TIEMPO DE VERANO

Estoy en el balcón de casa, mirando el cielo y esperando ver como se esconde el sol cuando atardece, tengo una radio puesta en el salón y me llegan a lo lejos los acordes de viejas canciones que traen a mi memoria retazos del pasado, apenas le presto atención, es simplemente un acompañamiento idóneo mientras  contemplo el morir del día, es una emisoria de radio para nostálgicos de aquellos ilusionantes años 60 y 70, pero de pronto el ritmo de unos compases hacen que mi corazón se acelere y el comienzo de la estrofa hace detener el tiempo en mi reloj.

“El final del verano, llegó y tu partirás……yo no sé,  hasta cuando,  este amor perdurara…..”

Las voces del Dúo Dinámico apenas ya las oigo, he retrocedido a otro tiempo y a otro lugar. He vuelto a ese mágico lugar de los veranos de mi adolescencia y juventud, ese rincón de Galicia, en donde fui niña y mujer, en donde no existía más que ilusión, risa, amor, en donde la amistad cobraba su mejor sentido, donde fui feliz sin darme cuenta que lo era, porque todo era felicidad, no había demasiadas palabras tristes en nuestros diccionarios, éramos generosos repartiendo alegría y el futuro era algo tan lejano……

Mi hermano en La Lanzada

Traigo a mi memoria, todas y cada una de las caras que formaban nuestro pequeño mundo, y todos y cada uno de los momentos que pasábamos juntos, desde que desayunábamos y quedábamos para ir a la playa de La Lanzada, hasta cuando nos despedíamos por la noche, después de una jornada siempre diferente.  ¡Que eficaz es nuestro particular archivo!; nuestra especial memoria histórica, cualquier pequeño resorte hace que algo se ponga a funcionar en el cerebro y nos traiga, como si fuera ahora, situaciones vividas y queridas.

Mi memoria se activa y me veo en la playa, casi niña todavía, viendo a mis amigos Pepe, Jesús y  Julito, haciendo volcanes con fuego de verdad, en compañía de su padre. Más adelante nos vemos, ya jóvenes preparando una queimada en la misma playa, por la noche, junto a mi hermano, Mamen, Julita, Marigel, Benjamin, Fernando, Sagrario, Ramón, Antonio, Pity. Me veo bailando en la playa sin importarnos el frio y la humedad de la noche.

Vuelvo a buscar en mi archivo y me transporto a las tardes en el monte, cargando el “pickup” y la merienda, y alternando juegos de “policias y ladrones”, con los primeros bailes en esos guateques improvisados.

Tengo un especial recuerdo para nuestro querido “grupo Los Lámparas”, y esas funciones de teatro y variedades que organizábamos esperando recaudar algo de dinero, aunque lo que más nos  importaba era lo que nos divertíamos preparando el teatro con esa guitarra improvisada que Carlos y Arturo empezaban a aprender a tocar.

¡Ay nuestro querido El Grove!, ese rincón de Galicia, casi virgen, apenas unas huertas, pocas casas, un barrio de pescadores, dos o tres restaurantes con habitaciones, “Villa Juanita”, “casa Pepe”, y nuestro “bar Joaquin Dominguez”,  en donde nos alojamos muchos años después de la entrañable casa de la señora Jesusa. Ese  Grove desconocido todavía para muchos veraneantes del resto de España, ese Grove en donde los “chicos de Madrid y Orense”, éramos conocidos por todos, apenas había visitantes de otros sitios, y los que íbamos año tras año, nos consideraban casi familia.

Cuantas tardes yendo a ese bar -apenas un chamizo oscuro y destartalado-,  donde podías tomar un excelente Ribeiro o vinos del país, o un Albariño, que entonces se podía beber en cualquier lugar y a un precio no muy diferente a los otros vinos, pero sobre todo íbamos a sentir La pandillaque tocábamos el cielo degustando el pulpo más delicioso que podáis imaginar. Este pequeño   bar era el reino de Abel, quien en compañía de su esposa, una mujer sombría , silenciosa y  bigotuda, siempre vestida de negro, que detrás del mostrador atendía, sin jamás mostrar una sonrisa, a los parroquianos que iban a tomar un vino mientras su esposo trajinaba en la cocina. Pero nosotros íbamos, no sólo a disfrutar comiendo su excelente pulpo, íbamos a reír con Abel, un hombre tosco, más bien feo, con una voz nada melodiosa sino todo lo contrario, pero que siempre tenía frases galantes y piropos de un tono algo subidito para nosotras, las chicas veraneantes de siempre, pero sobre todo se le iban los ojos detrás de nuestras madres cuando éstas nos acompañaban,  unas mujeres alegres, pechugonas, lustrosas -como se solía decir en los pueblos-  que le seguían el rollo diciéndose entre ellas que con esa mujer que tenia, hasta una escoba con falda le parecería atractiva,  haciendo que esa tabernita oscura se llenara de luz con nuestras risas.

Sigue la canción sonando en la radio…..

“pero sé que en mis brazos,  yo,  te tuve ayer……….”

Y yo vuelvo al pasado tan cercano y tan lejano a la vez, y me veo charlando y riendo, yendo con la pandilla a la isla de La Toja. Me veo cruzando el puente que une al pueblo con la isla, parándome para  mirar hacia abajo y  ver la Ría, que estando la marea baja te permitía  atravesarla a pie sin ningún problema, apenas unos charcos junto a los pilares de piedra del puente, pero que con la marea alta daba miedo ver la profundidad que podía alcanzar. Sigo paseando en mi memoria y llegamos todos a la isla, en aquel tiempo también igual de entrañable y virgen, el hotel dominando la parte más bonita, y al lado el balneario -ni sombra con lo que hay ahora- donde cualquiera podía ir a “tomar las aguas”a un  precio razonable, luego comprabas los lotes de jabón, talco, jabón totalmente casero en barras como lingotes, con un aroma que no ha cambiado desde entonces. Ese hotel que ya siendo de lujo, permitía, aunque no estuviéramos alojados, que pudiéramos estar en la terraza, tomando un refresco y oyendo la música, mientras nuestros ojos se perdían en un mar siempre bravío. También nos dejaban usar la enorme piscina de agua salada del hotel, por una entrada mínima, asequible hasta para nuestros exiguos bolsillos. Luego, nos acercábamos hasta la capilla , donde intentábamos buscar nuestras firmas en las conchas que formaban sus muros, y sonreíamos con las dedicatorias que habían escrito parejas enamoradas. Otras tardes, si teníamos hambre íbamos al bar de los picatostes, una especie de terraza, cerca del balneario, donde daban un riquísimo chocolate con crujientes picatostes azucarados. Y muchas noches, nos acercábamos a la pequeña taberna, casi escondida cerca de hotel, donde los marineros iban a tomar el último vino del día, y en donde pude oír la versión más pura de la canción gallega “Negra Sombra”, con esa letra de Rosalía de Castro y esa hermosa música que desde 1892 a nadie deja indiferente. Poder escuchar las voces de esos marineros entonando esa balada ha sido uno de los placeres que no puedo recordar sin que mi piel se erice.

Los recuerdos se agolpan en mi memoria, son tantos los días que han formado esos meses de verano a lo largo de las etapas mejores de mi vida, que todos quieren salir a la vez para ser los primeros en volver a vivir mientras los pienso. Y sin embargo me doy cuenta que no sabría decir cual es más importante que otro, porque ninguno fue decisivo en mi futuro, pero todos fueron clave para ver que lo importante es vivir cada momento, lo bonito de la vida es vivirla intensamente,  ningún beso que di en esos veranos fue más importante que otros que vinieron después, pero tuvo la importancia del momento, la emoción de ese enamoramiento juvenil que es lo que resulta irrepetible. Y por encima de todo, la amistad, ese sentimiento más importante y fuerte que el amor y menos destructivo. Solo por eso volvería a vivir cada momento de esos años, solo por eso merece la pena haberlos vivido.

Otra vez la canción….

“nunca nunca nunca yo,  sentiré tanta emoción……”

Vuelvo a estar con mi pandilla, es de noche y vamos al cine, hemos tenido que elegir entre ir al cine ” El Marino”, cuyo lema era “La sala de los máximos triunfos”,  o el cine “Besada” con un lema más modesto “El cine de moda”. La elección no ha sido fácil, porque en ambos ponen películas de estreno, a veces no las han estrenado en Madrid todavía, al final nos decidimos por ir al Marino, porque ponen una peli de las de 4R (gravemente peligrosa), y que en Madrid no nos dejarían  entrar. Llevamos un bocadillo porque nos pilla la hora de la cena. Luego a la salida comentamos lo que hemos visto mientras caminamos hacia nuestras casas. ¡Que diferente vivíamos el verano en Madrid o en Orense! – nuestros lugares de origen-.  Aquí nuestras madres nos dejan en bastante libertad, es como si  no existieran los peligros que ellas ven que nos acechan en la capital. Hay horarios pero con mucho margen, y podemos estar todo el día por ahí, sin que nos pidan cuentas de lo que hacemos a todas horas. A pesar de que son años muy diferentes a los de ahora, nos sentimos bastante libres y eso nos gusta a todos. Hay disciplina pero nos dan cuerda, nada que ver con la libertad de que gozan los chicos de ahora, pero suficiente para cortar con la rigidez que nos exigen en invierno.

Siguen los compases….

“como cuando yo te conocí,  y el verano nos unió….”

La canción termina y con ella mis recuerdos se van haciendo más débiles, y de repente otra canción resuena en mis oídos “Fuiste mía un verano”, y esa canción es toda un rostro, el de Mamen, mi amiga, mi cómplice, mi compañera de juegos durante tantos veranos, y junto a ella surge otra cara,  Sagrario, con quien sólo compartí dos veranos, pero con quien compartí toda mi infancia y juventud en Madrid. Pasan las dos por mi memoria, y sonrío recordando tantas cosas vividas juntas. Puedo ver  a Amador cantándonos  sus “Quejas del amargao”, y veo a mis dos amigas con la cara dorada por el sol y sus risas sinceras, ajenas a lo que pudiera venir con los años.

Ha durado un momento la visión de sus caras, pero ha valido la pena el sentir que por encima del tiempo y la distancia perdura un sentimiento más fuerte que cualquier momento adverso en nuestras vidas, y que esa amistad nos hace sentirnos menos solos sabiendo que ellas están ahí, como siempre, para escuchar y compartir lo bueno o malo que tengamos.

Gracias a todos aquellos que formaron parte de mi vida en los veranos, a todos los que siguen cerca y a los que están lejos de mí. Y gracias a mi hermano, eterno compañero de todo lo bueno que he vivido, con quien sigo, como diría Miguel Hernandez, queriendo tanto.

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5 respuestas a TIEMPO DE VERANO

  1. Jose Franco Navarro (Pepe) dijo:

    Muchas gracias Carmelina por hacerme recordar una de las etepas de mi vida mas maravillosa, y que todavia aunque han pasado algunos años recuerdo con cariño y a veces incluso sueño con nuestras correrias que siempre eran divertidas y muy intensas. Te pongo mi correo para que empecemos de nuevo nuestro contacto. Por cierto, estás guapisima en la foto que encabeza el relato, y veo que no has perdido tu maravillosa e inocente sonrisa.

  2. Mª Carmen Jiménez dijo:

    ¡¡PUÑETERA!!..Estoy a moqueando como no te puedes imaginar.
    **************** TE QUIERO *****************

  3. gatanegra1 dijo:

    ¡¡Que bonito!! me ha gustado mucho y me ha transportado a mi niñez y adolescencia, según te leía recordaba situaciones vividas en los veranos, con mis amigos y amigas de entonces, cines, bailes, juegos, risas, baños, primeros besos, primeras hazañas, uffff, al final, he de reconocer que he soltado la lagrimica (soy de lágrima floja, sí). Gracias por compartir tus recuerdos.

  4. sagrario antón silgado dijo:

    Me gustaría, ahora más que nunca, buscar el calificativo que mejor pueda reflejar lo que siento pero me siento torpe y no lo encuentro.He buscado en el texto y me he emocionado. Sólo vívi en el Grove dos veranos, inolvidables veranos, que nunca he olvidado. De mi amiga del alma es cierto que ne ayuda saber que aún no viéndonos a menudo, la siento siempre conmigo y siempre la tengo cerca. No puedo dejar de mencionar a Carmelo y a Julita y sobtre todo a Doña Julia (q.e.p.d.) pues ejerció conmigo durante esos veranos de madre maravillosa. Gracias, Carmelina.

  5. TATOLO dijo:

    Me ha encantado. Yo también conservo esos años en mi memoria con mucho cariño.

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