Las dos décadas huecas

Existen dos décadas en nuestras vidas en las que nuestros sentimientos, aquello que pensamos o sentimos, resulta inútil intentar transmitirlo: nadie parece entender lo que queremos decir, ni lo que sentimos ni lo que queremos hacer realmente, como si perteneciésemos a otro mundo lejano y desconocido. Se trata de  nuestros primeros 10 años de vida y nuestros últimos 10.

Durante ese tiempo no nos queda otra que adaptarnos -en el más favorable de los casos- a lo que los demás creen que queremos o necesitamos. Siendo niños hasta los regalos y juguetes se adaptan más a lo que los padres creen que deben darnos que a lo que realmente nos gustaría o hemos intentado (sin éxito alguno) hacerles saber. Cuando somos ancianos igual, nadie se va a interesar por qué es lo que nos agradaría o que es lo que necesitamos.

Bien es cierto que cuando un niño o un anciano expresamos verbalmente un pensamiento, un deseo, un propósito, ni nos entienden ni desean hacerlo. Cuando somos niños porque nos falta vocabulario o porque “son cosas de críos” o porque directamente los adultos están convencidos de que un peque no tiene nada que decir que pueda interesar a un adulto, y cuando somos ancianos porque son quienes nos oyen  los que desconocen buena parte del  vocabulario que nosotros aprendimos o porque directamente son incapaces de prestar atención a aquello que no forma parte de sus hábitos y de los credos que han adquirido.

En mi caso confieso haber estado siempre “muy ocupado” en lo que estúpidamente consideraba importante, y haber desatendido a mis pequeños y a mis mayores y no haberles prestado toda la atención que ahora, cuando es tan tarde, reconozco que debí haberles otorgado. Estaba muy ocupado, si, con mi maldito egoísmo y mi brutal ignorancia. Quizá por eso ahora no me molesta que los jóvenes pasen de mis deseos, de saber qué me apena o que anhelo, o que a un médico joven le importe una higa mis achaques, o que en un comercio hagan como que no entienden una reclamación, etc., es más: lo veo tan justo y adecuado que me hace sonreír.

De hecho, son esas dos décadas en las que se dan más casos de malos tratos silenciosos;  es poco probable que alguien pueda interesarse por lo que sucede tras las puertas de un colegio, o de un internado infantil, o de una residencia de ancianos, la angustia y el sufrimiento permanece y permanecerá oculto, como si no existiese. Y es que por no contar ni siquiera votan. Unos no han nacido a la sociedad, los otros ya llevan años muertos.

Quizá por ello niños y ancianos solemos entendernos mucho mejor.anciano_nene

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