad es algo que tiene todo el aspecto de ser cierto, pero que no lo es, es decir: se trata de un sofisma para nuestro razonamiento.

La moneda

Con lo visto hasta ahora, no deja de ser curioso que siendo nosotros (nuestra ignorancia) quienes generamos la mercancía (el miedo) encima estemos dispuestos a pagar a otros por tener la ilusión de que nos libran de algo que nosotros mismos hemos contribuido a crear. Pero bueno, ya comentamos anteriormente que el universo del razonamiento es un universo que no somos muy partidarios ni de visitar ni de permanecer en él. Parece que nos sentimos más confortables en el universo de las ilusiones; tanto es así que por la más virtual de ellas, la seguridad, estamos dispuestos a pagar con la moneda más cara de cuantas existen: con la de nuestra libertad.

En las democracias, conseguir que un individuo someta su libertad de forma voluntaria no resulta sencillo porque, precisamente, se trata de que el individuo crea ser libre. Una vez más la ingeniería social aporta la respuesta en forma de mercado: fomenta el miedo para aumentar la demanda de seguridad y conseguirás que te paguen entregando parcelas de libertad individual.

De antiguo se conoce que el mecanismo más sencillo para someter la voluntad del humano es el miedo. Ayudarle a idealizar personajes de los que desconozca lo máximo posible, sirve para auxiliar al sujeto a canalizar su miedo. Tanto desconoce un niño de El Coco como un adulto de Illich Ramírez Sánchez «Carlos» o de Bin Laden, pero los tres personajes producen el mismo efecto. De igual forma, los conceptos genéricos son suficientes para estimular nuestras ilusiones y hacernos creer que sabemos algo acerca del potencial peligro del temible Coco que se lleva a los niños que duermen poco, de un misterioso líquido que puede resultar explosivo en un avión, o de la yihad, la «guerra santa» de una sociedad de la que todo desconocemos. Creemos saber lo suficiente como para entregar nuestra libertad… y encima dar las gracias.

Una pandemia o un caos monetario también sirven para testar la sumisión. A fin de cuentas, lo único preciso es que tras la amenaza exista algo desconocido e invisible para la masa: da igual el Coco que una foto de un señor y un nombre-con-leyenda,  un virus misterioso o un complejo concepto de macro economía.

Nos empeñamos en vivir la paradoja de Peter Pan, rehusando crecer en ese universo del que creemos tener toda la información, y elegimos quedarnos con lo que creemos saber mejor que con aquello que realmente sabemos. Y eso… ¡pese a ser conscientes de ello!.

El precio

Y usted… ¿cuánto está dispuesto a pagar?

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Marginocracia

A las distintas formas de gobierno se les ha buscado -y casi siempre encontrado- un nombre descriptivo. Una de las formas de nombrar el tipo de gobierno consiste en colocar el sufijo cracia a modo de descripción del concepto contenido en el prefijo: democracia (del pueblo), plutocracia (de los ricos), aristocracia (de los excelentes), etc.

A fecha de editar ésto, los principales buscadores de la red no recogen -aún- la palabra marginocracia, y pese a ello resulta relativamente fácil comprender la intención de su significado: referir el gobierno de lo marginal. Cabe en lo posible que dentro de no demasiado tiempo, el vocablo -como tantos otros- entre a formar parte de nuestras vidas con plena naturalidad.

Sin embargo, no deberíamos dejarnos llevar únicamente por la etimología para pretender que ya conocemos el concepto político de marginocracia, porque tal cosa nos podría hacer creer que es a los políticos que nos gobiernan a quienes definimos como marginales, como personas situadas al margen de algo o alguien.

Marginal es aquella persona situada extramuros, fuera de unos márgenes preestablecidos. Tanto el margen como la ubicación a uno u otro lado de ése margen, lo establece la sociedad. Aquellos situados fuera de los márgenes son llamados marginales y, proporcionalmente, suelen ser minoría. La sociedad se ocupa de que -además- aquellos que permanecen intramuros y en presunta mayoría, desprecien -o cuando menos, ignoren- a los marginales. Respecto de la denominación de los que permanecen dentro de los márgenes no existe mucho acuerdo: hay quien los llama personas honestas o personas honradas o gentes de bien, y hay quien los llama borregos o corderillos.

Es el caso que los políticos, que permanecen dentro de los muros creados por ellos mismos, han creado una serie de normas y leyes para que los de dentro sean protegidos de los de fuera.  No se sabe muy bien de qué deben ser protegidos, pero el caso es que los de fuera se encargan de que los de dentro se sientan lo suficientemente molestados como para considerar que una protección les viene bien.

El marginal, como es lógico, no siente ningún interés en respetar las leyes que ellos deciden les son ajenas, porque, encima, están hechas por los del otro lado del margen. Igualmente, en buena lógica, tampoco contribuye al pago de impuestos, con lo cual el no marginado  siente aún mayor repulsión del marginado puesto que, además,  éste no solo no contribuye económicamente al soporte del sistema sino que produce unos gastos onerosos que repercuten en el bolsillo del no marginado.

Hasta aquí, y hasta hace poco tiempo, ése era el modelo de convivencia. Incluso las normas y las leyes habían previsto crear unos cuerpos de policía para encargarse de la observancia y el cumplimiento de esas normas y esas leyes. Si un marginal decidía robar a otro, o asesinarlo , o entrar y quedarse en la casa de otra persona, o defecar en la vía pública, o gritar a altas horas de la noche molestando a los vecinos o construir una chabola en el centro de una ciudad e instalarse a vivir allí, los cuerpos policiales intervenían para restaurar el orden y detener a los infractores, mientras que los jueces aplicaban aquellas leyes que protegían a los de dentro, y castigaban a los de fuera.

La marginocracia consiste en la inversión del beneficio -hasta ahora convencional- a ambos lados del margen.

A día de hoy, si persona de actividad marginal (o grupo allende los márgenes de la Ley), decide expoliar un banco, los gobernantes -supuestamente no marginados- ordenan una exacción al pueblo para que el marginal ladrón (o sociedad marginal de ladrones) pueda seguir disponiendo de más dinero.

ellosEl marginado homicida (o sus palmeros), se trate aquél de menor oligofrénico, truhán de ayuntamiento, bailaor, torero o pistolero de banda armada, recibirá un trato más acorde con los intereses mediáticos que con los meramente legales, puesto que lo realmente importante para nuestra sociedad no es la aplicación de la Ley, y la protección a la víctima,  sino la «protección del menor equivocado», la clá del partido que apoye al truhán,  “el arte” del bailaor, la valentía del torero, o la comprensión de la opresión padecida por el pistolero.

Si alguien ocupa la vivienda propiedad de otra persona, el propietario es advertido por la policía y el juez para que no se le ocurra molestar a su nuevo inquilino, bajo amenaza de cárcel.

Está prohibido molestar a las policías de los ayuntamientos si alguien está infringiendo cualquier norma promulgada por el propio ayuntamiento, puesto que la policía del municipio sólo puede atender llamadas urgentes. Por tanto, si alguien decide impedirle a usted circular con su vehículo o pasar a través de un vado municipal por el que paga los impuestos, o desea estar dando voces y haciendo ruidos hasta que amanezca, usted deberá abstenerse de molestar a la policía que el ayuntamiento ha creado para atender dichas situaciones. Es más: cualquier oficina de policía municipal que se precie, responderá a su requerimiento con la ya famosa frase: “Nosotros es que no podemos hacer nada”.

Si alguien decide ocupar un espacio en el centro de la ciudad -e invoca una clave en forma de siglas de número y letra- no deberá ser molestado, según consta en las instrucciones dadas desde el gobierno de España a su policía (supuestamente la nuestra). El marginado podrá molestar al resto de viandantes o comercios de la zona cuanto le resulte oportuno, mientras que el no marginado deberá permanecer atento para no perturbar las actividades que el marginado desee realizar. Por supuesto, si el marginado ha decidido ensuciar espacios públicos, el gobierno municipal se afanará para pedirle a usted impuestos con los que costear la limpieza.

De hecho, la frase más escuchada por los de dentro en los últimos tiempos en España, de boca de las decenas de variados y multicolores cuerpos de policía que paga de su bolsillo es: «lo siento, pero nosotros no podemos hacer nada».

Pero… ¿y entonces?

Si ya no tienen validez las normas hechas por los de dentro, ¿por qué hemos de pagar impuestos por servicios que no son tales y diseñados para hacer cumplir normas obsoletas?.

Difícil poder comprender la marginocracia, ése emergente gobierno de los marginados, ejercido precisamente por aquellos que les marginan. Manda güevos, … que decía el cartagenero aquél al que fascinaba asaltar islotes y cantaba la gesta cual juglar fallero: «Al alba, y con un tiempo duro con viento de levante de 35 nudos…».

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PONGA UN S.A.T. EN SU VIDA…Y QUE NO LE PASE NADA

 Si, lo hemos hecho. Hemos llamado a un S.A.T. Todo fue, porque un buen día, la placa eléctrica de la cocina dejó de funcionar previo cortocircuito, pero… eso os lo contaré luego.

Recuerdo que en mi pueblo, no existía esto de los SAT. Estaba Miguel, el fontanero y Pagán, el del taller de bicis, pero SAT como tal, ni uno. Sería curioso averiguar el origen del invento, y ya puestos, comprobar si el resultado final se corresponde con la intención primera.

He de reconocer, que a mi,  personalmente, cada vez que pienso en el significado de las siglas SAT, me invade una especie de emoción: “Servicio de Asistencia Técnica”. La palabra Servicio, puesta así con mayúscula, me eriza los pelos del cogote; implica una idea de disposición permanente, indiferente al reloj o al calendario, casi alejada del mundo frío del comercio, implica la existencia de unas personas que han nacido con el propósito único de vivir pendientes de que tu no tengas ni un sólo problema. Mira, que se me erizan los pelillos.

La segunda palabra, Asistencia, es una clara alegoría al Amparo, a la Protección, al cese de penas y calamidades, una palabra balsámica donde las haya.

¿Y que me decís de Técnica?. Una maravilla. Todos sabemos lo que avanzan las ciencias hoy en día. Pues tal cual. Lo último. El dominio perfecto de la ciencia. Para que os hagáis una idea: un SAT de fontanería no tiene nada que ver con Miguel, el de mi pueblo. A un auténtico SAT le da igual utilizar esparto para soldar, que un rayo láser de última generación, porque es que ellos son así, ¿comprendéis?. Ellos dominan la ciencia.

Bueno, pues hete aquí que he descubierto que los SAT no sólo dominan las últimas tecnologías, sino que sometidos a una ligera presión mental, son capaces de liberar ciertas expresiones verbales, que simulan bastante bien la respuesta que podría dar un humano vulgar aquejado de idiocia. Tal es la cantidad y calidad de las expresiones que vierten estas criaturas, que aquí os expongo algunos ejemplos que hemos podido recoger de algunos SAT, y además os invito a irlas encuadernando y ampliando con las que consigáis de otros SAT. Algún día en el próximo milenio, quizá puedan utilizarlo nuestros nietos como documentos al estudiar la degeneración del cerebro humano. A diferencia de la inteligencia, lo de los SAT no puede ser ni siquiera artificial: es totalmente natural.

A algunos de vosotros, ya se os harán conocidas algunas de las muletillas que a modo de mantra técnico recitan alguna de estas criaturas como explicación comodín con independencia de la pregunta que se le haya formulado, tales como “eso es que es así”, “usted no se preocupe”, “estamos en ello”, etc.

Mi tío Fede, en una ocasión, se compró un coche Peugeot 405 totalmente nuevo. Estaba muy contento con el coche, pero le preocupaba un ruido horroroso a chatarra rancia que hacía al frenar en marcha atrás. Ya había decidido llevarlo al taller, y yo le acompañé esa tarde.

Recuerdo que mientras mi tío le explicaba al SAT de turno el problema, el SAT miraba a mi tío como quien contempla con resignación a un imbécil. Cuando mi tío terminó de explicarle el problema, el SAT realizó un gesto SAT: ladeo de cabeza, arqueó las cejas en gesto de infinita paciencia en fase de concentración, inspiró sonoramente (intracapilar/intranasal) un par de litros de aire y separó lentamente las palmas de ambas manos en actitud litúrgica, acompañado todo ello de la frase-comodín “esto es que es así”. Naturalmente, mi tío, que era mucho tío, al día siguiente tenía un Audi.

Algunas de estas frases (o quizá mejor dicho, expresiones verborreicas), por si solas, producen espanto y repelús al ser oídas, en especial, cuando aún no has preguntado nada, y el SAT te suelta de repente eso de “usted no se preocupe”. A partir de ahí, no sólo es lícito, ¡sino recomendable!  echarse a temblar.

El hábitat de un SAT es reconocible por algunas cosas que le son propias, por ejemplo: “la recepcionista”, o el “ordenador”. La “recepcionista” no tiene nada que ver con sus congéneres en otras entidades comerciales. Suele tratarse de una joven especialmente desagradable, enemiga del agua y jabón, no lobotomizada pero casi. La “recepcionista” suele hacer preguntas que ella misma no comprende, pero que sirven para hacer perder el tiempo y la paciencia a los clientes, y especialmente, para desalentar cualquier intento de queja o protesta.

El “ordenador” de un SAT no es un ordenador cualquiera, no. Es el más lento y con el programa más complejo que se pueda pensar. A la hora de recibir algo para ser reparado,   la lerda teclea durante horas y horas cosas complejas e incomprensibles y finalmente saca de la impresora un papelajo ininteligible pero con número de serie. Pues bien, cuando vas a recoger la cosa, en vez de preguntarte por algo sencillo como aquél número de serie, o DNI, o apellidos, te preguntan: «¿cuál es el número de su teléfono?”.

Pues como os comentaba al principio, nosotros tuvimos necesidad de llamar a un SAT. Habíamos localizado una avería en el sistema eléctrico de la placa de la cocina. La cosa, en principio, no tenía excesiva complejidad, quizá algo menos de una hora de trabajo, pero donde esté un SAT que se precie, no vale ni lógica, ni normalidad, ni nada. Tal vez le hubiera podido vender a Berlanga el guión para una buena película.

De momento, y como está estipulado, la hora en que el SAT se te aparecerá, es aleatoria. Tu no pintas absolutamente nada en tu casa. Se supone que tu ni trabajas, ni estudias, ni tienes nada que hacer en esta vida más que esperar a que el SAT decida ir a tu casa, puesto que el SAT irá cuando a él le de la gana, no cuando tu quieras, creyendo aquella imbecilidad de que el que paga manda.

Bueno, pues el primer día se presentó el SAT. Alguien dijo que la cara es el espejo del alma y en este caso era cierto. Nada más entrar creí que se trataba de un programa de cámara oculta de algún concurso, porque el señor, aparte de su porte y expresión totalmente saineteros, me preguntó con absoluta naturalidad si yo tenía “una llave del 14″. Ciertamente tenemos en casa algunas llaves antiguas a modo de adorno, pero no se yo si son del 14 o de otro año. De todas formas, a mi no me casaba lo de la llave, por lo que deduje que debía de tratarse de una expresión técnico-científica propia de estos individuos, así que le contesté que no. La cosa debió contrariarle bastante porque se puso en actitud de gran concentración y finalmente dijo que -con mi permiso-, iba a comprar una, saliendo rápidamente de casa.

Aunque la ferretería está a 316 metros de casa, la criatura regresó dos horas y media después, dando excusas incoherentes y estupideces variadas, con sospechosas vaharadas etílicas, tras lo cual, se puso con verdadero ahínco a realizar tareas con la placa de cocina, que él debía considerar propias de su oficio, y por las que resoplaba abundantemente, acompañándose de jaculatorias y otras expresiones ininteligibles mientras manipulaba, haciendo alarde de una torpeza manual insuperable. El curioso ser, cambió la placa (que se veía normal), pero no hizo comentario alguno (creo que no lo veía) de unos diez centímetros de cable totalmente achicharrado en un empalme junto a la placa, y evidente lugar del cortocircuito. Ya se disponía a volver a cerrar todo el conjunto fogonero, cuando le pregunté si aquello tostado tendría alguna relación con la avería. La criatura debió llegar a otra encrucijada en su misterioso pensamiento, porque poniendo el mentón en suspenso sobre una de sus extremidades superiores, me confió con gran sigilo que iba a tener que cambiar el cable, y al efecto, hizo acto resolutivo, volviendo a conectar de forma provisional (un detalle por su parte) la tubería del gas para que pudiéramos cocinar, porque, ¡él volvería mañana!.

Lo de volver mañana lo dijo con naturalidad, sin alteración del pulso, dando por hecho que mi madre sufrió los dolores del parto, sólo para que el SAT tuviera a quién jeringar a la mañana siguiente. Me quedé con gran asombro y desconcierto, asido al pomo de mi puerta, pero a la mañana siguiente, allí estaba yo esperando. Su entrada fue gloriosa. Ignoro por cual extraña razón, esta especie de bipedus aleladus, tiene la extraña costumbre de dirigirse a sus víctimas diciéndoles, “caballero”. Cuando alguien me llama “caballero”, automáticamente me pongo en guardia, pues la desgracia planea cerca. Dijo: “Caballero, ¿tendría Ud. un trozo de cable?”. Volví a mirar en todas direcciones, pensando a ver donde podría estar oculta la cámara de TV, pero no veía opción, por lo que tuve que deducir que el ser, o bien se reía en mis barbas, o bien era falto de luces, de batería y de todo. Para abreviar el relato, repitió la tardanza y las torpezas del día anterior, pero no terminó ese día, pues al finalizar, no tenia silicona para sellar la placa, así que decidió que volvería al día siguiente.

Por un momento lo vi normal. Ya me estaba haciendo a su presencia. Era casi como de la familia, casi le echaría de menos cuando se fuese, así que al día siguiente volvió a aparecer. Era el tercer día. Menos mal que yo estaba de vacaciones, porque si no no se que habría pasado en mi trabajo. Bueno, pues efectivamente, lo habéis adivinado. Me preguntó si yo tenía silicona y la pistola para darla. Pero lo preguntó ya con familiaridad, mientras se quitaba la chaqueta. Le dije que ni se la quitase, que se marchara y no volviera nunca. Pero, ¿a que no adivináis lo que hizo?. Se puso a llorar.

Que le iban a despedir…

Que mire Ud, que tal y que cual…

Yo como soy un imbécil con certificado, me dio pena y le dije que bueno, que fuese a por la silicona, pero que si en 15 minutos no había vuelto, que no volviese nunca más. Y entonces lo hizo. Sin alterar un músculo, superó a Kevin Spacey en “Sospechosos habituales” y dijo: “Caballero, sé que me va a matar, pero ¿me podría dejar dinero para comprarla?”.

Fue genial. Rizó el rizo. Mentalmente le di las gracias porque ya tenía tema para contar en el blog. Supongo que el SAT, estará ahora representando alguna obra de gran prestigio en algún teatro londinense.

Finalmente, fue necesario llamar al SAT de verdad, al auténtico “Corberó», porque “el ser”, nos había puesto un cable de plancha con poca sección, que nada más enchufarlo empezó a humear de forma peligrosa junto a la tubería del gas.

Reconozco que cometí el error de ir a la OMIC para denunciar al hecho. Pero, ésa, …..¡es otra historia!.

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Un día cualquiera

 

Podría transcurrir esta historia en cualquier punto de España, pero va a ser en Pasajes de San Juan, esa pequeña y hermosa localidad guipuzcoana, donde va a tener lugar.

Son las siete menos cuarto dela mañana, y la vida comienza en un bloque de un humilde barrio obrero. En el tercer piso se enciende una luz, un hombre joven sale de un dormitorio y se dirige, bostezando, hacía el cuarto de aseo, poco después con el pelo todavía húmedo, y cubierto con una bata de baño, camina hacia la cocina, en donde comienza a preparar dos desayunos, pone una cafetera y un cazo con leche en el fuego y en una taza infantil echa dos cucharadas de Cola Cao. Luego prepara un buen montón de galletas, y apaga los fuegos, dejando que repose la cafetera que ya esparce por toda Ia cocina el familiar aroma a café.

Sin encender ninguna luz, guiándose por la claridad que viene de la cocina, entra en un pequeño dormitorio, se acerca a una cama en donde se aprecia la silueta de un niño y dulcemente le besa mientras susurra «despierta hijo», «ya es la hora», «el desayuno está listo», «no hagas ruido para no despertar a mama».

Se oyen las protestas habituales del niño, y el padre, como siempre, le coge en brazos y le lleva hasta el baño, le lava la cara y luego, amorosamente, vuelve a llevarle en brazos hasta la cocina, allí desayunan mientras el niño, de unos 9 años, le cuenta a su padre lo que ha soñado y lo que quiere que hagan por la tarde cuando regresen, él del colegio y su padre del trabajo. Terminan de desayunar y el padre insta al niño a que se apresure en vestirse, que se está haciendo tarde. Poco después, el padre vistiendo un uniforme de policía, entra de nuevo en su dormitorio, se acerca hacia la cama y con ternura besa en la mejilla a la mujer que duerme mientras le dice «hasta luego bihotza».

Sale de Ia habitación mientras piensa en lo hermosa y musical que resulta la palabra bihotza, es de las pocas palabras que ha aprendido en euskera, y le gusta; en castellano corazón no suena tan bonito. El niño le está esperando en la puerta, lleva la mochila a la espalda, coge la mano de su padre y bajan la escalera camino de la calle.

Cuando salen del portal, una fina lluvia les da la bienvenida, todavía hay demasiada bruma pero ya se puede afirmar que va a ser un día gris, como casi todos los días de este frío y lluvioso noviembre. Se suben las capuchas de los chubasqueros y apresuran sus pasos. Como todos los días el padre lleva a su hijo al colegio. Son casi las 8 de la mañana y tienen todavía una larga calle que andar.

De repente todo transcurre con enorme rapidez. Un hombre joven, de unos 35 años, sale de un portal por el que están pasando en esos momentos, saca un arma del bolsillo y dispara a la cabeza del hombre uniformado. El ruido es impresionante, el niño siente el tirón de la mano de su padre. Ve su cuerpo caer al suelo y en esos breves segundos, sus o]os clavan la mirada en el hombre que todavía tiene el arma en la mano. Se miran y los dos, asesino y niño, saben que nunca podrán olvidar ese rostro y esa mirada, El niño no entiende nada, tira del brazo de su padre mientras le grita, «¡levanta papá, voy a llegar tarde al colegio, levanta por favor!» Alguien le separa de su padre, le meten en un coche, sigue sin entender nada. Una mujer, también vistiendo un uniforme de policía, le besa y dice «pobrecito». Entonces no puede más, da rienda suelta a su miedo y su dolor, y comienza a sollozar desconsoladamente Han pasado muy pocas horas, pero todo en ese día es diferente, ha visto a su madre abrazarle con desesperación y llorar, luego les han llevado en un coche negro, muy lujoso como los de las películas, hasta un lugar lleno de gente, alguna de cuyas caras el niño recuerda haberla visto en televisión, y esas personas abrazan a su madre y le musitan palabras al oído, pero el niño no recuerda haberles visto nunca con su padre, está seguro que no son amigos, sin embargo, debe de estar equivocado, porque esas gentes tan importantes están saludando y besando a su madre como si la conocieran desde hace tiempo. Luego pasan a una sala en donde está un ataúd, que él sabe, porque su madre se lo ha contado, que es donde su papa esta descansando para siempre. Poco después, vuelven a llevarles en ese coche tan bonito hasta un pequeño cementerio Allí, le han dicho, es donde tiene que despedirse de su papá.

Nuevamente esos rostros de la televisión, abrazan a su madre y le entregan una bandera doblada.

El niño sigue sin comprender demasiado. No ha entendido las explicaciones de su madre sobre que tienen que regresar al pueblo donde están sus abuelos, al pueblo donde nacieron sus padres, porque aquí no pueden vivir, no ha entendido nada sobre que las gentes con las que todos los dias conviven; no les quieren, él sabe que a veces hablan un idioma extraño, pero en el colegio están enseñándoselo para que también él pueda hablar como ellos. Él tiene amigos y sabe que sí le quieren, pero su mamá insiste y dice cosas como que le ha quedado una pensión muy pequeña y que en el pueblo, por lo menos, podrán vivir con un poco de dignidad y sin aguantar humillaciones; dice algo como que no quiere que le llamen «maqueto». ¿Qué querrá decir eso?. También dice cosas como que una vez enterrado el muerto, los políticos se olvidan de los vivos, dice cosas como que no todos los muertos son igual de importantes, pero el niño sigue sin entender nada. Solo sabe que tendrá que irse de este lugar que es su tierra, donde ha nacido, donde tiene sus amigos y su equipo de fútbol, donde tiene el mar tan cerca, para irse a un lugar extraño y triste.

Luego, se encuentra en un vagón de tren, mira por la ventanilla y observa los cambios de paisaje: ya no están esos hermosos campos verdes ni ese cielo plomizo que parece llorar tanto, ahora atraviesan tierras áridas donde, a pesar de noviembre, brilla el sol, y en donde no hay atisbo de hierba.

Por fin, el tren se detiene en una pequeña y destartalada estación. Allí, dos ancianos, sus abuelos, a quienes todavía no conoce, les están esperando. Abrazan a su madre y a él, como si todavía fuera un bebé. Le cogen en brazos y le besan, empapándole los cabellos con sus lágrimas. Luego, más calmados, cogen el equipaje y caminan en silencio hasta una casa, en cuyo tejado hay una chimenea humeante.

Han pasado 20 años.

Un joven entra en el pequeño cementerio de Pasajes de San Juan. Es primavera, y el verde de los campos es mas esmeralda que nunca. Apresuradamente, se dirige a una tumba, en donde una lápida marca dos fechas y un nombre.

El joven, intenta recordar la cara de de ese nombre, que un día fue el padre con el que jugaba, aprendía y le hacía sentirse querido, pero otra imagen permanece en su retina; sacude su cabeza para borrar esos fantasmas que tanto daño le hacen y piensa en que su padre dejó de vivir en un año en el que muchos otros como él, fueron condenados a dejar de vivir sin que nadie supiese exactamente el porqué.

Ha prometido a su madre que rezaría algo e intenta recordar alguna oración de cuando era niño. Luego deposita unas flores sobre la lápida y sale del cementerio. Decide caminar y recorrer ese pueblo tan hermoso en donde pasó parte de su niñez.

Entra en un pequeño parque, donde un hombre, ya mayor, con el pelo encanecido juega con una niña. El hombre ríe feliz las gracias de la pequeña que le llama cariñosamente «aitona». De pronto comienza a llover suavemente. El hombre mira la tierra que poco a poco se humedce y empieza a andar hada la niña. En ese momento se cruza con el joven. Sus miradas se encuentran fugazmente. La lluvia cae más insistente. Vuelven a encontrarse sus miradas y recuerdan una mañana, vagamente similar, un uniforme, una pistola, disparos…

El hombre y el joven sacuden sus cabezas tratando de olvidar un día y una muerte sin sentido.

El joven sube las solapas de su chaqueta y sale del parque sin mirar atrás.

Descubre que no hay odio en su corazón.

Desde lejos le llega la voz del anciano llamando a su nieta: «Arantxa, etorri emen!!’‛

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Testamento Vital

 

Siempre he pensado, que ante algo tan absurdo pero inevitable como es el hecho de morir, más vale dejar bien claro que es lo que quieres hacer con aquello que no puedes llevarte a esa nada de donde nadie ha vuelto para contarnos si estaremos en otro plano astral, si seremos alimento para la luna o si simplemente dejamos de existir y sólo viviremos en el corazón de quien nos quiere. Esto vale no sólo para decir qué cosas de tu cuerpo quieres que se donen para que alguien pueda prolongar su vida gracias a que tu dejas de necesitarlas para continuar la tuya, sino para que las pocas o muchas cosas materiales que te pertenezcan vayan a parar a las manos de quien tu quieres, salvando, claro está, las legítimas que nuestras mejorables leyes que rigen la herencia lo permitan, poniendo a nuestra disposición el medio para realizarlo, es decir haciendo un simple testamento.

Pero nuestro Ordenamiento jurídico, imperfecto como casi todo, tenía una gran laguna en lo que respecta al derecho a decidir si deseas que tu vida la prolonguen por medios de todo tipo en busca de esa esperanza de lograr vencer a la muerte, o mejor sería decir, intentar lograr arañar unos años más de vida. aunque esa vida esté limitada y sujeta a tratamientos médicos, casi siempre agresivos o, para mí, inhumanos.

Creo que para tomar una decisión sobre tu vida, mientras puedas tomarla, es necesario que cada uno tenga claro que significa la vida para él. Para mí, vivir es eso, vivir, valga la redundancia. Es poder disfrutar con todos los sentidos de lo que el día a día te ofrece, es poder ver amanecer o atardecer y contarlo con tus labios, es enfadarte en el trabajo, es sufrir un dolor soportable pero hablar de ello, es cocinar, comer, pasear, amar, leer, es poder hacer aquello que deseas, tan sólo con las limitaciones que la edad te va imponiendo, no me importa que por la mañana me duela todo mientras pueda contarlo y seguir caminando aunque sea con ayudas, mientras mi cabeza, sobre todo mi cabeza, tenga la capacidad de razonar, de disfrutar, de alegrarse y de llorar, en definitiva seguir siendo un ser humano que sabe que lo es. Esto y mucho más es vivir para mí y todo lo que sea ver como vas degradándote, como va desapareciendo tu identidad, como vas siendo incapaz de saber quien eres, como necesitas ayuda para todo, aunque sea lo más insignificante, no lo considero vida.

Tal vez soy más dura para mi misma que para aquellos a quienes quiero, tal vez pienso en mi muerte con más serenidad que si lo hago pensando en la de mi pareja o mi familia más querida. Creo que tengo más claro lo que no quiero para mí que si tuviera que tomar esa misma decisión para ellos. Tal vez si llegara el caso, desearía retener a mi pareja junto a mi todo el tiempo del mundo, cuidándole con el mayor cariño aunque esa persona no tuviera nada que ver con la que era un tiempo atrás, y es que decidir por aquel o aquellos que amas es mucho más difícil que hacerlo por ti misma y espero no tener ocasión de comprobarlo.

Dicen que cada persona es un mundo aparte y desde luego que lo es. Tan respetable es para mí, quien tras quedar tetrapléjico a causa de un terrible accidente, no desea seguir viviendo siendo un vegetal pensante, que aquél que en las mismas circunstancias planta cara a la adversidad y es capaz de ilusionarse por lograr cada día una superación, todos conocemos el caso de alguien que en situaciones extremas ha conseguido realizar cosas que son casi milagros, hay miles de Stephen Hawkin anónimos que sólo pueden provocar admiración, yo estoy segura que en las mismas circunstancias no sería capaz de sacar fuerzas para seguir día a día viviendo sin vivir, o como dijo alguien en esta misma situación: «es terrible no poder espantar una simple mosca que se te ha posado en la nariz», esto es la mejor explicación.

Pero también hay que comprender que el que nosotros decidamos que no queremos vivir y no podamos cambiar esta situación sin ayuda externa, no tiene por qué repercutir sobre otra persona, en estos casos siempre de la profesión médica, que es quien haría posible que diéramos ese terrible paso. Es el eterno debate sobre la moralidad de la eutanasia y sobre el derecho a la objeción de conciencia de quien tendría que realizarla.

Entre tanto vacío legal y sin lanzar las campanas al vuelo, fue recibida con entusiasmo la ley 3/2005 de 23 de mayo por la que se reguló el ejercicio del derecho a formular Instrucciones Previas en el ámbito sanitario, creándose el Registro correspondiente, y el decreto 101/2006 de 16 de noviembre del Consejo de Gobierno, por el que se regula el Registro de Instrucciones Previas de la Comunidad de Madrid.

Se puede decir que las Instrucciones Previas son los deseos que podemos manifestar de forma anticipada respecto a la asistencia sanitaria que queramos recibir cuando por la situación clínica que tengamos, no podamos expresar nuestra voluntad. Es el llamado testamento vital.

Con fecha 16 de marzo de 2007, hice mi correspondiente solicitud en dicho Registro, expresando en qué casos quiero que se tengan en cuenta unos cuantos criterios como la capacidad de comunicarme y relacionarme con otros; el deseo de no prolongar mi vida en situaciones clínicamente irreversibles y otros similares, así como las situaciones en que deseo que se considere el documento que firmo y las instrucciones que deseo se tengan en cuenta en mi atención médica.

Con todos los defectos y todas las posibilidades de mejora, esta normativa arrancó con una entusiasta respuesta por parte de los madrileños. Yo tardé cuatro meses en conseguir cita para realizar mi inscripción, pero por lo menos es un paso para que los que no queremos ser tratados como conejillos de indias ante una situación que no tiene marcha atrás, podamos tener voz legal para decir NO a tratamientos que más parecen experimentos científicos que esperanzas de curación.

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MAYDAY O SOS

Bueno, ya he conseguido -a pesar de mi torpeza femenina- entrar en el barbecho este, que espero que poco a poco dé frutos… o no, es lo mismo. Lo cierto es que me ilusiona lo nuevo, lo maduro y lo viejo también, ahora que lo pienso quizá me interese casi todo lo que no esté «apolillao». Bueno, eso que intentaré aportar lo que me venga a la cabeza.

 

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Albertone

 ALBERTO SORDI

Es Febrero de 2003 y en el primer noticiario matutino nos comunican el fallecimiento de Alberto Sordi y a pesar  de saber que andaba ya por los 82 años y con problemas de salud, nos parece tan imposible que sospechamos se trata de las acostumbradas noticias que, con las prisas de llegar los primeros, están luego obligados a desmentir. Es la misma incredulidad con la que hubiéramos recibido el anuncio del imprevisto derrumbamiento de medio Coliseo. La desmentida no llega y de repente nos encontramos compartiendo un sentimiento común.

Albertone (los romanos siempre le llamaban así y sólo en el resto de Italia era Sordi o Alberto Sordi ), no era simplemente un actor sino un símbolo de la ciudad . Los papeles ideados, interpretados y casi siempre dirigidos por él, en sus 190 películas, han servido para dar a conocer el carácter de los italianos con un inconfundible toque “romano” y, a menudo, me parecía encontrar en mi vida cotidiana los personajes que le habían inspirado. Mezclándome con ellos, casi me sentía yo también una protagonista de sus historias y gracias a mi afición por el cine y a sus simpáticas interpretaciones, pronto aprendí el significado de las expresiones típicamente romanas, tanto del lenguaje como de los gestos.

A lo largo de su carrera había sabido representar la figura del romano de clase media, generoso pero desconfiado, de carácter expansivo y charlatán, chistoso pero con una vena melancólica, indisciplinado pero con el “terror” de la autoridad en uniforme, tradicional conquistador de turistas pero más “perro ladrador que mordedor”, enmadrado, cariñoso, supersticioso y poco dispuesto a matarse de trabajo. Era el típico señor simpático que mientras da conversación se cuela en la cola, aquel con el que se regaña y se termina tomando un café en el bar de al lado, porque se siente que es como de la familia, que se nos parece, que refleja nuestros defectos y nuestras virtudes.

Yo no le consideraba sólo un cómico; para mí era un gran actor dotado de una rara intuición para calarse en el personaje. Era seguramente mi favorito entre los actores italianos, el preferido entre Marcello Mastroianni, Vittorio Gassman y Nino Manfredi (el único de esa generación que le sobrevivió). Comparte mi adoración con Anna Magnani.

Por eso, con afecto y un poco de nostalgia deseo dedicarle este  homenaje,  recordando algunos de los personajes por él interpretados:

El “VIGILE” (guardia municipal) que consigue este puesto después de una vida de humillaciones y comprende inmediatamente que un simple uniforme le da la oportunidad de vengarse de pasadas ofensas.

El “SEDUTTORE” tenorio sin arte ni parte que busca con sus encantos masculinos el éxito que no tiene en su vida laboral y familiar; capaz de mentir con tal habilidad de convencer a su esposa que la mujer con la que le ha pillado en la cama, es fruto de su imaginación.

EL “CUENTISTA” que vive explotando el amor materno, la ingenuidad de su mujer y la credulidad de sus amigos, en una sucesión de sablazos, mentiras y timos.

El “CABARETISTA” bailarino-cantante-imitador chistoso de una compañía de desesperados que mientras se exhibe en improvisados teatros de remotos pueblos, se engaña a si mismo soñando una gloria que nunca llegará.

El “ITALIANO, BUENO, HONRADO Y EMIGRADO EN AUSTRALIA” incapaz de ambientarse en la sociedad de un país demasiado moderno para él, que decide casarse por poderes con una italiana honrada, de buena presencia y virgen, sin darse cuenta que en los 20 años que lleva fuera de Italia, las “sumisas”y “recatadas” mujeres que él recordaba ya no existen y sólo las desesperadas (léase prostitutas), aceptan estos matrimonios.

El “MEDICO ” que dedica cinco minutos cronometrados por reloj, a sus pacientes en el ambulatorio de la Seguridad Social, y mima sin límite a los enfermos que recibe en “su” ambulatorio particular, aconsejando sin remordimiento operaciones de apendicitis, anginas y partos cesáreos en “su” clínica , incluso cuando no hacen falta.

El “MORALISTA” estimado y ultra serio juez, adorado por las encopetadas damas de Acción Católica, inflexible y duro en sus condenas contra cualquier acción contraria a la decencia, mientras conduce una doble vida sin frenos ni leyes.

El “INSIGNIFICANTE BURGUES” apocado empleado ministerial sin títulos ni capacidades para ascender, que centra todas sus aspiraciones en su único hijo con tanto de carrera y que se convierte en un despiadado asesino cuando éste muere por error durante un robo a mano armada.

El “MARIDO MODERNO Y LIBERAL” que presume de su matrimonio abierto a nuevas experiencias mientras es él quien las vive, y que deja de ser moderno apenas la mujer confiesa su encaprichamiento por un guapo y culto profesor.

El “PADRE “, hombre de negocios rico, cínico y sin escrúpulos que considera acabadas sus obligaciones familiares con el aporte económico y que descubre la paternidad cuando se encuentra obligado a viajar con su hijo adolescente ingenuo y tontolón.

El “VETTURINO” (conductor de las típicas carrozas de caballos romanas) que después de 15 años paseando turistas por Roma, identifica su retiro en un asilo para ancianos pobres, con el triste fin de su viejo caballo destinado al matadero.

Podría seguir, recordando el taxista, el preso, el traficante de armas, el soldado durante la segunda guerra mundial, el especialista en timos, el jefecillo fascista, el carabinero, el…….

La lista es interminable y ni si quiera sé cuantas de éstas películas se conocen en España. En realidad la única cosa de la que hablaba siempre con amargura, era el obstruccionismo que había encontrado , cuando se trataba de promocionar sus películas en el extranjero. Quien sabe, a lo mejor al Poder no le gustaba la imagen que daba de la sociedad italiana.

Albertone era un verdadero “romano de Roma”. Había trascurrido infancia y juventud en el corazón del Trastévere, en un piso modesto de Via San Cosimato número 13, donde nació en 1920 y donde vivió hasta 1940 cuando falleció su padre. Se trasladó entonces con su madre maestra, sus dos hermanas y su hermano, a una casa de Via dei Pettinari , al otro lado del río Tiber y sólo cuando el centro de Roma comenzó a ser invadido de pubs, Mac-donnalds y americanadas varias, se hizo construir un maravilloso chalet en una de las más bellas colinas de Roma, justo sobre las termas de Caracalla.

El chalet con altos muros, proyectado por un sabio arquitecto, se confundía con las ruinas y edificios antiguos que le rodeaban, sin alterar la armonía del lugar. Curiosamente la plazoleta donde surgía el chalet llevaba el nombre de uno de los siete reyes de Roma, concretamente del segundo: Numa Pompilio, y los romanos espontáneamente ya han coronado Albertone como el octavo. Aquí ha vivido hasta su muerte, celoso de su vida privada y de sus amigos. Sus únicas “mujeres conocidas” han sido su madre y sus hermanas y cuando se le preguntaba por qué no se había casado contestaba siempre con un irónico: “me da miedo meter una extraña en casa”, motivo por el que plantó, a un paso del altar a una bellísima sudamericana. Poco amante de fiestas, teníamos ocasión de verle solamente en sus películas y en pocas y contadas participaciones a programas televisivos como invitado especial.

Tenía una bonita voz. De hecho fue uno de los niños cantores del coro de voces blancas de la Cappella Sistina hasta que, con la adolescencia, le cambió la voz, que asumió una característica tonalidad grave y profunda con una gran capacidad para imitar la manera de hablar de los famosos. Este don, le ayudó a ganarse unas perras en los comienzos de su carrera doblando en italiano películas extranjeras y todos le reconocemos cuando vemos una de esas viejas películas de Stan Laurel y Oliver Hardy, dando voz al paciente y sufrido “gordo”. También cantaba bien e incluso le gustaba escribir canciones que a menudo servían de columna sonora en sus películas, quizás porque su padre fue músico en la orquesta de la Opera de Roma donde tocaba la tuba.

A pesar de haber trabajado con actrices bellas y famosas, de estar rodeado de infinidad de jovencitas que le hubieran concedido sus encantos a cambio de un pequeño papel en sus películas,y de haber vivido la época dorada de la “dolce vita” romana, de él no se conocen amoríos, escándalos o hijos ilegítimos, que hubieran hecho las delicias de cualquier “paparazzi”.

Se dice que la única actriz por la que perdió la cabeza fue Silvana Mangano, estupenda intérprete de “arroz amargo”, pero estando ella casada con el productor Dino de Laurentis, nunca fue más allá de mandarla homenajes florales. Claudia Cardinale recuerda las veces que en Australia, vestido él de pobre emigrante y ella de mujer de “poca virtud”, se divertían entrando en las tiendas más lujosas de Sydney donde causaban escándalo y horror entre los refinados clientes. Con Mónica Vitti, compañera en numerosas películas, compartía el gusto por la buena cocina típica romana, y a menudo se les solía ver comiendo juntos, siempre en el mismo restaurante y en la misma mesa. Le encantaba también esconderse bajo las ventanas del chalet de Federico Fellini imitando los aullidos de un lobo, o los desesperados lamentos de un ser humano, aterrorizando a Giulietta Massina y terminando por regañar con Fellini.

A diferencia de muchos cómicos que en la vida privada son melancólicos, todos los que han tenido ocasión de frecuentarle, recuerdan su simpatía, su ironía y su alegría de vivir. Gran señor en el aspecto y modales, saludaba a las mujeres, besándolas la mano y conquistándolas con frases galantes y su innata dote de seductor. ¿Sabíais que de pequeño había ganado el premio de niño más guapo de Italia?

Durante toda su vida le acompañó la fama de tacaño, único defecto que se le reconocía y que daba pié a venenosos chistes. A su muerte, hemos descubierto con sorpresa que, hasta en este aspecto, ha sabido vivir con donaire. En total silencio había hecho construir, a sus expensas y en un terreno de su propiedad, un bellísimo centro para la tercera edad, donde las personas “mayores” pueden ir a pasar el día , estudiando, bailando, haciendo gimnasia o simplemente charlando mientras comen en un ambiente moderno y alegre. Todo totalmente gratuito gracias a una donación que la mantendrá en vida. Asimismo había creado una fundación que sostendrá y ayudará a los artistas jóvenes para que (palabras suyas) nunca pasen el hambre que pasó él hasta que le llegó la fama y mandaba diariamente miles de euros en víveres a los institutos que recogen a los niños con problemas familiares. Diariamente descubrimos nuevos aspectos de su silenciosa generosidad.

El día que Albertone cumplió 80 años, el actual alcalde de Roma Walter Veltroni, amigo suyo como antes lo habían sido sus respectivos padres, decidió regalarle el título de alcalde por un día. Aun le recordamos, emocionadísimo y con la banda tricolor, presidiendo la junta del día, inaugurando monumentos y recibiendo personalidades.

El afecto de los romanos por Albertone se ha podido comprobar el día de su muerte. La capilla ardiente colocada en una de las salas del Campidoglio, sede del Ayuntamiento romano, ha visto una peregrinación continua, una fila interminable de gente que durante un día y una  noche entera, ha esperado pacientemente para poder saludarle por última vez, aunque fuera a las cuatro de la madrugada. Su funeral celebrado en la Basílica de San Giovanni, ha reunido casi 300.000 personas y ha sido trasmitido en directo por la televisión estatal para contentar a los que no cabían. Terminada la ceremonia religiosa, se ha celebrado en la enorme plaza delante de la Basílica, un homenaje a su recuerdo,  proyectando en una gran pantalla algunas escenas de sus películas, bien conscientes que él no hubiera querido que sus admiradores no creyentes se sintieran obligados a entrar en la iglesia sólo para rendirle homenaje.

Es curioso pensar que una persona como en realidad él era, una persona que, como ha dicho Veltroni: “el único disgusto que nos ha dado en toda su existencia ha sido su muerte”, se quede como símbolo de los vicios y defectos de los italianos pero, en el fondo, es justo que sea así.

Su espíritu burlón andará organizando en el más allá una divertida película. Protagonista principal él mismo en el papel del rico magnate Berlusca dueño de televisiones, empresas de todo tipo, periódicos, jefe de gobierno y salvador de la patria. A su lado Vittorio Gassman como cínico ministro de justicia, cambiando el código penal cada vez que sirve una nueva ley para salvar a su jefe o a sí mismo, de la condena en uno de los múltiples procesos, organizados por los fiscales bolcheviques. Anna Magnani interpretará la madre de familia con marido (Aldo Fabrizzi) e hijo (Marcello Mastroianni) sin trabajo, harta de oír promesas que no se cumplen, mientras saca adelante la familia poniendo inyecciones en todos los traseros de los ricachos de la ciudad. Giulietta Massina interpretará la ingenua ama de casa que gracias a las seis o siete horas al día de demenciales programas televisivos, intercalados de sermones berlusconianos, cree sinceramente que el Espíritu Santo se ha encarnado para salvarnos y Fellini colaborará creando una escena surreal acompañada de la música de Nino Rota.

Estoy segura que será un gran éxito y ya me parece oír las carcajadas ante esta interpretación del único personaje que no le ha dado tiempo de llevar a la pantalla. Y mientras en el más allá se divierten, me asocio al sentir general de los romanos, que en el día de su muerte obscurecieron el cielo con un enorme cartel arrastrado por un avión, y que decía así:

“ESTA VEZ NOS HAS HECHO LLORAR”

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Jubilación, castigo o premio

 

Siempre me resulta curioso observar como una misma palabra o una situación, suscita opiniones tan absolutamente opuestas en personas pertenecientes, por lo menos en apariencia, a un mismo nivel económico o cultural, y si se trata del tema de las jubilaciones los resultados son exactamente eso, diametralmente contrarios.

De todas las adiciones que puedan existir la que menos comprendo es la adicción al trabajo. No vayáis a pensar que soy persona irresponsable o vaga, todo lo contrario, pero he de reconocer que mi mayor aspiración sería vivir de las rentas (claro que una condición básica sería tener algo que te cause rentas, que no es mi caso) por lo que descartada esta opción y habida cuenta que realizo un trabajo rutinario y monótono, en donde no puedes demostrar que vales para algo o en donde puedas utilizar tu cerebro para algo más que para decir una y otra vez al ciudadano que tienes delante los requisitos para pedir un certificado necesario para otro montón de trámites que al (a la) pobre españolito (a) (se me olvida siempre que hay que estar acorde con los tiempos o sea, empobreciendo cada vez más nuestra rica lengua y olvidando el plural genérico que parece ser que está mal visto entre nuestros queridos políticos(as) porque discrimina), ¡cuánta gilipollez!, bueno, pues eso, que ya que realizo una tarea que nada me satisface lo único que me alegra un poco es ir contando los días que quedan para jubilarme. Pero cuantas veces (que son muchas) expreso la alegría que tengo al ver lo poco que queda para poder irme y empezar de verdad a hacer cosas que me gusten, las opiniones de los que me escuchan suelen ser de extrañeza, unas porque para jubilarse hay que cumplir años y claro las mujeres, sobre todo, lo suelen llevar muy mal y otras porque según ellos(as) no saben que pueden hacer con sus vidas, pues en general la idea de jubilarse les parece una opción no por inevitable menos mala, y me suelen preguntar como si fuera un bicho raro «¿y que vas a hacer en casa?, ya verás como se te va a caer la casa encima» y a mi lo que me parece difícil explicarles es que me va a suceder como a un amigo de mi hermano que cuando se jubiló le comentó que no sabía de donde sacaba tiempo para ir al trabajo.

Bien es verdad que hablo como una integrante más de la masa trabajadora a la que el trabajo en nada enriquece su vida, otra cosa totalmente diferente es aquel (lla) (como veis soy contumaz en el error de olvidar expresar los dos géneros al hablar, vamos que me tengo que reciclar urgentemente) que realiza una actividad vocacional y por ello enormemente gratificante, sería el caso de profesionales sanitarios, o dedicados a la investigación o todo lo que roce creatividad: pintura, escultura, música, en fin todo ese tipo de tareas elegidas por uno mismo y en las que cada día puedes aportar algo de ti.

Estaba pensando que hace ya bastante tiempo también se podía decir que era un trabajo vocacional y muy gratificante aquel (lla) que ejercía de maestro (a) (observaréis que voy progresando en no discriminar a nadie) pero ahora aparte de haberse convertido en un trabajo de alto riesgo para la salud mental y física del (de la) que lo ejerce y habida cuenta que en los colegios han establecido como sinónimos las palabras educar = reprimir y todo (a) aquel (lla) que educa o sea reprime, es reo de la justicia. generalmente a instancias de unos (as) padres (madres) que han olvidado que debían ser ellos (ellas) los (las) que se encargaran de la parte educacional de los hijos (as) (el progreso mío va en aumento) y los colegios solamente del aspecto formativo. dudo mucho que los profesionales de la enseñanza no vean con alborozo la idea de jubilarse cuanto antes.

Ya que tengo la suerte de contar con muchos maestros entre mis amigos, podemos lanzárles la pregunta de si estarían encantados de continuar hasta los sesenta y cinco años o sí no ven la hora de poder jubilarse a los sesenta si tienen los años laborales que son precisos para ello.

Es un misterio para mi la cantidad de pacientes que tienen los psicólogos y psiquiatras a cuenta de la llegada de la jubilación. Son todas esas personas para las que ese día les representa su final como ser activo. el sentir que «ya no sirven para nada» que «ya no tienen nada que hacer en la vida», cuando debería ser todo lo contrario, un tiempo para ser uno mismo, para disfrutar de cosas tan sencillas como pasear, leer, descubrir los mil y un lugares de la ciudad en la que vivimos y que seguro desconocemos, un tiempo para compartir con tus amigos o con tu pareja (si verdaderamente es eso, pareja) esos instantes que antes el trabajo te vedaba, para compartir con ella (pareja ¿eh?) paisajes o lugares que sin tener sus ojos cerca no serían lo mismo. siempre pienso que quien así se siente es aquel que no tiene una vida privada que pueda definirse como feliz, aquel para el que su casa no es un hogar, aquel hombre que mira a su mujer y lo único que piensa es «¿de que puedo hablar con ella?», o aquella mujer que dice esa frase tan oída de «vaya estorbo tener a mi marido todo el día en casa», son personas que se han acostumbrado el uno al otro mientras no interfieran demasiado, personas que han dejado de estar enamoradas y les resulta insoportable la idea de estar solos, pero yo soy de las que creen que aunque la pasión se adormezca, el placer de ver al otro, hablar, acariciarse con ternura aunque no haya un deseo sexual en ese gesto, son cosas que no mueren nunca mientras ames a tu pareja con todos sus defectos y sus escasas virtudes o viceversa, y que compartir una buena película, un comentario del periódico, o simplemente una tarea domestica pueden hacer que el balance del día sea de lo mas positivo, y que no sería igual si no tuvieras al lado alguien con quien quisieras vivir esas sencillas sensaciones.

Siempre que pienso en la jubilación y en las opuestas opiniones de la gente me hace compararlo con la llegada de la menopausia en la mujer, es otro de los misterios incomprensibles para mi. Hay mujeres para las que el final de su etapa reproductora resulta de lo más frustrante y no por el hecho de no poder concebir, sino por la sensación de que su vida como mujer se ha terminado, son cosas que yo las adjudico a siglos pasados pero que aquí y ahora se siguen repitiendo. Son mujeres que rechazan a sus maridos. Son aquellas que piensan que ya son viejas y nada deseables. Sin embargo para otro numeroso grupo de féminas, es toda una liberación, es el final de una esclavitud, es el final del miedo al embarazo no deseado. El no tener que pensar en métodos anticonceptivos, ni tener que pensar en si hoy es un día bueno para el amor sin relacionarlo con días fértiles. Es el final de tantas angustias cuando la regla no llega en el día que debería haber llegado, es el final de molestias e incomodidades que parece mentira que en el siglo que vivimos, no se inventen cosas más cómodas para hacer más llevaderos esos días. Es por encima de todo, el comienzo de una vida sexual espontánea y nada encorsetada. Pero está visto que el ser humano es contradictorio y eso es enriquecedor. Las opiniones no deben ser unánimes, lo importante sería que cada uno con su manera de pensar fuera lo más feliz posible, y que para unos castigo y para otros premio, supieran aprovechar al máximo ese tiempo que la vida les concede para redescubrir sus corazones, para redescubrir su entorno. para redescubrir a los demás, para no estar tan crispado, para alegrarse de que las envidias y las zancadillas, tan inevitables en el ambiente laboral, se hayan terminado, en resumen: para ser feliz con lo que se tiene en el momento en que se tiene.

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Lo que a nadie importa

Nadie lo dijo… porque nadie lo preguntó.

En sitio alguno aparece el modo en que los investigadores de la matanza del 11 de Marzo de 2004 en Madrid, consiguieron poner el apellido Ahmidan al sospechoso Jamal.

Fueron dos confidentes de las fuerzas de seguridad españolas, quienes aportaron los datos que acabaron llevando a los investigadores hasta el personaje Jamal Ahmidan. El confidente del Cuerpo Nacional de Policía, Suárez Trashorras, dijo conocerlo como Mowgly, y el confidente de la Guardia Civil dijo conocerlo como Jamal, pero ninguno de ellos mencionó el apellido Ahmidan.

En el canal de Mijares Abogados en Youtube, puede verse un video en el que Gerardo Turiel expone sus dudas acerca de la existencia de un tribunal especial, como lo es la Audiencia Nacional.  Gerardo Turiel era un prestigioso abogado de origen asturiano, y fue defensor en el juicio del 11 de Marzo y en la denominada «operación Pipol», del confidente del CNP Emilio Suárez Trashorras. La «operación Pipol» estaba relacionada con tráfico de drogas y también tráfico de explosivos.

Justo el 11 de Marzo de 2007, durante el juicio por el caso del 11 de Marzo, Gerardo Turiel tuvo un fuerte enfrentamiento con el presidente del tribunal de la Audiencia Nacional. El motivo fue que el letrado demandó al que fue jefe de los servicios de Información del CNP, Jesús de la Morena, que razonase los motivos legales en los que se basó para detener a su defendido. Turiel no lo consiguió. El presidente del tribunal se encargó de evitar que respondiera.

El señor Turiel falleció en plena calle en Benalmádena (Málaga), el 15 de Enero de 2008, de un repentino fallo cardíaco. En diciembre de ése mismo año, el también abogado en la «operación Pipol»,  Alfonso Díaz Moñux, falleció tiroteado en el interior de su coche, en Madrid.

Parece ser que nadie ha sentido jamás curiosidad por saber cómo pudo ser identificado Jamal Ahmidan, y cuándo ocurrió.

Claro que si se supiera, algunos aspectos del sumario no podrían ser explicados.

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