El síndrome que no tenemos

Como sucede en cualquier otro trastorno de la conducta, porfiaremos en que nosotros, de síndrome de Diógenes, nada de nada.

Según los cánones del síndrome de Diógenes, sufrimos un trastorno del comportamiento caracterizado por el abandono personal y social, el aislamiento voluntario y la acumulación de basura, desperdicios y miseria, y lo hacemos -además- con el convencimiento de que todo eso que almacenamos nos es o nos va a ser, necesario.

Nos podemos engañar diciendo que cuidamos nuestro aspecto exterior, olvidando que la persona es algo más que el envolvente, dejando nuestro cerebro al ralentí indispensable para la supervivencia, utilizando cada vez más, ideas, expresiones, frases u opiniones ajenas, anulando nuestro propio criterio, siempre anhelando seguir la doctrina ortodoxa para conseguir la aceptación por la tribu y temiendo su rechazo.

Mantenemos abandonada la actividad intelectual, temerosos de ser repudiados, y optamos por usar las ideas y criterios  de otros.

Nos podemos engañar diciendo que tenemos 23.286 amigos en las redes sociales o que “nos siguen” un millón de visitantes, pero seguimos ignorando quién vive en el piso de al lado o cómo se llama.

Somos capaces de estar horas “chateando” con “amigos” mientras no dirigimos la palabra durante horas a los amigos o familiares que tenemos sentados a nuestro lado.

Convencidos de que disponemos de “todo” lo que “necesitamos” dejamos de preocuparnos por exigir calidad en aquello que consumimos, se trate de comida, información, formación académica o laboral, ocio, o representantes políticos.

Somos amantes del “low cost”, de pagar poco (o mejor gratis) con tal de consumir, y nos importa un bledo que lo que consumimos sea basura con tal de no gastar, ni criterio ni dinero. Nos da igual que en el Congreso nos represente un partido mafioso o un partido fascista (virado a izquierda o a derecha, que igual da). Nos da igual que se nos manipule descaradamente y preferimos que nos suministren opiniones pre-masticadas antes que información. Somos sumisos no solo en la forma de vestir o de tunearnos, sino en el pensamiento del grupo, en decir únicamente lo que los demás “deben” escuchar, en utilizar el ocio como se nos diga, aturdiendo cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento o intercambiar ideas personales con otras personas.

Cumplimos escrupulosamente todos los requisitos para ser diagnosticados del trastorno llamado síndrome de Diógenes. Lo que nunca haremos será aceptar el diagnóstico.

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