LOS INVISIBLES

 

Este confinamiento obligado está causando reacciones curiosas en los ciudadanos.

Es un verdadero reto para aquellos a quienes pasar tiempo consigo mismos les resulta una ardua tarea.

Parejas que apenas tienen tiempo de verse en la rutinaria vida normal, tienen que convivir las 24 horas del día, lo que saca a la luz lo mejor y lo peor de la verdadera relación que mantienen.

Unos descubren que hay muchas cosas que compartir, que hay mil temas para hablar, que leer un libro teniendo al lado a la persona que comparte tu vida, con otro libro en sus manos, resulta más gratificante que leerlo a solas.

Otros por el contrario descubren que no tienen nada que ver con la persona que es su pareja desde tiempo, pero las pocas horas que pasan a diario impiden ver el deterioro y la escasa comunicación que existe entre ellos.

Hay miembros de otras parejas, generalmente hombres, que de repente valoran a la mujer que es su compañera. El peso del hogar, es triste pero es así, recae casi siempre en la mujer al igual que la educación y el cuidado de los hijos, y este encierro no voluntario les hace descubrir que la casa se ensucia, que hay que pensar en desayunos, comidas y cenas, que los niños tienen tareas escolares y que se les baña y se juega con ellos o, si son más mayores, descubren que entrar en el mundo de un adolescente puede ser un trabajo apasionante, y a su vez el adolescente, tal vez, descubrir que sus padres no son esos viejos con los que no se puede hablar de nada, sino que hasta comparten puntos de vista que nunca imaginaron.

Todo lo que antes era invisible se hace visible como por arte de magia, unas veces para bien y otras no tanto.

De repente todos los días se vuelven Jueves Santo / Día del amor fraterno.

Se convocan acciones solidarias a horas determinadas, para ayudar a  romper la rutina del aislamiento. Músicas y aplausos para hacernos sentir que todos estamos en el mismo y tren, y descubrimos vecinos que antes también eran invisibles para nosotros y ninguno nos sentimos más ni menos que otros. El encierro es igual para todos, puede variar el entorno pero todos somos presos de la misma cárcel.

Los niños esperan con alborozo el momento de dar palmas y escuchar esas canciones que les hacen reír y a sus padres y vecinos con ellos.

Luego está la otra parte, detrás de otras ventanas está el dolor y el duelo de tantas familias invisibles, a solas con la tristeza de no haber podido acompañar ni enterrar a sus muertos.

Y esos aplausos y música festiva que desde lejos les llega, no puede consolarles, casi lo sienten como una burla del destino. La danza de la muerte les ha elegido a ellos y no a otros como pareja de baile.

Ni siquiera encuentran la más mínima empatía en quienes nos gobiernan, ni una corbata negra, ese sencillo gesto que muestre al menos un poco de respeto a los miles de fallecidos aunque les sean ajenos, son capaces de llevar en sus comparecencias.

¿Costaría tanto un día de la semana, tan solo un día, convocar a un tiempo de silencio?.

No creo que sea bueno vivir en la tristeza permanente, y sé que hay mucha gente vulnerable con pocos asideros para llenar las horas de cada día, a los que esos momentos de palmas y canciones, esas recetas que invitan a meterse en la cocina o esos videos de bailes les llenan su vacío por un tiempo y solo por eso hay que darles la bienvenida.

No hay que demonizar la alegría, pero tampoco es bueno esconder la tristeza como si no existiera.

Cuanto invisible deja de serlo.

Pero de todo este gran grupo, los que me hacen encoger el corazón son ellos, nuestros ancianos.

Cada día, detrás de las noticias aparecen las caras sonrientes de unos niños. Su inocencia te llega, y por un momento cuando sus voces infantiles lanzan mensajes para tantos desconocidos abuelos que están en residencias, y sacan sus carteles con mensajes de “no estáis solos”, “os queremos”, me dejo llevar por la ternura de ese momento, pero inevitablemente me invade una profunda tristeza que no puedo ni quiero evitar.

¿Es que de pronto esos ancianos existen?, ¿dónde estaban antes? Aunque nadie lo advirtiera, siempre han estado ahí. Día tras día, la mayoría de ellos en sus sillas de ruedas, esperan desde que asoma la mañana a que llegue la noche, mientras la vida que ellos no viven está fuera de su alcance.

Muchos tienen familia, hijos y nietos, tal vez bisnietos y algunos van a verles algún fin de semana y no demasiadas horas.

Pasan con ellos unos momentos y apenas les prestan demasiada atención.

“¿Que tal estás mamá?”, “¿has comido bien?”, “te he traído este jersey que hace fresco por las tardes”.”Tus nietos te mandan besos, es que no han podido venir”.

Esos amorosos niños que lanzan tan tiernos mensajes no suelen ir a las residencias porque los padres prefieren no llevarlos. Es demasiado triste el espectáculo de tanta soledad, de tanta enfermedad, de tanto no esperar nada, porque sus días son siempre iguales, un camino sin retorno hacia el final de la vida.

La vejez no es bonita.

Pero esos ancianos esperan impacientes que se acuerden de ellos. Disfrutan como niños cuando les hacen juegos, cuando van a cantarles canciones que conocen, pasodobles, boleros o coplas que cuentan amores desgraciados.

Les gusta que les hablen, que les lleven recuerdos de familia, que les lleven la vida que no pueden vivir.

Y cuando la pesadilla acabe, ¿quién les mandará mensajes de cariño cada día a través de la tele?, ¿quién se dolerá de su abandono y soledad?, ¿quién recordará que existen?, ¿quiénes les harán aplaudir todos los días, rompiendo su rutina, para hacerles sentir que son importantes?

Todos los días seguirán siendo iguales que antes, sentados y en silencio esperarán que pase un día tras otro, y  volverán a tornarse de nuevo invisibles para la sociedad.

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Una respuesta a LOS INVISIBLES

  1. Carmen Sánchez Villaescusa dijo:

    Cuanta verdad dices, ahora que estoy viviendo de lleno la vida en las residencias, que importante es para ellos esas palabras de cariño, esas visitas de familiares, algunos se sientan delante de la puerta de entrada esperando a sus hermanas (en realidad hijas), padres (sí, padres…) hijos, etc. durante horas e incluso días, al final unos llegan y otros no, pero los abuelicos siguen hablando de ellos. En estos días de confinamiento lo están pasando muy mal los que sí recibían las visitas de sus familiares, gracias a la tecnología algunos tienen la suerte de poder verles por videoconferencia. Y bueno… que alguna lagrimita he soltado al leer tu relato. Un besazo.

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