Albertone

 ALBERTO SORDI

Es Febrero de 2003 y en el primer noticiario matutino nos comunican el fallecimiento de Alberto Sordi y a pesar  de saber que andaba ya por los 82 años y con problemas de salud, nos parece tan imposible que sospechamos se trata de las acostumbradas noticias que, con las prisas de llegar los primeros, están luego obligados a desmentir. Es la misma incredulidad con la que hubiéramos recibido el anuncio del imprevisto derrumbamiento de medio Coliseo. La desmentida no llega y de repente nos encontramos compartiendo un sentimiento común.

Albertone (los romanos siempre le llamaban así y sólo en el resto de Italia era Sordi o Alberto Sordi ), no era simplemente un actor sino un símbolo de la ciudad . Los papeles ideados, interpretados y casi siempre dirigidos por él, en sus 190 películas, han servido para dar a conocer el carácter de los italianos con un inconfundible toque “romano” y, a menudo, me parecía encontrar en mi vida cotidiana los personajes que le habían inspirado. Mezclándome con ellos, casi me sentía yo también una protagonista de sus historias y gracias a mi afición por el cine y a sus simpáticas interpretaciones, pronto aprendí el significado de las expresiones típicamente romanas, tanto del lenguaje como de los gestos.

A lo largo de su carrera había sabido representar la figura del romano de clase media, generoso pero desconfiado, de carácter expansivo y charlatán, chistoso pero con una vena melancólica, indisciplinado pero con el “terror” de la autoridad en uniforme, tradicional conquistador de turistas pero más “perro ladrador que mordedor”, enmadrado, cariñoso, supersticioso y poco dispuesto a matarse de trabajo. Era el típico señor simpático que mientras da conversación se cuela en la cola, aquel con el que se regaña y se termina tomando un café en el bar de al lado, porque se siente que es como de la familia, que se nos parece, que refleja nuestros defectos y nuestras virtudes.

Yo no le consideraba sólo un cómico; para mí era un gran actor dotado de una rara intuición para calarse en el personaje. Era seguramente mi favorito entre los actores italianos, el preferido entre Marcello Mastroianni, Vittorio Gassman y Nino Manfredi (el único de esa generación que le sobrevivió). Comparte mi adoración con Anna Magnani.

Por eso, con afecto y un poco de nostalgia deseo dedicarle este  homenaje,  recordando algunos de los personajes por él interpretados:

El “VIGILE” (guardia municipal) que consigue este puesto después de una vida de humillaciones y comprende inmediatamente que un simple uniforme le da la oportunidad de vengarse de pasadas ofensas.

El “SEDUTTORE” tenorio sin arte ni parte que busca con sus encantos masculinos el éxito que no tiene en su vida laboral y familiar; capaz de mentir con tal habilidad de convencer a su esposa que la mujer con la que le ha pillado en la cama, es fruto de su imaginación.

EL “CUENTISTA” que vive explotando el amor materno, la ingenuidad de su mujer y la credulidad de sus amigos, en una sucesión de sablazos, mentiras y timos.

El “CABARETISTA” bailarino-cantante-imitador chistoso de una compañía de desesperados que mientras se exhibe en improvisados teatros de remotos pueblos, se engaña a si mismo soñando una gloria que nunca llegará.

El “ITALIANO, BUENO, HONRADO Y EMIGRADO EN AUSTRALIA” incapaz de ambientarse en la sociedad de un país demasiado moderno para él, que decide casarse por poderes con una italiana honrada, de buena presencia y virgen, sin darse cuenta que en los 20 años que lleva fuera de Italia, las “sumisas”y “recatadas” mujeres que él recordaba ya no existen y sólo las desesperadas (léase prostitutas), aceptan estos matrimonios.

El “MEDICO ” que dedica cinco minutos cronometrados por reloj, a sus pacientes en el ambulatorio de la Seguridad Social, y mima sin límite a los enfermos que recibe en “su” ambulatorio particular, aconsejando sin remordimiento operaciones de apendicitis, anginas y partos cesáreos en “su” clínica , incluso cuando no hacen falta.

El “MORALISTA” estimado y ultra serio juez, adorado por las encopetadas damas de Acción Católica, inflexible y duro en sus condenas contra cualquier acción contraria a la decencia, mientras conduce una doble vida sin frenos ni leyes.

El “INSIGNIFICANTE BURGUES” apocado empleado ministerial sin títulos ni capacidades para ascender, que centra todas sus aspiraciones en su único hijo con tanto de carrera y que se convierte en un despiadado asesino cuando éste muere por error durante un robo a mano armada.

El “MARIDO MODERNO Y LIBERAL” que presume de su matrimonio abierto a nuevas experiencias mientras es él quien las vive, y que deja de ser moderno apenas la mujer confiesa su encaprichamiento por un guapo y culto profesor.

El “PADRE “, hombre de negocios rico, cínico y sin escrúpulos que considera acabadas sus obligaciones familiares con el aporte económico y que descubre la paternidad cuando se encuentra obligado a viajar con su hijo adolescente ingenuo y tontolón.

El “VETTURINO” (conductor de las típicas carrozas de caballos romanas) que después de 15 años paseando turistas por Roma, identifica su retiro en un asilo para ancianos pobres, con el triste fin de su viejo caballo destinado al matadero.

Podría seguir, recordando el taxista, el preso, el traficante de armas, el soldado durante la segunda guerra mundial, el especialista en timos, el jefecillo fascista, el carabinero, el…….

La lista es interminable y ni si quiera sé cuantas de éstas películas se conocen en España. En realidad la única cosa de la que hablaba siempre con amargura, era el obstruccionismo que había encontrado , cuando se trataba de promocionar sus películas en el extranjero. Quien sabe, a lo mejor al Poder no le gustaba la imagen que daba de la sociedad italiana.

Albertone era un verdadero “romano de Roma”. Había trascurrido infancia y juventud en el corazón del Trastévere, en un piso modesto de Via San Cosimato número 13, donde nació en 1920 y donde vivió hasta 1940 cuando falleció su padre. Se trasladó entonces con su madre maestra, sus dos hermanas y su hermano, a una casa de Via dei Pettinari , al otro lado del río Tiber y sólo cuando el centro de Roma comenzó a ser invadido de pubs, Mac-donnalds y americanadas varias, se hizo construir un maravilloso chalet en una de las más bellas colinas de Roma, justo sobre las termas de Caracalla.

El chalet con altos muros, proyectado por un sabio arquitecto, se confundía con las ruinas y edificios antiguos que le rodeaban, sin alterar la armonía del lugar. Curiosamente la plazoleta donde surgía el chalet llevaba el nombre de uno de los siete reyes de Roma, concretamente del segundo: Numa Pompilio, y los romanos espontáneamente ya han coronado Albertone como el octavo. Aquí ha vivido hasta su muerte, celoso de su vida privada y de sus amigos. Sus únicas “mujeres conocidas” han sido su madre y sus hermanas y cuando se le preguntaba por qué no se había casado contestaba siempre con un irónico: “me da miedo meter una extraña en casa”, motivo por el que plantó, a un paso del altar a una bellísima sudamericana. Poco amante de fiestas, teníamos ocasión de verle solamente en sus películas y en pocas y contadas participaciones a programas televisivos como invitado especial.

Tenía una bonita voz. De hecho fue uno de los niños cantores del coro de voces blancas de la Cappella Sistina hasta que, con la adolescencia, le cambió la voz, que asumió una característica tonalidad grave y profunda con una gran capacidad para imitar la manera de hablar de los famosos. Este don, le ayudó a ganarse unas perras en los comienzos de su carrera doblando en italiano películas extranjeras y todos le reconocemos cuando vemos una de esas viejas películas de Stan Laurel y Oliver Hardy, dando voz al paciente y sufrido “gordo”. También cantaba bien e incluso le gustaba escribir canciones que a menudo servían de columna sonora en sus películas, quizás porque su padre fue músico en la orquesta de la Opera de Roma donde tocaba la tuba.

A pesar de haber trabajado con actrices bellas y famosas, de estar rodeado de infinidad de jovencitas que le hubieran concedido sus encantos a cambio de un pequeño papel en sus películas,y de haber vivido la época dorada de la “dolce vita” romana, de él no se conocen amoríos, escándalos o hijos ilegítimos, que hubieran hecho las delicias de cualquier “paparazzi”.

Se dice que la única actriz por la que perdió la cabeza fue Silvana Mangano, estupenda intérprete de “arroz amargo”, pero estando ella casada con el productor Dino de Laurentis, nunca fue más allá de mandarla homenajes florales. Claudia Cardinale recuerda las veces que en Australia, vestido él de pobre emigrante y ella de mujer de “poca virtud”, se divertían entrando en las tiendas más lujosas de Sydney donde causaban escándalo y horror entre los refinados clientes. Con Mónica Vitti, compañera en numerosas películas, compartía el gusto por la buena cocina típica romana, y a menudo se les solía ver comiendo juntos, siempre en el mismo restaurante y en la misma mesa. Le encantaba también esconderse bajo las ventanas del chalet de Federico Fellini imitando los aullidos de un lobo, o los desesperados lamentos de un ser humano, aterrorizando a Giulietta Massina y terminando por regañar con Fellini.

A diferencia de muchos cómicos que en la vida privada son melancólicos, todos los que han tenido ocasión de frecuentarle, recuerdan su simpatía, su ironía y su alegría de vivir. Gran señor en el aspecto y modales, saludaba a las mujeres, besándolas la mano y conquistándolas con frases galantes y su innata dote de seductor. ¿Sabíais que de pequeño había ganado el premio de niño más guapo de Italia?

Durante toda su vida le acompañó la fama de tacaño, único defecto que se le reconocía y que daba pié a venenosos chistes. A su muerte, hemos descubierto con sorpresa que, hasta en este aspecto, ha sabido vivir con donaire. En total silencio había hecho construir, a sus expensas y en un terreno de su propiedad, un bellísimo centro para la tercera edad, donde las personas “mayores” pueden ir a pasar el día , estudiando, bailando, haciendo gimnasia o simplemente charlando mientras comen en un ambiente moderno y alegre. Todo totalmente gratuito gracias a una donación que la mantendrá en vida. Asimismo había creado una fundación que sostendrá y ayudará a los artistas jóvenes para que (palabras suyas) nunca pasen el hambre que pasó él hasta que le llegó la fama y mandaba diariamente miles de euros en víveres a los institutos que recogen a los niños con problemas familiares. Diariamente descubrimos nuevos aspectos de su silenciosa generosidad.

El día que Albertone cumplió 80 años, el actual alcalde de Roma Walter Veltroni, amigo suyo como antes lo habían sido sus respectivos padres, decidió regalarle el título de alcalde por un día. Aun le recordamos, emocionadísimo y con la banda tricolor, presidiendo la junta del día, inaugurando monumentos y recibiendo personalidades.

El afecto de los romanos por Albertone se ha podido comprobar el día de su muerte. La capilla ardiente colocada en una de las salas del Campidoglio, sede del Ayuntamiento romano, ha visto una peregrinación continua, una fila interminable de gente que durante un día y una  noche entera, ha esperado pacientemente para poder saludarle por última vez, aunque fuera a las cuatro de la madrugada. Su funeral celebrado en la Basílica de San Giovanni, ha reunido casi 300.000 personas y ha sido trasmitido en directo por la televisión estatal para contentar a los que no cabían. Terminada la ceremonia religiosa, se ha celebrado en la enorme plaza delante de la Basílica, un homenaje a su recuerdo,  proyectando en una gran pantalla algunas escenas de sus películas, bien conscientes que él no hubiera querido que sus admiradores no creyentes se sintieran obligados a entrar en la iglesia sólo para rendirle homenaje.

Es curioso pensar que una persona como en realidad él era, una persona que, como ha dicho Veltroni: “el único disgusto que nos ha dado en toda su existencia ha sido su muerte”, se quede como símbolo de los vicios y defectos de los italianos pero, en el fondo, es justo que sea así.

Su espíritu burlón andará organizando en el más allá una divertida película. Protagonista principal él mismo en el papel del rico magnate Berlusca dueño de televisiones, empresas de todo tipo, periódicos, jefe de gobierno y salvador de la patria. A su lado Vittorio Gassman como cínico ministro de justicia, cambiando el código penal cada vez que sirve una nueva ley para salvar a su jefe o a sí mismo, de la condena en uno de los múltiples procesos, organizados por los fiscales bolcheviques. Anna Magnani interpretará la madre de familia con marido (Aldo Fabrizzi) e hijo (Marcello Mastroianni) sin trabajo, harta de oír promesas que no se cumplen, mientras saca adelante la familia poniendo inyecciones en todos los traseros de los ricachos de la ciudad. Giulietta Massina interpretará la ingenua ama de casa que gracias a las seis o siete horas al día de demenciales programas televisivos, intercalados de sermones berlusconianos, cree sinceramente que el Espíritu Santo se ha encarnado para salvarnos y Fellini colaborará creando una escena surreal acompañada de la música de Nino Rota.

Estoy segura que será un gran éxito y ya me parece oír las carcajadas ante esta interpretación del único personaje que no le ha dado tiempo de llevar a la pantalla. Y mientras en el más allá se divierten, me asocio al sentir general de los romanos, que en el día de su muerte obscurecieron el cielo con un enorme cartel arrastrado por un avión, y que decía así:

“ESTA VEZ NOS HAS HECHO LLORAR”

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