Y usted… ¿cuánto está dispuesto a pagar?

El mercado

Llamamos mercado al ambiente social en el que tienen lugar las transacciones, el intercambio, entre quienes demandan algo y quienes lo ofertan.

Como todo el mundo conoce, el demandante es quien compra y/o consume aquello que el ofertante produce y/o vende.

Quien oferta algo, espera, a su vez, recibir otro algo a cambio, lo que conforma la idea de obtención de beneficio por ambas partes, es decir: el fin que persigue el mercado.

Es conocida la práctica del fomento de la demanda, y existen múltiples y variados ejemplos: desde la simple publicidad comercial de un producto, hasta la difusión premeditada de enfermedades para comerciar con productos de laboratorio. Pero hay un aspecto dentro del concepto mercado que conviene no dejar pasar por alto, y es la existencia de elementos que son objeto de demanda y oferta que no son tangibles, y susceptibles -igualmente- de dicha práctica de fomentar la demanda. De forma inconsciente tendemos a creer que en el mercado sólo se comercia con cosas tangibles, y eso es un error. Especialmente cuando nosotros estamos en  ése mercado.

Nosotros

Desgraciadamente, el universo del razonamiento no es el único en el que nos movemos. Ni siquiera es el que más habitualmente utilizamos. Donde pasamos la mayor parte de nuestra vida es en el mundo de las ilusiones; especialmente en el de las ilusiones cognitivas, aquellas con las que engañamos a nuestro propio cerebro. Prácticamente la totalidad de la información que nos facilitan nuestros sentidos llega a nuestro cerebro ‘sin necesidad’ de que apliquemos el filtro de la razón. Quizá la causa esté en lo que los psicólogos llaman pereza o debilidad de la voluntad, pero lo cierto es que preferimos quedarnos con lo que creemos saber mejor que con aquello que realmente sabemos, ¡pese a ser conscientes de ello!.

El ejemplo más habitual para intentar demostrar esta afirmación es el arco de St. Louis, en Missouri (U.S.A.). Se trata de unst-louis-arch enorme arco que cruza el río Mississipi y es muy característico de la ciudad. Como puede verse en la fotografía (y sea cual sea el ángulo de observación del arco) siempre parece más alto que ancho, pese a que su altura y su base miden exactamente lo mismo. Uno puede medirlo en persona y comprobar que ambas distancias son idénticas, pero seguirá viendo un arco más alto que ancho.

Una de las ilusiones del conocimiento más productivas es la de la seguridad, y sin embargo, probablemente, sea la más falsa de las ilusiones cognitivas y la más virtual, porque la seguridad no es mas que un sofisma para nuestro razonamiento: algo que no es cierto, pero que tiene todo el aspecto de serlo.

La mercancía

Nuestra demanda, consciente o inconsciente, de seguridad, procede de nuestra ignorancia, de nuestro desconocimiento, es decir, del miedo. Es nuestro desconocimiento y nuestra ignorancia lo que convertimos en mercancía.

Innata al ser humano es la angustia que le puede producir la incertidumbre. Tal conducta no parece lógica en unos seres que a lo largo de su vida únicamente disponen de la certeza de la muerte.

En realidad, la vida consiste en caminar del brazo de la incertidumbre, y sin embargo, el hombre aspira a la certidumbre, a sentirse a salvo de cualquier peligro, daño o riesgo (real o imaginario), lo cual no hace, sino, añadir una nueva dificultad en su vida: la dificultad para identificar las amenazas.

Para una persona medianamente sensata resulta relativamente sencillo identificar aquellos componentes -inmateriales o materiales- a los que otorga valor (la vida, la libertad, la salud, la familia, el dinero, etc.). Una vez que conoce esos activos, el recelo (real o imaginario) de que a dichos activos les pueda ocurrir algo no deseado, le genera un cierto grado de angustia o ansiedad. Y esa ansiedad será mayor cuanto mayor sea su dificultad para identificar las posibles amenazas, cuanto menor sea su información. Es decir, siente temor ante lo desconocido: tiene MIEDO.

Gestionando la mercancía

Conforme somos capaces de reconocer nuestros activos principales, y de identificar las amenazas que pueden comprometerlos, aumenta nuestra posibilidad de valorar el riesgo y rebajar nuestro nivel de vulnerabilidad. Ese mecanismo nos permite comprobar que si aumentamos el conocimiento, disminuye el temor y, por tanto, disminuye el miedo.

Son innumerables los ejemplos en la vida que nos permiten observar lo comentado:

Es habitual en algunos niños sentir miedo de la oscuridad. Ese miedo suelen paliarlo mediante alguna luz que se les deja encendida. Lo que les produce el miedo es desconocer qué puede ocultarse en la oscuridad. No son capaces de identificar ni concretar amenazas, y ese desconocimiento les crea el temor que fácilmente llega a convertirse en pánico; pero en cuanto desaparece la oscuridad y reciben información de aquello que realmente les rodea son capaces de determinar que no existe amenaza y consiguen tranquilizarse.

Cualquier persona siente temor ante la presencia de un toro salvaje, pues ignora todo acerca de su comportamiento y cómo evitarlo. Pero un torero ha aprendido a conocer el comportamiento del animal y cómo poder manejarlo, por lo que es capaz de superar ésa angustia y enfrentarse al toro gracias al conocimiento que tiene del activo que protege, de una amenaza perfectamente identificada, de su capacidad de valorar el riesgo, y de sus posibilidades para hacerlo.

Un empresario puede conocer sus activos y saber -por ejemplo, que la información que maneja es el más importante de ellos, pero si ignora las amenazas a las que están expuestos dichos activos no sentirá miedo alguno. Y si conoce las amenazas, pero no sabe protegerse, sentirá temor porque presiente su vulnerabilidad.

Un deportista que practica dejarse caer desde un puente de considerable altura, sujeto por un arnés y una cuerda, considera que mantiene su vulnerabilidad bajo control porque cree que su amenaza de caer al vacío queda eliminada por los sistemas de sujeción.

Los ejemplos anteriores nos permiten considerar diversos aspectos sobre la gestión del miedo; por ejemplo:

  • La relación directa entre la información disponible y el nivel de temor.
  • La inexistencia del temor sólo es posible cuando no se tiene capacidad de conocer la amenaza.
  • Algunos sujetos son capaces de afrontar algunos miedos, mientras que otros agradecerían una adecuada protección.
  • Una persona custodiada cree disponer de mayor seguridad, pero tiene menos libertad que otra no custodiada.
  • La seguridad está fuertemente reñida con la comodidad.
  • La seguridad no es más que una ilusión del consumidor.
  • Igual ocurre con cualquier sistema ya sea éste social, físico o cualquier otro.

 El famoso aforismo de que la seguridad 100% no existe es cierto, precisamente,  porque la seguridad no es más que una ilusión cognitiva. La seguridad es algo que tiene todo el aspecto de ser cierto, pero que no lo es, es decir: se trata de un sofisma para nuestro razonamiento.

La moneda

Con lo visto hasta ahora, no deja de ser curioso que siendo nosotros (nuestra ignorancia) quienes generamos la mercancía (el miedo) encima estemos dispuestos a pagar a otros por tener la ilusión de que nos libran de algo que nosotros mismos hemos contribuido a crear. Pero bueno, ya comentamos anteriormente que el universo del razonamiento es un universo que no somos muy partidarios ni de visitar ni de permanecer en él. Parece que nos sentimos más confortables en el universo de las ilusiones; tanto es así que por la más virtual de ellas, la seguridad, estamos dispuestos a pagar con la moneda más cara de cuantas existen: con la de nuestra libertad.

En las democracias, conseguir que un individuo someta su libertad de forma voluntaria no resulta sencillo porque, precisamente, se trata de que el individuo crea ser libre. Una vez más la ingeniería social aporta la respuesta en forma de mercado: fomenta el miedo para aumentar la demanda de seguridad y conseguirás que te paguen entregando parcelas de libertad individual.

De antiguo se conoce que el mecanismo más sencillo para someter la voluntad del humano es el miedo. Ayudarle a idealizar personajes de los que desconozca lo máximo posible, sirve para auxiliar al sujeto a canalizar su miedo. Tanto desconoce un niño de El Coco como un adulto de Illich Ramírez SánchezCarlos” o de Bin Laden, pero los tres personajes producen el mismo efecto. De igual forma, los conceptos genéricos son suficientes para estimular nuestras ilusiones y hacernos creer que sabemos algo acerca del potencial peligro del temible Coco que se lleva a los niños que duermen poco, de un misterioso líquido que puede resultar explosivo en un avión, o de la yihad, la “guerra santa” de una sociedad de la que todo desconocemos. Creemos saber lo suficiente como para entregar nuestra libertad… y encima dar las gracias.

Una pandemia o un caos monetario también sirven para testar la sumisión. A fin de cuentas, lo único preciso es que tras la amenaza exista algo desconocido e invisible para la masa: da igual el Coco que una foto de un señor y un nombre-con-leyenda,  un virus misterioso o un complejo concepto de macro economía.

Nos empeñamos en vivir la paradoja de Peter Pan, rehusando crecer en ese universo del que creemos tener toda la información, y elegimos quedarnos con lo que creemos saber mejor que con aquello que realmente sabemos. Y eso… ¡pese a ser conscientes de ello!.

El precio

Y usted… ¿cuánto está dispuesto a pagar?

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4 respuestas a Y usted… ¿cuánto está dispuesto a pagar?

  1. Pic dijo:

    Lo malo, malo es que, siendo todo esto verdad se me antoja que poco podemos hacer…

    Porque viene a ser esto un fenómeno de control de masas. Y por mucho que convenzamos a todos los individuos uno por uno, la masa siempre tiene comportamiento diferente a la lógica individual. La masa nunca es la suma de sus individuos. Eso lo saben perfectamente quienes diseñaron la ingeniería social.

    Yo no estoy dispuesto a pagar ningún precio, porque no juego en ese mercado, como nunca jugué en bolsa. Pero vivo en un mundo de …. x millones de personas (según piense en mi provincia, región, nación, continente o mundo).

    Y contra eso, ¡ay, querido!, poco (o nada) me parece que se puede hacer.

    Tampoco convertirse en un amargado, ¿eh?.

    Abrzts, mesié.

  2. Cmv dijo:

    Vivimos en un mundo en donde la creacion de cualquier tipo de medio da de comer a mucha gente y sirve para tapar otras cosas, digamos que a los que manejan el cotarro (clase dominante) deciden lo que te tiene que gustar, como tienes que vestirte y a quien tienes que votar y obviamente a quien has de tener miedo, que, generalmente es al que piensa en contrario a lo que nos imponen… (minorias)

    Y sobre la libertad… te sobra razon. Todo lo pagamos con restricciones de libertad, sobretodo a traves de la red… los medios de informacion (o desinformacion actualmente) estan controlados por una figura llamada editor que es quien paga el periodico y al periodista, por tanto en muchas ocasiones( no todas ojo) la profesionalidad periodistica se pone en susodicho.

  3. Muy interesante la reflexión, Atticus. Todos sabemos que vivimos en un sistema que funciona a través de los mecanismos de manipulación de masas; pero verlo puesto negro sobre blanco da cierto vértigo.

    Un saludo.

  4. PAKA dijo:

    ¡¡¡Yo no pago ni un centavo!!!. No compro en ese mercado.
    Tenemos que ser capaces de de gestionar nuestros propios miedos.
    El conocimiento, no disminuye el temor y el miedo, sino todo lo contrario. Un niño vive más feliz que un adulto porque no conoce el peligro.

    En realidad, la vida consiste en caminar, simplemente. Con sus luces y sus sombras, con sus sueños y sus peligros, y llegar al final de ella con la seguridad de que todos pasarán por ese final.

    (De acuerdo en la definición de mercado)

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