Anomalía estable

Hemos convertido España en una anomalía en equilibrio estable, que cada vez que es apartada de su posición inicial, vuelve a ella por el efecto de la idiosincrasia ejercida por nosotros.

Conseguimos una sociedad con las cárceles llenas (pongan ustedes los “ex-”), de ministros presidentes autonómicos, alcaldes, concejales, militares, sacerdotes, empresarios, constructores, directores de bancos, miembros de consejos de administración variados, directores del FMI (bueno, el único español que ha habido), presidentes y jugadores  de clubs de fútbol y de federaciones deportivas, consellers catalanes y valencianos, políticos andaluces y madrileños, insignes profesores, sindicalistas, responsables del Liceu y del Canal de Isabel II, tesoreros de partidos, generales y directores generales de la Guardia Civil, comisarios de policía, abogados, fiscales y jueces. Y hasta el cuñado del Rey.

Nos ponemos exquisitos haciendo concursos de apología sobre la importancia de la igualdad y acto seguido nos despachamos troceando España en 17 cachos alegando que es muy importante mantener las peculiaridades que hacen a cada uno de los cachos distintos de los demás, y a cada uno de los miembros de cada cacho, más puro y perfecto que los demás. Vivimos en un estado placentero de exaltación emocional y admirativa porque hemos conseguido textos académicos de matemáticas o geografía basados en esas diferencias peculiares, o el más entusiasta todavía de diferenciar la salud en función del cacho donde uno esté censado.  Y mientras insistimos en lo vital que resulta la igualdad creamos leyes para diferenciar al personal por razón de edad (Ley del Menor), de sexo (Ley de Violencia de Género), de etnia raza o nación (Regímenes forales), amén del sinfín de aforamientos para jueces, magistrados, fiscales, políticos y varios cientos de cargas públicas, excelentísimas e ilustrísimas.

Conscientes de  nuestra excelencia social y más democrática que nadie, nuestros políticos diseñaron el delito de odio…

…y ahora se disputan como agruparse para odiar unos a otros, ignorando el Código Penal que ellos mismos ingeniaron. Eso si: como buenos demócratas asegurando siempre que “los otros” son fascistas, sean partidos legales de izquierda o derecha. Que no se diga.

Mantenemos una excelsa sanidad pública que mima los problemas mentales de los españoles con tal cuidado que hemos conseguido ser líderes europeos en consumo de ansiolíticos, y una excelente tasa de 10 suicidios consumados al día y 200 tentativas diarias. A la par con un buen puesto en consumo de cocaína y cannabis y un discreto puesto de fracaso académico disponemos de un excelente elenco capaz de votar lo que haga falta o actuar como jurado con una envidiable capacidad mental.

Unas leyes envidia de los países más democráticos del mundo, que protegen policial y judicialmente al primero que te ocupe esa casa que aún te quedan por pagar 20 años de hipoteca (¡ah, y no le cortes la luz o el agua!), pero que como te ocupen el coche lo llevan claro, porque tanto policía como jueces serán un terrible azote para ellos.

¡Aupa el equilibrio la anomalía estable!

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