EL FUTURO FELIZ (cuento de política ficción)

La sala de audiencias era hermosamente sobrecogedora. La media penumbra que la envolvía la dotaba de ese magnetismo ecuménico que aun hoy envuelve a las antiguas catedrales.
Estamos en el 2055 y la justicia por fin se ha modernizado. Los juicios se realizan en realidad virtual y cuesta dos años de lista de espera, asistir a uno en directo en la misma sala. No es lo mismo que seguirlo en el telediario holográfico. Solo estamos siete personas de carne y hueso, por así decir, casi todos llevamos prótesis macrobióticas y en realidad somos humanos en un treinta y cinco por ciento más o menos. Pero los cerebros son originales, con algún chip más o menos injertado.
Al frente está el tribunal de tres magistrados, a la izquierda la defensa y a la derecha, desde el punto de vista del espectador, la fiscalía. Brillan con esplendor en la penumbra del entorno, como solo brillan las formas holográficas de los personajes, increíblemente reales, de seres imaginarios diseñados por computación.
El reo, un político al que se le acusa de una gestión en provecho propio contra los intereses de la comunidad, es acusado de utilizar un vehículo autónomo contaminante, producía más de 45 decibelios de ruido, para no llegar tarde a una cita personal. Los hechos ocurrieron hace tres días.
En el estrado se levanta un teatrillo donde se reproducen los hechos que se tratan de demostrar. Como si estuviéramos en la gran vía de Madrid, observamos, en pequeña escala, como el individuo en cuestión toma un taxi, le indica que utilice el carril especial para ciudadanos de categoría alfa, hace un trayecto de unos cinco quilómetros y paga con bonos del Congreso. En su destino, se baja del vehículo, se introduce en un bar y toma unos refrescos biónicos con sus amigos del colegio. Un láser candente que sobrevuela por la sala certifica por parte del servicio policial de seguridad del estado, la certeza y veracidad de todos los datos aportados.
Desmontado el escenario aparece otro con el Congreso de los diputados, en el que se ve al presunto culpable realizando una votación rutinaria. La defensa alega que aun cuando la visita era particular, el acusado tenía que volver urgentemente para participar en la votación que, igualmente certificada de veracidad, estamos viendo representada.
Comparecen los testigos.
El acusado dice no recordar haber tomado el taxi, ni recuerda nada de ese día pues su marcador epibiótico era de repuesto por revisión del oficial.
Su mujer dice que desconoce las actividades de su marido incluso en el lecho conyugal.
El taxista ha desaparecido y se le está buscando en la franja libertaria de los alrededores de Alcobendas.
Un ujier declara que la sesión fue cierta y que la votación en la que debía participar el encausado se perdió por 248 votos contra 1.
Debemos condenar y condenamos a Agapito Cienfuentes Tortañales a tres meses de exposición en la plaza pública, truena la voz del magistrado presidente del tribunal, cúmplase la sentencia a partir de mañana.
Los siete testigos presenciales tenemos prioridad, de solicitarlo, de iniciar el protocolo de la condena. Nos apuntamos tres y por esas cosas de la vida, en el sorteo quedo el primero.
Al pié del cadalso en la plaza Mayor, en el primer descansillo de las escaleras de acceso, el espectáculo es sobrecogedor.
Con gran despliegue de fuerzas antidisturbios vestidos en traje de gala, con chorreras diamantinas, una multitud ingente llena la plaza, ansiosos por participar en la ejecución de la sentencia. El desorden es provocado pero ficticio, cientos de metros de cinta señalizadora conducen a la masa y pequeños androides esféricos electrificados reconducen al personal que se distrae con pequeñas descargas eléctricas. El rugido de júbilo de la masa es producido por sofisticados sistemas sonoros hábilmente colocados.
El procedimiento será el habitual. Cualquier ciudadano que lo solicite, durante los próximos tres meses, de lunes a viernes, en horario de ocho horas, con descanso de media hora para almorzar, podrá someter al reo al castigo al que ha sido condenado.
Este consistirá en una penetración digital (digital de dedo) por el ano, por cada uno de los voluntarios que se encuentren al corriente de sus pagos a la hacienda pública.
El reo se encuentra amarrado a un cepo medieval, con sus partes pudendas a la exposición del ciudadano verdugo, con un púdico velo que le tape sus partes sexuales, ya que, según la constitución, el derecho a la intimidad impide que se difunda de forma explícita las posibles discrepancias entre el sexo declarado, el asumido y el real.
Y la ejecución comienza.

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