LOS SIETE PECADOS CAPITALES (moralina)

El refectorio estaba en silencio, como dispone la orden.
El prior y los seis hermanos comían el caldo cotidiano entre oraciones silenciosas, reflexiones pías o pensamientos impuros. Todo era razonamiento interior, con la cabeza hundida dentro de su capucha.
Solo el padre prior estaba exento de cubrirse y lucia su cuidada tonsura. Levantaba la vista y pasaba revista mental de los hermanos que le acompañaban ya desde al menos doce años.
Sus ojos no ofrecían la menor muestra del discurrir de sus pensamientos. ¿Oraba?
Sufría con sus monjes.
“Hermano Andrés”, resonaba en su cabeza al ver la prominente nariz del fraile de su izquierda, “que he hecho yo para mereceros en mi congregación, todo en vos es exceso, deshonras el claustro, vuestra torva mirada trasparenta el deseo, el ansia carnal, hacéis del convento un lupanar solo con vuestra presencia, nunca adquirís altura, siempre volareis a ras del suelo, rezo para que Dios os perdone y me libre de vuestra presencia”.
“Por Dios Tobías, incorporad un poco la cabeza u os ahogareis en vuestro propio vómito. Veos comer es repugnante, veos comer, veos andar, veos poseer, veos … Dios os castigará con el vacío si no escucha mis oraciones”.
“Julio, atención, no permitáis que ni una miga de vuestro mendrugo ruede hasta el alcance de vuestro compañero, es vuestra, guardadla si no la coméis, amasadla, juntadla con las otras llevárosla a la celda como hacéis cada noche. No dejéis rastro de vuestra presencia”.
“Hermano Amadeo, qué decir de vos, inerme, lánguido, inocuo, incapaz de tomar el camino si no os lo indican primero. Llegareis tarde al infierno por no tomar la decisión de partir, que es el bien que espera de vos la humanidad. Yo os indicaré el camino, incluso os animaré a tomarlo con presteza”.
“Jacobo, descansad. Vuestro furor os agota y nos destruye, conteneos en la llamada al orden de vuestros congéneres, que son hijos de Dios, no como vos, que sin duda sois hijo del Diablo y lleváis su fuego por vuestras venas. Yo os rescataré y haré entrar en razón en vuestro lecho de muerte”.
“Hermano Matías, dejad de llevar la cuenta de lo que comen los otros. Se reparte equitativamente, mas tu siempre estas calibrando la pitanza del resto y siempre te parece más sabrosa su tajada que la vuestra. Yo me ocuparé de amortajaros con el sayal más humilde que encuentre”.
Un viento helado golpeó con furia las torres del monasterio, recorriendo con sigilo las estancias. De un gesto bronco, batió las puertas del refectorio y las abrió de par en par. El prior quedó absorto, ni un solo monje levantó la mirada. Solo él miraba la puerta que le quedaba enfrente, observando cono tomaba forma una figura que le trastornaba.
-¿Quién anda ahí? ¿Quién sois? Identificaos.
-Soy Lucifer, tu amigo. Y como ves vengo solo.
-¿Que buscas? Esto es lugar sagrado. Vete.
-Vengo buscando a mis compañeros, acabas de enumerarlos y no los encuentro.
No veo a Asmodeo, que el hermano Andrés solo es vehemente y preocupado por sus compañeros.
No veo a Belcebú, que Tobías humilla la cabeza por agradecer los dones de la madre naturaleza que le alimentan.
No veo a Mammon, porque Julio junta las migas de pan para dársela a los pajarillos que cada mañana revolotean en su ventana, para compartir los bienes que recibe.
No está Belfegor, pues Amadeo ora.
Amon no ha acudido a la cena, Jacobo es el monje que más se preocupa de las necesidades de todos vosotros, y por la noche penitencia su exceso de celo.
Y Leviatán no aparece, Matías se preocupa porque ninguno quede sin su ración, pues son escasas y conoce la salud de sus hermanos.
Aquí solo estoy yo. Y vengo a castigar tu soberbia.
El prior abrió los ojos y empezó a comprender que lo que veía era el crucero de la bóveda del techo. Alrededor, todos sus hermanos le observaban von cara de desconcierto. Sintió el viento helado y sintió que moría.
-Perdonadme Dios.
Lucifer incorporó al fraile y le pasó el brazo por el hombro mientras caminaban.
-Ya no es hora de perdones, ahora acompáñame.

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2 respuestas a LOS SIETE PECADOS CAPITALES (moralina)

  1. Melina dijo:

    Bravo Luisito. que preciosa historia nos has regalado y de que modo tan, aparentemente sencillo, nos haces ver que antes de apreciar la paja en el ojo de los otros, deberíamos mirar en nuetro interior y veríamos la viga en el nuestro.

  2. Juanito dijo:

    Muy acertada moralina, para aplicar ¡incluso a uno mismo!.
    ¡¡Gracias Lusito!!

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