Estamos acostumbrados a oír y a decir esa simple frase -¡que suerte!- siempre referida a otra persona pero es difícil que la digamos o la oigamos referida a nosotros mismos. Cuando alguien la dice siempre es para expresar un montón de sentimientos encontrados, si se conoce y se estima a la persona a quien va dirigido el comentario, esa pequeña frase puede reflejar alegría por el bien ajeno pero si por el contrario se refiere a alguien que nos resulta bastante indiferente, o le consideramos carente de virtudes y más bien egoísta, o lo que es peor, disfruta de una posición social y económica desahogada, lo normal es que tanto nuestros gestos como nuestras palabras expresen algo parecido a envidia, rechazo, visible enfado por la fortuna que le ha caído en gracia….., es como si dijéramos, sin decirlo, «¿por qué no a mí?» o «¿por qué a ése que no lo necesita?».
Otra cosa que me resulta curiosa es que el ¡que suerte! siempre lo extrapolamos a una entrada, por azar, de dinero, llámese lotería, quinielas, cupón de ciegos y sólo a veces se utiliza para referirse al logro de un puesto de trabajo si se carecía de él o una subida de categoría laboral con mejores ingresos, pero muy rara vez empleamos esa frase para darnos cuenta y valorar lo que tenemos.
Todos los días, cuando abro los ojos por las mañanas, mi primer pensamiento es dar las gracias por poder hacerlo, miro al hombre que está a mi lado y vuelvo a agradecer el poder acariciarle y sentir su calor, el tener a alguien que me quiere y a quien quiero, el saber que cualquier pena o alegría puedo compartirla con él. Me gusta preparar el desayuno mientras él duerme todavía. Me gusta oír cuando me llama al levantarse y me gusta el beso que nos damos de buenos días.
¿No es eso una gran suerte?. ¿No son esos gestos cotidianos más valiosos que cualquier entrada de dinero conseguida por azar?, ¿que cualquier ascenso de categoría social?.
No valoramos cada gesto que hacemos desde que comienza el día. Abrimos los ojos pero no nos damos cuenta de la suerte que tenemos al poder hacerlo. Miramos pero rara vez vemos aquello que miramos. Todo lo damos por hecho, todo es rutina y gestos mecánicos sin pararnos a pensar que, -¡Que suerte!- de poder hacerlo. Si pensáramos en cada gesto que realizamos, nos daríamos cuenta del maravilloso regalo que recibimos cada mañana, o ¿es que hay algún regalo mejor que el de la vida?. Otra cosa es lo que cada uno haga con ese regalo diario. Unos se lamentarán por la carencia de cosas materiales, otros por los achaques que inevitablemente vas adquiriendo por el hecho de vivir. Otros lloran por la pérdida de los seres queridos que se van quedando en el camino, todos nos lamentamos alguna vez por algo sin darnos cuenta del privilegio que supone poder hacerlo. Nunca pensamos en tanto sufrimiento que castiga a tanta gente y en la suerte que tenemos de no ser uno de ellos.
¡Que suerte tengo!, que suerte tener con quien compartir el día que comienza, que suerte envejecer con dignidad, me encanta cumplir años porque eso significa que los he vivido, que suerte mi familia, que suerte saber que importo a mucha gente, que suerte tener amigos con quien disfrutar las alegrías y consolarnos en las penas, que suerte vivir dándome cuenta de ello.
Lo digo y lo repito, hoy por hoy me siento afortunada y mientras doy gracias, mi corazón y mi cabeza gritan: ¡Que suerte tengo!.















