Queridos Reyes Magos

Melina

Estamos a primeros de diciembre, y Madrid, tímidamente, empieza a preparar ambientes navideños. No se puede decir que haya mucho que celebrar, las cosas no van bien, el españolito de a pie está cada día más cansado de aguantar mentiras y de soportar privaciones, mientras ve a los que, en teoría, deberían velar por su bienestar, hundidos en una profunda miseria moral, enriqueciéndose a costa de los sufridos contribuyentes que, con una nómina más bien escasa, tienen que mantener tanto despilfarro fácilmente evitable, tanta corrupción sin castigo, tanta desvergüenza que no saben ya como tapar. Y en medio de todo esto, se nos dice que llega la Navidad, unos días para reunirse en familia, para quererse unos y otros, para sonreír, aunque sólo se tengan ganas de llorar. Metidos en este panorama nada halagüeño, es fácil comprender que en muchos hogares la palabra Navidad no signifique nada más que unos gastos extraordinarios a los que tendrán que hacer frente con algún crédito que otro, y que lo único que deseen sea que pasen estas fiestas lo más rápido posible y lo menos gravosas para sus bolsillos.

En muchos hogares, la palabra Navidad significa tristeza, yo diría que la gran mayoría de familias recibe estas fiestas con el corazón dividido, por un lado la pérdida de seres queridos no invita a la alegría, ese hueco en la mesa mueve a recordar con más intensidad a aquellos a quienes hemos amado y ya no están para compartir esa comida o cena que con tanta ilusión solíamos preparar. Por otro, en aquellos hogares donde hay risas infantiles se logra olvidar la pena para reencarnarse en esos niños y recordar que alguna vez también ellos lo fueron y disfrutaron sin que nada empañara esa alegría.

Siempre digo que las fiestas navideñas son para los niños, sólo ellos pueden encontrar un sentido a ese frenesí de compras, a esas reuniones familiares en donde, en muchas ocasiones, salen a relucir las envidias, las pequeñas mezquindades, los egoísmos ocultados en el día a día, pero que, con la desinhibición de esas copitas de más afloran sin ningún freno para descargar tantas palabras calladas que convierten una apacible reunión en una especie de “¿quien teme a Virginia Wolf?” familiar.

Y, mientras mi corazón se entristecía pensando en estas cosas, mi cerebro comenzó a volar a Navidades pasadas, a otros años felices, a ese Madrid de hace cincuenta años, en donde diciembre quería decir nieve, la nieve prometía vacaciones, las vacaciones eran una fiesta donde todo el mundo sonreía, se ayudaba, donde las casas se engalanaban por dentro y por fuera, donde todos los que tenían algún oficio al servicio del madrileño, iban de hogar en hogar con su tarjeta de felicitación de fiestas, para pedir el aguinaldo, sabiendo que siempre iban a recibir alguna moneda acompañada de una sonrisa. Las madres iban al mercado que rebosaba de gente comprando, riendo, había música de villancicos por todos los sitios. Y luego, en casa, con mis hermanos y mis padres poníamos el Belén. Todos ayudábamos, las montañas de corcho se llenaban de musgo y con talco se creaban las cumbres nevadas. El papel azul lleno de estrellas blancas tapizando la pared donde se apoyaban las montañas, creaba una ilusión que sigo recordando a pesar de los años. Luego el río con las lavanderas, los patos, el pescador. En la orilla pastaban las ovejas y el pastor hacía gachas en la lumbre siempre encendida gracias a una pequeña luz roja que lograba ese efecto. El castillo de Herodes sobresalía entre las casitas, y el portal con un ángel anunciando el nacimiento del niño, se llenaba de gentes llevando algún presente. Y, a lo lejos, los Reyes Magos en sus camellos, el blanco, el rubio y el negro. Los tres con su pajes camino del portal, al que llegarían sin falta la noche del día 5 de enero, gracias a que todos los días adelantábamos un poquito sus pasos para que estuvieran puntuales a llevarle sus regalos de oro, incienso y mirra.

Mi corazón empieza a alegrarse al ritmo de los recuerdos infantiles. Los niños repetíamos esas palabras mágicas de oro, incienso y mirra sin saber muy bien el significado, al menos de dos de ellas, pero sabíamos que los Reyes Magos se acercaban para traernos otras cosas que no eran ésas, sino que eran cosas de verdad, cosas que habíamos pedido en la carta que les habíamos escrito y que luego, con mano temblorosa, daríamos a uno de los tres Reyes, que sentados en un gran trono, con unas verdaderas ropas reales, esperaban a que niño tras niño, les contaran sus ilusiones plasmadas en esa pequeña carta. En aquel tiempo no pensábamos en por qué los Reyes esperaban en las puertas de Galerías Preciados, ni en que Baltasar tuviera la cara pintada, ni en como lograban estar en miles de casas a la vez. ¿Por qué íbamos a pensarlo?, eran Magos eso respondía a todas nuestras dudas…

Vuelvo a mi presente, con más de medio siglo a mis espaldas, miro a mi alrededor y veo un hogar, un hombre que acompaña mi camino y que siempre está ahí, para ayudarme en mis flaquezas, para abrigarme entre sus brazos y consolarme en mis tristezas, para reír junto a mi, para hacerme sentir segura y confiada. Me gusta lo que veo, y vuelvo a verme niña, y, sin que yo sepa por qué me encuentro con una pluma en mi mano, una hoja en blanco en la que sin darme cuenta he escrito: “Queridos Reyes Magos”, y las ganas de escribir a sus Majestades como lo hacía en otro tiempo. Me doy cuenta que no quiero pedirles nada, la vida ha sido buena conmigo, he aprendido de mis errores, y no tengo odio en mi corazón, nada material deseo para mí, pero la carta tiene que seguir, y sólo quiero pedirles que nada les suceda a los que amo, y a los que son más jóvenes que les haga llegar a una edad como la mía sin que las adversidades les hayan tocado demasiado. Quiero pedirles algo que la razón me dice que es imposible, poder abrazar de nuevo a mis padres y decirles que les quiero. Se lo pido porque son Magos y, tal vez, ellos logren hacer el milagro. Tal vez pueda abrazarles y besarles en mis sueños y sentir que eso es real. Y, entonces me doy cuenta, ¡claro que deseo pedirles algo bueno para todos los que quiero!, y lo escribo con fuerza para que no pueda borrarse. “Quiero que nunca muera la ilusión en nosotros”. Los Reyes Magos existen para mí, porque tengo ilusión de que así sea, y esa ilusión hace que sepa que los Reyes existen, aunque todos me digan que no es verdad. Y la ilusión es el motor de la vida, porque todo se tiene mientras se cree en ello, la ilusión hace que siempre tengas metas que cumplir. El despertar de cada día siempre será distinto si tienes ilusión por encontrar algo nuevo cada mañana.

Meto la carta en el sobre y escribo el destinatario: “SS.MM los Reyes de Oriente”, lo cierro, mañana la echaré al buzón y se que lo que he pedido para todos, es lo mejor que podría pedir, porque la ilusión nos hace volver a ser niños con todo el tiempo por delante para cumplir los sueños.

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Una respuesta a Queridos Reyes Magos

  1. Tienes razón, la Navidad es ilusión y la vida debe ser ilusión igualmente a pesar de las adversidades, a pesar de que el viento no sople siempre a nuestro favor y de que muchas veces necesitemos proponernos firmemente tener esa ilusión porque el día a día nos desgaste y nos haga difícil creer.

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